¿CÓMO APRENDEMOS L@S JÓVENES EN LA ESCUELA?

Visual thinking de @Anasalamanca99

BILAL EL ABIYAD (BA). 29 años. Nació en Tánger (Marruecos). Con 14 años, llegó a L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), donde siguió cursando estudios de Secundaria. Estudió Formación Profesional de Electricidad y también se formó como pintor de pared, camarero y peón de construcción. Actualmente, cursa un grado superior de Formación Profesional en Instalaciones electrotécnicas y automatizadas, que compagina con profesor de taller en la escuela de segunda oportunidad El Llindar, donde había estudiado.

ELISA MENÉNDEZ (EM). 22 años. Nació en Barcelona. Cursa dos grados universitarios de Relaciones Internacionales (URL) y Estudios Literarios (UB). Trata de combinar ambas áreas de estudio porque cree que todo está atravesado por la política y lo político.

JULI GARBULSKY (JG). 22 años. Vive en Buenos Aires. Apasionado por muchas cosas como juntarse con amigos a pensar acertijos, componer música, o armar aviones a control remoto, aunque siempre se caigan. Está a punto de empezar la carrera de Ciencia de Datos en la Universidad de Buenos Aires, y antes cursé primero de Matemáticas. Es muy curioso: quiere entender cosas como por qué hay un universo o cómo funciona el cerebro humano. Su charla TED de 2017 tiene una amplia difusión

LUCÍA SERIÑÁN (LS). 18 años. Nació en Madrid. Estudió Bachillerato en la Escuela Ideo. Está estudiando Comunicación Audiovisual en la Universidad y dirección de cine e interpretación.

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(Las conversaciones están grabadas en momentos diferentes y por separado con cada uno de los jóvenes)

BA: Yo antes pensaba que la educación era aprender algunas cosas y un oficio. Y ahora, pienso que la educación es para siempre y no se acaba con la edad. Pienso en seguir educándome y formándome toda la vida. Para mí, es muy importante que haya escuelas como El Llindar, en que los jóvenes que abandonan tengan oportunidad de no hacerlo, por lo menos hasta una edad. La educación podría mejorar bastante en este sentido. Hay mucho abandono escolar de jóvenes.

EM: Yo antes pensaba que la educación era algo que no era político sino individual, y no entendía por qué los alumnos no se adaptaban. Consideraba que era solo una cuestión de interés. Ahora pienso que la educación tiene mucho que ver con la política y responde a una pregunta, que para mí es muy importante, y es qué tipo de ciudadano queremos y qué tipo de sociedad deseamos. Poner al alumno en el centro, más allá de su futuro laboral. La respuesta a esta pregunta es la que define el sistema educativo que se propone. Antes, me adecuaba perfectamente a aquella visión y ahora, aunque también me adapto, lucho para que cambie y deseo un sistema educativo que quiera formar personas de forma muy diferente a la actual.

JG: Yo antes pensaba que muchas de las cosas que no me gustaban y que me aburrían podrían cambiar si el sistema hacía grandes transformaciones. Ahora, me doy cuenta que podría haberme avivado en mi paso por la escuela y podría haber aprovechado más oportunidades. Por ejemplo: en los últimos años de la secundaria, jugaba al ajedrez todo el tiempo que podíamos con un grupo de compañeros. Como la escuela, ofrecía muchos talleres diversos, preguntamos si existía uno de ajedrez. Y nos dijeron que no. Ahora pienso que podríamos haberlo organizado nosotros mismos, pidiendo algún aula, llevar tableros, invitar a otros alumnos e incluso a algún profesor. Pero no lo hicimos porque creía que era el sistema el que debía cambiar las cosas y no los alumnos. Si ahora volviera a la Secundaria, lo haría diferente, haciendo las cosas que nos gustan hacer y contagiando esa pasión a otros.

LS: Yo antes pensaba que en la Secundaria debía ir por el camino que iban todos, que era mayoritariamente la Biología y las Matemáticas. La salida lógica era estudiar Medicina o una carrera de peso similar, basadas en exámenes en los que te lo jugabas todo. Mi experiencia en la Secundaria fue que la manera de estudiar consistía en memorizar y examinarse. A pesar de todo esto, opté por el Bachillerato Artístico, cambié de colegio y descubrí otras maneras de estudiar, de aprender, de colaborar en equipo y de no depender solo de exámenes.

A menudo nos toca estudiar cuando tenemos una edad en que no tenemos una experiencia vital tan larga que nos haga comprender la importancia de hacerla o nos motive la curiosidad de hacerlo. ¿Cómo podría ayudarnos la escuela a motivarnos?

EM: La escuela no debería presuponer que todos tenemos los mismos intereses y dejar otros relegados. He sentido siempre, como persona muy interesada por las letras, que he tenido que “sacarme las castañas del fuego” y buscar fuera de la escuela ese tipo de intereses. Por la suerte que tengo en mi entorno familiar los pude encontrar, pero no en el sistema educativo, que tiende a centrarse más en cuestiones orientadas al horizonte laboral. Debería pensar en ayudar a los niños y adolescentes a desarrollar sus aptitudes y cosas que les interesen, al margen de un sentido utilitarista, de que necesariamente te han de servir después para algo, y cultivar el sentido de disfrute y de goce. Tuve la suerte de tener profesores de Humanidades que no eran partidarios de priorizar la memoria. Pero, ahora en la universidad, y más en estos tiempos de COVID, me encuentro con exámenes centrados en la memorización.

JG: La cuestión tiene dos planos. Uno es cómo conocer algo nuevo que no conozco y que me gusta. Y el otro plano es, dado que conozco algo que yo sé que me gusta, cómo puedo hacer para seguir aprendiendo sobre él. En mi casa, fuera de la escuela, me gustaba aprender un montón de cosas (magia, música…). En la Universidad me ha acabado pasando lo mismo que en la escuela. Me acabé aburriendo. Dejé la carrera de Matemáticas en primer curso. Ahora, me dedico a dar clases individuales y en grupo a chicos y chicas de entre 8 a 15 años para entrenarlos en la metodología de acertijos que se utiliza en las olimpíadas de Matemáticas. Quiero contagiarles el mismo entusiasmo que a mí me causa. Ya me había pasado anteriormente que, dando clases a chicos que necesitaban ayuda en Matemáticas, notaba que no les interesaba aprender, y que solo querían aprobar. Yo sentía que lo que estaba enseñando era las mismas Matemáticas que me habían aburrido a mí. Por eso, ahora, me gusta mucho enseñar de esta otra manera a chicos que quieren aprender, que noto que disfrutan y que conectan las cosas que van aprendiendo.

LS: Es un tema muy complicado. En la Secundaria, hay tantas asignaturas que, obviamente, no te pueden interesar todas. Lo que haría es interactuar más con el alumno e indagar sobre lo que le interesa. En mi caso, hubiera agradecido un poco más de personalización y de comprensión por la manera particular que cada uno tiene. No todos comprendemos las cosas de la misma manera ni tenemos la misma capacidad de hacerlas. Yo tenía claro lo que quería hacer, pero no era el caso de la mayoría de mis compañeros. La tensión que tienen los profesores aún les generaba más dificultades.

BA: La escuela puede motivarte preguntándote y preocupándose por ti. Creo que el docente tiene que estar más atento a todo lo que afecta al alumno: ayudar, empujar, motivar… Tener en cuenta sobre todo a los alumnos que se quedan apartados. Sucede que al no demandar nada, los olvidamos sin darnos cuenta. Has de tener interés en que los alumnos salgan adelante. En España, hay muchas más oportunidades que en Marruecos. Allí, no hay una mirada diferente al alumno. Tratan a todos por igual y suponiendo el mismo nivel. Explican una cosa para todos y si te lo sacas, bien. Pero si no, te quedas abandonado y sin salida. No hay una escuela de segunda oportunidad como El Llindar. Es triste. Solo llegan los que tienen muchas capacidades. Los profesores no son cercanos, incluso a veces son agresivos. He vivido situaciones muy complicadas. Los profesores tienen mucho poder y tanto respeto que casi ni le puedes hablar. Un profesor no te va a preguntar cómo te encuentras o cómo está tu familia. En cambio, aun recuerdo una profesora del instituto de aquí que me llamaba a casa para animarme cuando no iba a la escuela. Me decía que podía y me facilitaba mucho ir avanzando. Para mí, fue muy importante porque acabé consiguiendo aprobar la secundaria.

¿Qué estrategia de aprendizaje utilizas?

JG: Me solía pasar que, cuando estudiaba para aprobar, no solía recordar nada al día siguiente de los exámenes o al cabo de poco tiempo. A veces, incluso, aprobaba sin entender nada de lo que estaba diciendo. Era aburrido, sentía que no aprendía y que me lo tenía que sacar de encima. Pero muchas veces, estudié para aprender o porque me gustaba lo que explicaban. Entonces, iba más allá de los exámenes, los aprobara o no, y sentía que aprendía, y adquirí muchas cosas que me quedaron después. Siempre me gusta entender lo que estoy haciendo y no hacer las cosas de forma mecánica. Me gusta tener que pensar. Y también me siento muy identificado con la experiencia de que aprendemos cuando tenemos que explicárselo a otro. Muchas veces me ha pasado que al tener que pasar a palabras algo que creía saber, me he dado cuenta de que no había entendido nada.

LS: No me cuesta estudiar porque me gusta. En la escuela, hacía mis apuntes y me hablaba a mí misma en voz alta. Y, luego, lo iba redactando todo. Recogía todo lo que me presentaban en formato digital o en clases magistrales, y lo trasladaba a mis propios apuntes.

EM: Desde que soy pequeña, el saber me ha cautivado. Aprendo por fascinación e interés y, a partir de ahí, escuchando. Es entonces cuando me gusta investigar más sobre lo que aprendo y dialogar con otros que se sientan igual de fascinados que yo, para poder hablarlo y discutirlo. En las aulas, hace mucha falta promover la discusión. Por ejemplo, aunque disfruto mucho la clase magistral, no defiendo el tipo de universidad que tenemos, basada en una capacidad memorística muy fuerte, en soportar dos horas sentada en un aula escuchando un temario denso y con poco margen de participación, y que después de tres meses, sin apenas haber dialogado contigo, tengas que saber hacerlo en un examen. Hay una excesiva distancia de autoridad entre el profesorado y nosotras, que no permite el diálogo.

BA: Aprendo escuchando al profesor, pero me cuesta tomar apuntes al mismo tiempo. Prefiero quedarme con lo que dice, y no perderme nada por apuntarlo. Cuando el profesor explica, también dice cosas con el gesto y con la mirada. También aprendo más con la práctica. Soy de aprender más haciendo con mis manos las cosas de verdad. Aprendo de las dos maneras, pero quizás más con la práctica. 

¿Qué experiencias positivas en la escuela te ayudaron a descubrir tu talento?

BA: Llegué a España con 15 años y me encontré con un nivel y un dominio del idioma mucho más bajos del que tenían mis compañeros de clase. No me enteraba de nada. No veía ningún futuro. Todo era oscuro para mí, hasta que, de repente, me ofrecieron la oportunidad de entrar en una escuela de segunda oportunidad (El Llindar) en la que las cosas eran muy diferentes. Aprendía en talleres de manera más práctica. Y me noté diferente y más motivado. Me defendía y competía con el nivel de mis compañeros. En el instituto anterior nadie me veía, era un invisible. El cambio fue clave para mí. En el instituto, las relaciones con los profesores eran totalmente distintas. No había vínculo ni se preocupaban por mi familia o por cómo me encontraba. Me sentía inútil. En El Llindar, enseguida sentí confianza y que creían en mí, aunque lo hiciera mal al principio.

LS: Disfruté mucho en Bachillerato. Especialmente en una materia llamada Fundamentos del Arte. Un día el profesor nos encargó hacer unas fichas en torno a diferentes obras, que luego había que explicar en clase. Alguien pudiera pensar que eso se te olvida después. Lo que me pasó es que, visitando el museo de Orsay, en París, con mi madre y mi hermana, les fui explicando todas las obras que había explicado en clase. Siempre he tenido claro que quería dedicarme a la música, pero también pensaba que debía hacer algo más para no arriesgarme tanto. Y veía que todas las chicas se orientaban a la Biología o a las Matemáticas. En la Secundaria, estaba perdida porque todo eso no era lo que me gustaba, y seguía pensando en las Letras. Resultó que, donde yo estudiaba, se cerró el Bachillerato de Letras por falta de alumnos. Faltaban cinco días para comenzar el curso. Entré en un ataque de ansiedad, pero tuve la suerte de conocer la escuela Ideo. Me la habían desaconsejado para entrar en estudios de música, en el que son muy estrictos, por su sistema tan abierto, pero eso era justo lo que yo necesitaba, aunque entonces aún no lo supiera. Y lo que pasó es que estudié Bachillerato Artístico, donde me abrieron la perspectiva al mundo audiovisual, y ahora estoy estudiando cine y también interpretación.

JG: En Secundaria me pasó que las Matemáticas nunca me gustaron. Las encontraba aburridas. Tenía un amigo que iba a la olimpíada de Matemáticas y me insistía en que fuera, pero yo le decía que eran Matemáticas, y que a mí me aburrían, y encima me proponía algo competitivo, que a mí no me gusta nada. Pero acabé yendo. Y me encontré con algo muy distinto, basado en acertijos divertidos como los que circulaban por las redes sociales. Lo pasábamos “rebien”, resolviéndolos en equipo. Al contrario de los problemas de Matemáticas de clase, con una estructura mecánica, los del taller de la escuela en que aprendíamos para la olimpíada te obligaban a pensar, usar la creatividad y ver también cómo lo hacían los demás. Me gustó tanto que no dejé de ir en los dos años que me faltaban para acabar la secundaria. Gracias a esta experiencia me metí en la universidad a estudiar Matemáticas, a pesar de haberlas odiado antes. Cuando pienso en las materias que tuve en clase, lo asocio con algo aburrido. Creo que es algo que nos pasaba a la mayoría de mis compañeros.

EM: Siempre me ha gustado mucho escribir, pero en el colegio no se promovía mucho, ni siquiera en las propias materias de lenguas. En casa ya tenía mucho estímulo para conocer, y siento que la escuela tenía menos que enseñarme porque ya lo recibía desde un lugar más personal. Cuando tenía 14 años, nos explicaron las opciones de futuro y entonces oí hablar por primera vez de la modalidad de Humanidades. Siempre nos hablaban de las otras, con salidas laborales más “utilitaristas”. Vi que podía formarme en lo que más me gustaba, pero nos advertían que había poca gente interesada. No le daban prestigio. Me impactó mucho y lo viví como una amenaza a lo que yo quería. En el Bachillerato, tuve una profesora de latín y de griego que daba una visión muy amplia, incorporando el pensamiento helenístico y cómo se podía vincular con el mundo contemporáneo. Teníamos que escribir mucho y leer artículos del periódico, relacionando la materia con lo que estaba pasando en el mundo. Nunca lo habíamos hecho antes. Hablábamos de política, por ejemplo, pero sin perder de vista que estábamos aprendiendo una cultura clásica. Aprendía a escribir a partir de relacionarme con textos más complicados, obligándome a escribir con un estilo que no había utilizado hasta ese momento, puesto que siempre había escrito textos de creatividad, y éstos tenían que ver con el entender, aunque también nos proponía escribir textos artísticos como poemas o relatos. Había una clara intencionalidad de enseñar a escribir. Noté que me ayudaba a mejorar mi forma de escribir con rigor y también con libertad.

¿Cómo te suena oír que aprender ha de ser divertido?

LS: He disfrutado toda mi vida aprendiendo. Para mí es muy importante, y me apena ver tantos chicos que solo van a la escuela para aprobar, y ni siquiera les dan tiempo a pensar si están disfrutando del aprendizaje o si de verdad están aprendiendo. Noto que tienen un pequeño trauma como para querer divertirse aprendiendo.

JG: Me suena que sí y que no. Pienso en el aprendizaje que tuve en las materias y lo asocio con algo aburrido. En la Secundaria, tuve la oportunidad de participar en una olimpíada de Matemáticas, me di cuenta de que aprender puede ser muy divertido.  Hay un youtuber, que tiene un canal de ciencia, que al principio empezaba sus videos presentando el tema que iba a explicar. Pero después, cambió completamente, y comenzaba con una pregunta que te atrapa, como algo relacionado con los agujeros negros o preguntando si el cereal con leche es una sopa. Lo que pretende es atraparte. Lo explica en un TED y dice algo así como “hacé que la persona aprenda antes de que se dé cuenta de que le estás enseñando”. Me gusta esta diferencia entre enseñar y aprender.

EM: Me surgen muchas contradicciones. Por el tipo de alumna que soy, sé que debería darse más importancia, pero creo que el aprender no siempre tiene por qué ser divertido, y no es necesariamente malo. Aprender no ha de ser un sufrimiento, pero lo contrario no es la diversión. Especialmente en las etapas a partir del bachillerato, hay un punto en que es difícil. En ocasiones, la diversión tiende a caer en una cierta infantilización y subestimación del alumando. Y si siempre lo haces divertido, puede que no estés aprendiendo. El hecho de que cueste o que no entiendas las cosas, que sea un proceso más complejo o más aburrido, también puede pasar y no creo que esté mal.

¿Cómo te sentías con tus compañeros?

JG: Siento que soy uno más de ellos. A la mayoría no nos gustaban las materias y varios nos metíamos en talleres, que ofrecían después de clase y que sí nos interesaban, sobre Matemáticas, Robótica, Astronomía… Nos pasaba que estudiábamos para aprobar sin necesidad de entender lo que hacíamos.

BA: En el ciclo formativo que estoy haciendo, los intereses de todos son muy parecidos y la mayoría tiene interés por aprender cosas y saber qué están haciendo. Algunos solo les interesa el título, pero no son la mayoría. Los niveles son muy desiguales. Me siento bien y cómodo con mis compañeros. Creo que, al ser mayores de edad, hay interés y un buen vínculo entre nosotros. De mi etapa en El Llindar, sí que recuerdo la alegría que teníamos por venir a la escuela y las buenas relaciones personales que establecimos. El Llindar es un recuerdo que no se olvida nunca. Todos acabamos descubriendo nuestro camino y hemos seguido estudiando.

LS: Me sentía un bicho raro, aunque tenía muchos amigos. Yo era “Lucía, la que canta ópera”. Era la rara, pero me respetaba todo el mundo. Lo que ocurría era que todos los demás querían estudiar Biología, Ingeniería y cosas así. Y yo quería estudiar música. Ahora, lo que pasa es que todas mis amigas están en la universidad dedicando muchas horas al estudio, y yo soy la diferente. Me ha costado hacerme respetar y que entiendan que no voy a estar estudiando tantas semanas, sino que tengo mucho trabajo diario y no tantos exámenes. Cuando les pregunto si les gusta la universidad, las veo que están asentadas en una carrera, pero con la sola motivación de estar en la universidad, sin mayor motivación por lo que estudian.

EM: Éramos muy diferentes. La escuela siempre me ha gustado. Es muy difícil que a un niño le guste la escuela tal y como está ahora. Has de tener una personalidad muy concreta para que te guste. Mi bienestar ha pasado mucho porque disfruto aprendiendo. Yo era diferente porque hay gente a las que le da igual la escuela, con toda la razón del mundo, porque no se sienten apelados por ella. Pero este no era mi caso. Esto crea diferencias porque no tenía los mismos intereses. Por eso, he sido una alumna más “friki” porque me gustaba ir al colegio, disfrutaba y tenía ganas de aprender, excepto cuando una materia no me interesaba, ya que desaparecía la fascinación. Antes, generalizaba mi opinión sobre el alumno prototípico al que no le interesaba la escuela, y sobre el que tenía muchos prejuicios, pero ahora veo que era más complicado, y que hay muchas razones por las que no les interesaba a mis compañeros de clase. También he ido encontrando compañeros con los que aprender compartiendo y dialogando, que es lo que más me gusta. Me he sentido cuidada por los profesores porque yo era para ellos la alumna modélica. Ahora me doy cuenta de que esa diferencia no era buena para aquellos de mis compañeros que tenían menos interés o más dificultades. La Universidad es muy diferente. Somos mayores, hay menos personalización.

¿Qué te ha quedado de la escuela?

JG: Acostumbrarme a una organización más estructurada, los horarios, y a sistematizar una disciplina horaria diaria. Me ha quedado un poco de perseverancia.

LS: Destacaría dos cosas. Hacer apuntes, o sea pasar a tus palabras lo que estás estudiando. Veo que hay gente en la universidad que no sabe hacerlo, y me parece un drama. Y también a no estudiar el último día.

EM: En términos que no se refieran a un temario, me cuesta pensarlo. La escuela no me enseñó tanto en el plano formativo como me hubiese gustado. La profesora que he mencionado sí que nos hablaba desde un lugar más vital y salir más allá de las asignaturas. Al fin y al cabo, siempre que estás en la escuela, hablas de cosas más importantes que una materia porque están relacionadas con la vida y la sociedad. Es algo horrible que no puedan salirse de las paredes cuando el alumno lo necesita, especialmente en las etapas finales. Lo que he podido sacar de la escuela para la universidad, en el sentido de la capacidad de adaptación de la que hablaba antes, ya me venía de serie.

BA: La escuela me lo enseñó todo. Es verdad que en casa y en la calle también se aprende, pero todo lo que he aprendido en la escuela me ha servido para algo. Ahora se lo digo mucho a mis alumnos del taller. Nunca sabes que te espera en el mañana. 

¿Cómo comenzarías una clase?

BA: De la mejor manera. Quiero que me presten atención y le pido que se acerquen físicamente a mí para no tener otros obstáculos. Repito las cosas las veces que haga falta. Y si no lo consigo, las explico con la mano. Todos tienen capacidad de aprender. Unos, a la primera; otros, a la tercera; y otros, a la cuarta. Todos tenemos nuestro tiempo. No se trata de pensar solo en uno. Suelo preguntar si han entendido las cosas, pidiéndoles que me lo expliquen ellos. Busco los mejores recursos posibles para que lo entiendan. 

JG: Me gusta ir jugando con los chicos para explorar un tema, porque a mí también me gusta más ir probando primero, más que si viene alguien y me lo explica todo. Me doy cuenta de que, a los chicos que doy clases, les gusta esto de jugar, pensar los acertijos y los problemas, e ir viendo qué pasa. Después de haber resuelto un problema, les muestro alguna técnica o vuelco algún conocimiento relacionado. Creo que les gusta y lo disfrutan.

LS: Primero intentaría conocer al alumno que tengo, establecer una relación más allá de la asignatura, y saber si le gusta y por qué. Y en base a eso, intentaría establecer una estrategia.

EM: Para ser honesta conmigo misma, tengo que reconocer que me ha costado mucho entender y empatizar con los que nos tienen interés por aprender. No tengo respuesta a la pregunta de cómo son las diferentes formas de aprender. En todo caso, lo primero que haría es darles la palabra antes de decidir cómo voy a enseñarles. Creo que el problema mayor es que no se entiende la enseñanza como un diálogo, y que se establece desde una autoridad excesiva.

¿Cómo te imaginas dentro de diez años?

JG: No tengo ni idea. Me veo más por alguna de las cosas que me interesan como la música, la matemática, la lógica, la programación… Pero si no sé ni lo que voy a hacer el año que viene, menos de aquí a diez años. En el corto plazo sí que me veo enseñando a niños y adolescentes las mismas cosas que me motivaron a mí.

LS: Estudiando, trabajando y profundizando en algo que me guste. No me veo asentada porque soy muy inquieta. Me gustaría decir a los que están en el momento de decidir qué estudiar, que piensen que un año no es nada, y que es más importante que disfruten aprendiendo y que busquen la manera de sentirse bien con lo que están estudiando. Que no pasa nada por no saber lo que te gusta al mismo tiempo que los demás.

EM: Me gustaría mucho hacer doctorados en las áreas de conocimiento que estoy estudiando, Literatura y Relaciones Internacionales, pero lo veo un poco “naif”. Me veo dedicándome a ello de forma más directa, relacionando lo que he aprendido con su aplicación práctica. Y también investigando y aprendiendo. Esto es lo que más me gusta.

BA: Nunca lo hubiera dicho antes, pero me gustaría seguir estudiando y ser un buen profesor, formándome en ello. Me gusta ser profesor porque doy a otros la oportunidad que me dieron a mí. Me gustaría ayudar a los que se sienten apartados y que sientan que soy una persona que les ayuda.

¿LA VIDA DIGITAL ES MÁS SUPERFICIAL QUE REAL?

Visual thinking de @Anasalamanca99

LILIANA ARROYO

Doctora en Sociología e investigadora del Instituto de Innovación Social de ESADE. Es una especialista en transformación digital e impacto social, y experta en métodos sociales y análisis de datos. Ha investigado, junto a diferentes equipos internacionales y multidisciplinares, sobre religión y cultura, salud y bienestar, educación y los impactos de la tecnología y los desafíos sociales, incluida la violación de los derechos humanos y las libertades civiles. Le gusta compartir conocimientos y generar debates, por lo que participa habitualmente en conferencias y charlas y medios de comunicación. Ha publicado “Tú no eres tu Selfie. 9 secretos digitales que todo el mundo vive y nadie cuenta”

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(Los párrafos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a Liliana Arroyo)

Yo antes pensaba que la vida se podía manejar desde la planificación, desde la previsión y desde la estrategia; y ahora pienso que todo eso es importante, siempre y cuando sepas combinarlo con la incertidumbre y con la espontaneidad. Tan importante es planificar bien como saber reaccionar de forma rápida y consciente. Éramos (me gusta hablar en pasado) una sociedad demasiado planificada, racional y dirigida, con poco margen a la espontaneidad y, en cambio, a veces es en el trayecto donde pasan cosas. Necesitamos tiempo para distraernos, hacernos preguntas y pensar en adaptarnos, ir encontrando obstáculos y poder reaccionar.

¿Cómo podríamos inocular estos anhelos a la escuela y trasladar este espíritu de mayor tranquilidad, dejando la obsesión por aprender todo antes, como saber inglés con tres años o casi convertirse en matemático a los siete, cuando después llegan tantos alumnos a los doce años sin comprender un texto o saber expresarse?

Primero tenemos que revisar esta necesidad de acumulación, que tiene su origen en la idea de capital cognitivo, muy asociada al sistema económico en el que vivimos. La clave es que debemos entender que el proceso de aprendizaje empieza por uno mismo, que debe pasar por cierta introspección, que sepamos conocernos, y que aprendamos desde la curiosidad como motor, que lleva mucho más lejos que un currículo prescriptivo. Claro que tenemos que acordar una base común de conocimientos básicos para poder ser ciudadanos y ciudadanas con plenos derechos y deberes, pero el cómo lo hagamos no ha de ser traumático y estandarizado. Es mucho más fácil acompañar en el propósito que imponerlo.

He leído hace poco el libro de David Price “The power of us”. Es un autor “fanático” de las escuelas en las que los alumnos no solo trabajan por proyectos, sino que son co-creadores de la experiencia educativa. Tenía una conversación con él hace unos días y nos llevábamos las manos a la cabeza al compartir que a menudo a grandes líderes jóvenes se les ha tildado en la escuela de “fracaso escolar”. Es el caso de Greta Thumberg, por ejemplo. Estamos en un mundo en que ya no es tan importante lo que dices que sabes, sino en que lo pongas al servicio de un mundo más sostenible y deseable. Esta pandemia nos ha colocado en un punto de inflexión que espero que sepamos aprovechar para replantearnos cómo enseñamos, cómo aprendemos y cómo vivimos la vida.

Tú eres una especialista en el análisis y observación sociológicos, especialmente en el ámbito digital. En tu libro “Tú no eres tu selfie” escribes que hay adultos que se quejan de que los jóvenes viven permanentemente conectados, pero que muchos de ellos se comportan igual.  Y que hay otros que no están conectados, ni se les espera. Pero que los dos perfiles coinciden en que difícilmente se preguntan por qué los jóvenes se comportan así. Cuando abordamos las incertidumbres, quizás no nos hacemos las preguntas correctas.

Estamos demasiado sobrados y sobradas de respuestas, y tenemos poca imaginación para hacernos preguntas. Una de las cosas que me di cuenta, preparando este libro que, aunque bebe mucho de mi experiencia y mi observación sociológica del ámbito digital, se apalanca sobre todo en las entrevistas que hice a doce jóvenes, es que éstos tienen muchas ganas de que les preguntemos y también que muchas veces les juzgamos desde nuestras gafas personales y generacionales. Se lamentan de que no les preguntemos el sentido que tiene para ellos y para ellas lo que están haciendo, por mucho que, desde esa postura aparentemente objetiva, nos parezca que es una tontería o una pérdida de tiempo. Su profundidad tiene que ver con dos cosas esencialmente: quiénes son y quiénes quieren ser. Esta definición de la identidad y del otro está hecha desde la necesidad de pertenencia, desde la necesidad de estar conectados y de sentir que pertenecen a un grupo, de que se les ve, se les valida y se les tiene en cuenta. Son dimensiones humanas radicalmente ancestrales y necesarias.

Este sentimiento de pertenencia ha sufrido un impacto especial en la pandemia. Aunque los jóvenes ya estaban conectados digitalmente, antes también lo estaban presencialmente. Y ahora se ha visto interrumpida. ¿Cómo es esta nueva manera de relacionarnos con la realidad?

Está muy bien que lo plantees como nueva forma de relacionarnos con la realidad, porque hay mucha gente que cree que lo virtual no es real, cuando es absolutamente real en sus consecuencias, como hemos visto. Es real porque hemos mantenido empresas y muchas actividades en pie a través de lo digital. Todavía no sabemos cómo es esta nueva manera porque aun estamos intentando traducir lo que hacíamos en analógico y en presencial a lo virtual. Aun no estamos generando nuevas experiencias que saquen el máximo partido del ámbito digital.

El mundo digital es asíncrono, ubicuo, puede ser más duradero en el tiempo… todavía no estamos aprendiendo a conjugar bien lo mejor de los dos lados. Se nos está abriendo un espectro de experiencias posibles. Hemos aprendido a escoger, en función del mensaje que queremos dar y a quien, el WhatsApp, SMS, llamada, café o la videoconferencia, pero lo que aun estamos haciendo es trasladar lo presencial a lo virtual. No nos damos cuenta de que no es exactamente lo mismo. No lo es una reunión por videoconferencia, como no lo sería tampoco esta conversación si fuera tomando un café o delante de un auditorio en el que podríamos interactuar con otras personas. Cuando intentamos replicarlo en el formato de una videoconferencia, nos agota, porque nuestro cerebro busca los numerosos elementos del lenguaje no verbal (gestos, miradas, movimientos corporales) que no están en lo remoto. Lo mismo ocurre con las clases virtuales. Gastamos mucha energía para trascender los límites de la pantalla para mantener la atención del otro, y es agotador. Tendremos que trascender estas actividades que siempre hemos hecho e inventarnos otras nuevas.

Creo que la tecnología está condicionada por la visión cultural de los países. De la misma manera que en Latinoamérica y Europa nos saludamos de manera diferente, las mismas aplicaciones tienen usos diferentes. El WhatsApp, por ejemplo, no se utiliza igual en España que en Latinoamérica. O también ocurre con las redes sociales, como Facebook o Twitter. Parece mágico que la tecnología también esté sometida a nuestras miradas culturales y de relacionarnos.

Hay una parte de apropiación cultural de estas herramientas digitales, que hace que las usemos distinto en función de las necesidades. Un ejemplo claro es el caso de WhatsApp. Lo estábamos utilizando de manera diferente hasta marzo de 2020, y a partir de esta fecha es nuestro ámbito de activismo y de tejer redes vecinales. En mi escalera de vecinos no teníamos grupo de WhatsApp hasta que llegó la pandemia, en que se convirtió en una manera de proteger a las personas mayores. Son las mismas herramientas que ya teníamos, pero que hemos descubierto que se pueden utilizar con otro sentido.

Sucede igual con las redes que mencionabas. En Latinoamérica, Facebook es el lugar donde estar, no tanto en el mural habitual, sino en los grupos. Es una manera de articularse que conecta con la tradición latinoamericana de auto organización y de tejer redes, que es mucho más potente que la nuestra. Probablemente tiene que ver con la propia articulación de los estados y las expectativas de lo que éstos pueden proveer a la ciudadanía. Sin duda hay un elemento cultural. Pensemos también, por ejemplo, lo que nos sorprende el interés que hay en Japón por el diseño de robots para que la gente mayor esté acompañada, y que se acaben enamorando de esas mascotas. En la cultura japonesa, la tecnología tiene alma, no es algo disociado de su humanidad.

Si pensamos en este tiempo de pandemia y en los jóvenes que se han incorporado a nuevas experiencias de estudios sin haber tenido una experiencia presencial previa, ¿cómo deberíamos comprender mejor esta nueva manera de habitar en las redes?

Una de las cosas que descubrí en las entrevistas que te mencionaba para escribir el libro es que los jóvenes no me entendían cuando me interesaba por explorar su experiencia digital. Era justamente por lo que estamos hablando. No tenían conciencia de separación entre estar conectados y no estarlo. Para ellos, la desconexión es el “horror” de estar sin batería o de no disponer de wifi. Fíjate que ha empezado a circular por las redes una adaptación de la pirámide de Maslow al mundo digital, en la que se coloca el dispositivo, el wifi, el 4G en la base, y va subiendo con navegadores y aplicaciones, según el uso que se les da. Los jóvenes no contemplan separada la vida digital porque para ellos es un continuum. Siempre pongo el ejemplo de la diferente experiencia de una puesta de sol de un adulto o un preadolescente para ilustrar estas diferentes concepciones. El adulto preferirá el silencio y la soledad, incluso acompañada de una copa de cava, y alejado de cualquier conexión. En cambio, el preadolescente habrá grabado el camino hasta llegar al lugar, también hará un video del momento justo anterior a la puesta total, incluso retocará las imágenes. Probablemente pensemos, como adultos, que no estará disfrutando la experiencia porque no están con todos sus sentidos centrados en el momento. Pero lo cierto es que ese joven va a estar disfrutando mientras edita la foto, la cuelga y la comparte, y cuando reciba unos días más tarde algunos comentarios. ¿Quién está disfrutando más de la puesta de sol? La realidad es que no lo sabemos y no lo podemos juzgar. Son dos maneras y dos intensidades distintas. Para nosotros, lo digital es lo superficial; y para ellos es una extensión más de su mano.

Ahora se insiste mucho en que una de las competencias clave es la concentración. También lo podemos aplicar al goce. No todos nos concentramos igual y tampoco disfrutamos de las cosas de la misma manera. Pareciera que la concentración es como la belleza y la concepción de sus cánones. A menudo está vinculado a concepciones de lo profundo y de lo superficial.

Totalmente. El debate de lo digital versus lo auténtico tiene muchísimas aristas en las que flota la concepción de que lo digital es más liviano.

Respecto a la concentración, me gustaría hacer una pequeña distinción. Una cosa es que disfrutemos de esa puesta de sol con todos nuestros sentidos, y entendiendo que el sexto sentido es el móvil, y otra cosa son las interrupciones. Se les denomina notificaciones para confundir con el sentido real que tienen, que es el de interrupciones. Y es que hay una pugna real por nuestra atención. Quienes están diseñando hoy los dispositivos y las plataformas están poniendo en juego la “economía de la atención”, ya que sus modelos de negocio están vinculados a que nosotros pasemos mucho rato mirando las pantallas de nuestros teléfonos. No veo tan en riesgo la concentración como nuestra atención y la soberanía por el dominio de nuestros sentidos. Y creo que tiene que ver con un punto de autodisciplina, pero también con un punto de regulación. No podemos admitir que estas grandes empresas, que cada vez son menos y más poderosas, estén decidiendo a qué dedicamos nuestra actividad cerebral. Netflix, por ejemplo, decide en qué soñamos justo antes de ir a dormir o Google nos dice a qué hora hemos de salir de casa. Hay un montón de cosas que nos están jaqueando nuestros propios cerebros.

Por otro lado, recuerdo ahora un estudio sobre la concentración, que despierta mucha nostalgia porque señala que nuestra capacidad se ha reducido de diez a siete segundos, que es la misma que tiene un pescadito muy pequeño. Contrasta esta realidad con la capacidad, por ejemplo, que tienen algunos jóvenes por pasarse muchas horas con los videojuegos, o retocando fotografías. Mantener la concentración en las condiciones que teníamos hasta ahora en relación, por ejemplo, a la educación o al consumo de contenidos está cambiando mucho. Un caso que también me ha llamado mucho la atención es el de personas que oyen los podcasts a doble velocidad para ganar tiempo. Y me pregunto qué necesidad hay de ello o cómo conecta todo esto con la necesidad de consumo y con la digestión de los contenidos. El riesgo es que perdamos la capacidad de hacernos preguntas, y solo asumamos lo que nos venga. Ya sea en el ámbito individual como colectivo. Para la salud democrática de las sociedades es fundamental que tengamos espacio para el silencio y para cuestionarnos cosas.

Tú has escrito en tu libro que habitar las redes sociales es vivir en la comparación constante, y que, aunque no queramos, somos juzgados por lo que reflejamos y por las conexiones que tenemos, y lo que éstas dicen de nuestra realidad.

Todo esto tiene mucho que ver con la cultura del “me gusta”, los corazones y los comentarios. Estamos comparándonos con los demás y con nosotros mismos, y a menudo obsesionados por aumentar sus cantidades. En los jóvenes es algo que rige muchísimo su humor, su autoestima y que dicta lo que van a mostrar de ellos. Es una danza perfecta entre lo que muestro, lo que escondo y lo que quiero proyectar.

En el libro, explico una versión digital del “dime con quien andas, y te diré quien eres”, de cómo a través de las conexiones que tienes, y por mucho que seas muy prudente con tu huella digital y con lo que cuelgas, puede ocurrir que veamos que muchos de tus contactos tienes fotos, por ejemplo de pesca, y entonces pensaremos Pepe va a pescar los fines de semana o al menos se entiende con gente que va a pescar. Desde luego que hay otras cosas menos inocentes o más íntimas, que se pueden revelar a través de tus contactos. Las redes y las plataformas nos animan a colgar más cosas y cada vez tenemos más riesgo de colgar algo sin querer. No es algo casual. Cada vez hay menos botones que apretar y menos pasos que dar para colgar los contenidos.

En tu libro, y pensando en la educación, escribes que la memoria va perdiendo el peso histórico que ha tenido en el aprendizaje y lo va ganando la competencia de saber buscar. Alguien te ha de enseñar a hacerlo o acompañarte en este aprendizaje, pero el problema actual es que quienes te han de enseñar, también son aprendices. Lo único que les diferencia es la experiencia vital, que no es poco. ¿Cómo vamos a conseguir integrarlo de manera más natural en la escuela? ¿Cómo vamos a conseguir esa educación entre aprendices?

¡Qué bonito que lo formules como una educación entre aprendices! Siempre insisto en que esto va de trabajo en equipo, y de que cada generación aporte sus fortalezas. Los más jóvenes tienen la capacidad instrumental, y la generación de los que hasta ahora eran enseñantes tienen, como decías, experiencia vital y también una mayor capacidad de contexto y de enmarcar lo que está pasando. Creo que la manera de resolverlo, en primer lugar, es dejar de asumir que en el colegio nos van a enseñar a utilizarlo, y entender que en el colegio vamos a aprender a utilizarlo. Es muy distinto. Y, en segundo lugar, también, que vamos a aprender desde la colaboración.

El caso más reciente lo he comprobado en este periodo de pandemia, cuando, al llegar el verano, muchos de mis colegas se planteaban hacer cursos de habilidades en aplicaciones o plataformas. Yo, en cambio, me preguntaba que pasaría si en vez de hacer cursos, nos planteáramos que aquellos que tienen mayor competencia hicieran de mentores de los otros, en vez de trabajar en solitario. Hay un punto de humildad al pensar que, quizás, ahora enseñar ya no es solamente haber hecho un recorrido antes en el tiempo para explicárselo a los que han nacido más tarde, sino, ante lo nuevo, poner en común las herramientas que tenemos cada uno de nosotros. Recuerdo ahora una docente veterana, que conocí en uno de los cursos que imparto, que se ha hecho asidua de las redes sociales, de esas que llaman “sexadolescentes”, que explicaba que le encantaba que sus alumnos le hablaran de sus “influencers” y sus “youtubers”, y que a menudo los incorporaba, después de haberlos revisado en casa, ya que los hay que enseñan matemáticas o los “booktubers”, que recomiendan libros, y todo esto le ayudaba a influir en sus objetivos educativos. Yo le propuse que, en vez de llevarse la tarea a su casa, lo hicieran juntos en clase y así, que ella pudiera explicar y compartir cuáles eran los criterios que usaba para darlos por buenos. Es una buena forma de educar, dar ejemplo y dar herramientas. Lo antinatural en la escuela es apagar el móvil y dejarlo en el cajón, o que los “youtubers” solo se consuman fuera. En la pandemia hemos aprendido que el aprendizaje no se limita al horario de 9 h. a 5 h. en una clase. Lo compartí con un director de escuela que me explicaba que no habían priorizado la evaluación y los exámenes que tenían previstos a principio de curso, sino que los alumnos escribieran lo que habían aprendido y dónde lo habían hecho. Muchos de esos aprendizajes no habían sido en el Moodle ni el Google Classroom o en el espacio que había preparado el profesor. Los alumnos decían que echaban en falta que los profesores les preguntaran cómo estaban, más que si habían hecho los deberes escolares.

Todo esto nos permite humanizar y derribar algunos muros y resistencias que tenemos del concepto de educación y de escuela, que aun son muy fabriles y ligados a enseñar y a obedecer. No olvidemos que las escuelas nacieron al lado de las fábricas para enseñar a los hijos de la clase obrera a ser futuros trabajadores. La nostalgia nos puede jugar malas pasadas. Decimos que la memoria tiene mucho valor, pero estamos en un momento en que vemos cómo se amplían las habilidades, y que aquellas que antes necesitábamos mucho, ahora no tanto. Hemos de dar a cada habilidad y aptitud el espacio que necesita.

Aunque soy “tecnooptimista” y veo la gran oportunidad que nos dan las redes sociales y su enorme capacidad de crear comunidades, y que aun las podemos mejorar, creo que debemos tener un claro propósito cuando usamos la tecnología porque los dispositivos, especialmente el móvil, tienen una gran capacidad de hacernos perder el tiempo sin propósito. Debemos no caer en el modo reactivo ante los estímulos, sino en modo proactivo, en educación también. Se trata de nuestra soberanía para elegir lo que estamos haciendo en cada momento.

No querría acabar esta conversación sin comentar algo que reflexionas en tu libro sobre cómo las redes han revolucionado el instinto de seducción, el imaginario del amor y el acceso al sexo. Son los grandes tabúes, y vistos como los grandes peligros de las redes. Me interesan las luces y sombras que señalas, especialmente a partir de lo que pasa cuando el centro del todo no es la persona, sino el deseo del momento.

Creo que vivimos un tiempo de efervescencia en el que muchas corrientes están cruzándose. Seguramente, algunos relacionan inmediatamente amor y diversión digital con Tinder o este tipo de aplicaciones para “ligar”, pero esto solo es una parte posible y aun no tiene tanta relevancia para conocer a tu pareja, según nos muestra la investigación sociológica. Lo que ocurre es que en este tipo de aplicaciones es mucho más fácil poner por delante lo que quieres y lo que no quieres. Chocamos con la nostalgia del romanticismo del amor, que funciona mejor en analógico que en digital. Pero me interesa más la transformación que podemos observar sobre la expresión de género. Vemos un amplio espectro. Desde la visión más tradicional que vincula el género al sexo binario, hombres y mujeres, hasta otras formas de sentirse que no son binarias, como el transgénero, y otras muchas realidades que escapan a esa encapsulación. Las redes, que son un espacio de laboratorio de identidad, me han permitido observar que los jóvenes tienen un nivel de tolerancia mucho más grande que la simplificación de hombre y mujer. Entienden que hay una base biológica, pero también que puede ser independiente y dar lugar a escoger. Es una especie de “customización” radical, que diferencia la identidad biológica inicial con la opción posterior. Me ha llamado mucho la atención este uso de la libertad en los jóvenes que he entrevistado.

Por otro lado, me preocupa el acceso al sexo, que apuntabas. No nos ha de sorprender que nuestras criaturas a los ocho años ya estén accediendo a contenidos porno, incluso sin quererlo. Está teniendo implicaciones en cómo nos imaginamos el sexo y el amor, y en cómo lo educamos. Como dices, son los grandes temas, o también las drogas, y todos aquellos comportamientos que las religiones de todo el mundo han tildado de venenos. El imaginario del amor, la durabilidad de las parejas y su propio concepto, lo que es físico y los sentimientos… todo está cambiando. Lo hemos podido ver, por ejemplo, en la serie “Black Mirror”, en la que dos personajes se acaban besando virtualmente en un videojuego, pero tienen emociones físicas. Y surge el debate sobre si eso es infidelidad o no. Y necesitan encontrarse físicamente para resolver la situación. 

La capa digital nos está dando muchos matices a nuestras realidades en todos estos ámbitos. Hay que poner atención para saber lo que está pasando.

¿SON NECESARIAS MIRADAS MÁS CONSTRUCTIVAS EN LAS POLÍTICAS EDUCATIVAS?

Visual thinking de @Anasalamanca99

AXEL RIVAS

Doctor en Ciencias Sociales y licenciado en Ciencias de la Comunicación. Profesor, investigador y director de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés. Director Académico del Centro de Investigación Aplicada San Andrés (CIAESA). Ha sido investigador de CIPPEC Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento).   Asesor de diversos organismos internacionales, entre ellos Naciones Unidas, Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Mundial, UNESCO y UNICEF. Es autor de más de una docena de libros y distintos artículos sobre perspectivas comparadas y políticas de la educación. Entre sus publicaciones más recientes, es autor de “¿Quién controla el futuro de la educación? (2019) y director del estudio “Las llaves de la educación de América Latina” (2020).

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 (Los párrafos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a Axel Rivas)

Yo antes pensaba que las ciencias sociales y el trabajo en educación debían tener una mirada crítica y un cierto distanciamiento de la realidad. En mis años de formación me influyó mucho la lectura de Foucault, que decía siempre que el trabajo intelectual no debía decir qué hay que hacer sino dedicarse enteramente a desarticular las categorías dominantes de pensamiento. Ahora pienso, después de muchos años de trabajo más cerca del diseño de las políticas y de la investigación, que la clave es el compromiso con pensar cómo hacemos para mejorar la educación y no sólo con desnaturalizar el orden. Creo que tenemos un cierto exceso de miradas críticas y una desproporcionada falta de miradas propositivas, que no sean de carácter tecnocrático, sino que se acerquen a la complejidad de la educación, y que puedan mostrarnos caminos posibles en el contexto de esa complejidad. Es como si la inmensa mayoría de los médicos se formaran más en teoría crítica de la medicina que en trabajar sobre las herramientas de cura de los pacientes.

En todos mis años de trabajo, he intentado romper la polarización de las miradas, entre los excesos de la perspectiva crítica y la frialdad de las respuestas tecnocráticas, que no tienen comprensión sociológica de la realidad, y simplemente aplican recetas. He intentado conjugar esa perspectiva de la complejidad con el compromiso con la práctica de los actores y la investigación, para tratar de mejorar la educación.

La educación está sobrecargada de visiones negativas. Es verdad que, a veces, percibimos que la sociedad tiene la impresión de que los docentes nos resistimos a los cambios, mientras que los demás ámbitos avanzan a una mayor velocidad. Y es que la propia cultura o las costumbres sociales evolucionan a mayor velocidad que la escuela.

Seguramente que tiene muchas posibles explicaciones, pero creo que la forma de abordar esa realidad impermeable de la cultura escolar es a través de la creación de diálogos fecundos, intentando quitar aquel “ruido” de la conversación excesivamente cargado de ideología y de falta de respeto, que muestran muchos actores políticos y externos hacia los educadores. Se trata de generar tejidos que permitan aflorar nuevas prácticas e ideas en un marco de mayor libertad de pensamiento y acción. El campo de la educación es dinámico y necesitado de reflexión sobre las propias prácticas. Por un lado, quien las desconoce, no puede pretender decirle cómo lo tiene que hacer al que las está desarrollando. Y por otro lado, hay que facilitar espacios y promover nuevas maneras de pensar a los docentes porque no hay manera de cambiar las propias prácticas sin tiempo y capacidad reflexiva sobre ellas. Es necesario tejer esos espacios de diálogos productivos con una mirada científica y rigurosa, porque no se trata de creer que toda opinión vale lo mismo. La investigación nos permite avanzar en ciertos conocimientos, y ésta tiene que dialogar con las prácticas para que, desde el respeto y la comprensión de la mirada artesanal propia de los docentes y las escuelas, podamos ir mejorando. A veces, nos parece que es lento, pero debemos comprender que esa lentitud nos permite avanzar. A menudo, tomar atajos provoca que se vuelva atrás rápidamente por causa de las disputas innecesarias.

Las escuelas tienen poco tiempo de reflexión sobre sus prácticas, sobre todo si lo comparamos con la actividad de los círculos cercanos que se mueven alrededor de la escuela, y que a menudo se centran en decirle lo que hay que hacer. No sé cómo podremos salir de esta paradoja. En esta pandemia, por ejemplo, he insistido mucho que los equipos directivos debían reservar tiempo para reflexionar, porque si no lo hacen ellos, los harán mucho desde el exterior.

El problema de las escuelas en Latinoamérica es que es muy difícil disponer de tiempo para pensar cuando la realidad de los bajos salarios te obliga a trabajar para varias escuelas. Se trata de una dinámica perversa que te lleva al agotamiento para conseguir una vida digna, y así se hace muy difícil dedicar tiempo a la reflexión.

Cuando hablo sobre otros sistemas educativos exitosos, como el de Singapur, explico que allí, el docente, cuando va a trabajar a su escuela, lo primero que hace es ir a su oficina. El primer elemento diferenciador es que dispone de un espacio propio para planificar, reunirse, reflexionar, leer. Esto significa que dedica un tercio del tiempo a dar clase y dos tercios a trabajar en su oficina. Comparar ese tipo de sistemas educativos con los nuestros es muy difícil.

También hacías referencia a los equipos directivos. En mi investigación en las escuelas de tiempo completo en América Latina, he podido constatar que cuando hay centros que disponen de un equipo directivo que tiene proyecto, visión, energía y entusiasmo, y se genera la posibilidad de extender el tiempo de dedicación a su tarea, ya sea de dos o de cuatro horas diarias más, hacen una transformación profunda. Se evidencia que lo que necesitaban era tiempo para establecer las conversaciones que no tenían, y así poder empezar a volcar todo su potencial en la jornada de trabajo, y favorecer que los docentes también puedan hacerlo. Pero otras escuelas que no tienen equipos directivos con ese potencial, pueden no cambiar la vida a los alumnos si aumentan su jornada escolar e, incluso, empeorarla siendo muy abrumadoras a base de hacer lo mismo que antes. Se trata de tener más tiempo pero también de saber usarlo con energía y conocimiento. Ojalá podamos combinar las dos cosas, y así no pedir a los docentes cosas que no pueden hacer, o ponerlos en el reto de voluntades que no se pueden generalizar.

En tu libro “¿Quién controla el futuro de la educación?”, escribes de manera contundente sobre “la caída de la frontera escolar, como la posibilidad de institucionalizar el temor, la amenaza y la obligación de aprender”. Es un tránsito de aquella escuela basada en el miedo hacia una escuela que invita.

Abriste una puerta muy amplia sobre la mirada más histórica de los sistemas educativos. La idea de la “frontera escolar” está relacionada con la creación de un espacio institucional, separado de la sociedad y en el que se vive con otras reglas de juego. Los sujetos al entrar en la escuela, y este es el significado de institución, cambian su forma de ser, sus actitudes, sus comportamientos, su lenguaje, incluso, sus disposiciones. Lo institucional también lo vemos también en el ritual de los horarios fijos durante todo el curso escolar, y su fuerte carácter inamovible. Es el resultado de una concepción fuertemente cultural, en la que nadie pone en cuestión una construcción mental de la escuela que tiene cinco siglos de historia, y que se convirtió en obligatoria hace un siglo y medio.

Todo esto fue puesto en suspenso en la pandemia. Pudimos ver como lo invisible y naturalizado se manifestó. Me refiero por ejemplo a la motivación por el aprendizaje. Los padres y madres hemos visto en casa la enorme dificultad de conseguir esa motivación del alumno, sin esa frontera y ese distanciamiento a los que me refería. Más difícil aun en este tiempo de la distracción y de las pantallas. Aquí está la paradoja. Necesitamos esa separación y ese movimiento de obligación, que es un ejercicio de poder, pero al mismo tiempo hemos de recrear la experiencia de aprendizaje, porque no vamos a pensar que el conductismo es la solución, ni vamos a tener una mirada nostálgica al viejo orden escolar. Cómo usamos la frontera a favor y cómo la repensamos es el trabajo que estamos haciendo muchos en estos tiempos. Algo que vos, Pepe, conoces muy bien.

En la reciente publicación que has dirigido, “Las llaves de la educación en América Latina”, habéis desarrollado una investigación y reflexión muy potentes sobre la posibilidad de mejorar los sistemas educativos. Es un tema en el que has trabajo mucho y te has convertido en un militante de las mejores sistémicas de la educación, más allá de las experiencias peculiares. En estos tiempos, que tú también has definido en otro libro como “tiempo de flujos, de multiplicación de las fuentes de la verdad y de degeneración constante de cualquier idea estable”, la educación vive una tensión entre preguntarnos qué es lo que tenemos que hacer, qué es posible, en qué evidencias nos basamos para avanzar, por un lado, y saber si vamos a tener paciencia para que los cambios, que no van a ser rápidos, sean efectivos y puedan llegar a todos, por otro lado.

Me interesa esta cuestión porque me lleva a un punto muy dilemático de la política y de los sistemas educativos, que me ha tocado trabajar estos últimos años, junto al tema de la innovación. Es diferente la conversación en el nivel de las escuelas que en el nivel de los sistemas. Una escuela se puede plantear cambios más profundos, y así lo queremos, pero un sistema es muy difícil que lo haga. Y ahí está el dilema. ¿Cómo podemos plantear los cambios más profundos que deseamos de las lógicas pedagógicas y curriculares, o el sentido de la experiencia en la escuela? ¿Cómo puede la escuela transformar la vida de los sujetos y generar la capacidad para actuar en este mundo? Traducir estas preguntas a los sistemas y a las políticas educativas en América Latina genera una gran paradoja: si ni siquiera podemos gobernar lo que pasa en los sistemas cómo podemos pensar en transformarlos.

Creo que tenemos que pensar en dos planos distintos pero combinados. Una es la de consolidación del sistema vigente, en el sentido de dar continuidad a las prácticas de enseñanza, y acompañar a las escuelas entendiendo lo que pasa dentro. Es cierto que resulta lento y hasta cierto punto conservador. Nosotros, por ejemplo, nos fijamos si los alumnos habían mejorado en lengua o matemáticas en las evaluaciones estandarizadas. Es obvio que esto puede no ser transformador de los sistemas educativos, porque de hecho excluye otras áreas, y aquello que no es evaluado es peligrosamente ignorado. Tiene estos riesgos, pero hay que entenderlo desde una posición muy básica, que es el cumplimiento del derecho a la educación de una niña o un niño, que a los ocho años debe saber leer y entender un texto para poder avanzar en su proceso de aprendizaje. Las evaluaciones estandarizadas, que a veces hemos demonizado con razón, se convierten así en herramientas tan básicas de información como saber si un niño está vacunado o no. Igual que no se nos ocurriría renunciar a esta información, sucede lo mismo con el conocimiento de la capacidad de leer y escribir o de hacer operaciones matemáticas de los niños y niñas. Es un tema de derecho a la educación. Si no podemos garantizar estos aprendizajes, es muy difícil pensar en innovaciones más profundas.

En todo caso, tenemos que combinar que esos procesos de mejora vayan acompañados de procesos de reflexión, y que éstos nos vayan llevando a procesos de transformación. Y así conseguir que los docentes sean actores reflexivos, sin quedarse en simples ejecutores de las reformas.

Creo que una dificultad de comprensión de las pruebas estandarizadas es que solemos vincular las mejoras en esas competencias básicas a las disciplinas clásicas que las imparten, y no lo vemos como un ecosistema de aprendizaje en el que todas las disciplinas ayudan a que los alumnos entiendan, comprendan, se expresen o usen el lenguaje científico. Y en este sentido, también debatimos sobre el papel de las evidencias científicas en los aprendizajes y su relación con la teoría del aprendizaje. ¿Cómo podemos manejar las tensiones entre estos conceptos?

Creo que hay una excesiva bifurcación en el campo que investiga la educación y en la propia mirada a las disciplinas, así como la tendencia al análisis cuantitativo que, a menudo, ignoran factores antropológicos o sociológicos, con la pretensión de cuantificarlo todo, y que parte también de la base de que lo que no tiene datos no es real. Por otro lado, encontramos otra mirada que hace lo contrario, desconociendo el uso de la investigación más cuantitativa, cayendo en una visión muy culturalista, que no puede generalizar nada porque todo está sujeto a un lugar muy particular. Estas dos culturas de la investigación hacen mucho daño porque construyen miradas sesgadas, levantando grandes bloques de oposición ideológicos, que se alimentan internamente, y que crecen de manera aislada las unas de las otras.

Yo creo en un enfoque ecuménico, con una mirada epistemológica basada en la seriedad, el compromiso y la responsabilidad con el sistema educativo y sus actores, saliendo de los propios egos y de las trincheras. Quien hace investigación tiene que conocer el aula. No puede pensar que todo se lo van a decir los datos. Al mismo tiempo que tampoco se puede pensar que uno conoce la realidad solo desde el aula. Se necesita humildad de enfoques y, sobre todo, apertura y espíritu de construcción. Por supuesto que necesitamos unas teorías que nos den estructura, pero que sean flexibles y que puedan conversar entre ellas e incorporar distintos argumentos.

Y desde estas convicciones, creo que sí se puede debatir sobre las evaluaciones estandarizadas. Lo que las pervierte es convertirlas en el látigo que castiga a los actores del sistema. Creo, en cambio, que buenas evaluaciones pueden permitir no sesgar la enseñanza hacia caminos muy memorísticos, y tomar la complejidad de la enseñanza basada en destrezas y competencias, que muchas veces son difíciles de evaluar, pero que no nos debe impedir crear mecanismos de observación, al coste de limitar lo que observamos. Creo que son dilemas que se pueden trabajar, a pesar de las dificultades que conllevan, y que superen las miradas más antagónicas.

A veces también nos encontramos con la complejidad del debate sobre el para qué enseñamos, si para el mundo laboral o para ser. Se acusa a PISA de tener intereses en el primer sentido, pero parece que necesitamos, como dices, una mirada más ecuménica. ¿Cómo podemos avanzar superando esta disyuntiva?

Creo que disponemos de un terreno curricular tan extenso que deberíamos ser capaces de construir una base común muy amplia y muy consensuada, dejando el necesario y legítimo debate político para otros ámbitos, pero sin mezclarlo todo.

Haciendo referencia a la disyuntiva que comentas. PISA, por ejemplo, puede tener el peligro de hacer marginal lo que no se evalúa, como es el caso de las artes, la educación física, la formación ciudadana o la historia, porque son disciplinas que no se miden. Y si eso ocurre, hay que advertirlo y corregirlo. Dicho esto, PISA me parece una excelente herramienta de evaluación porque justamente mide lo que somos capaces de hacer con el conocimiento. Y, como son pruebas de competencias, son muy difíciles de preparar. Hay quien dice que son pruebas para el mundo laboral, pero si se conocen bien, lo que vemos es que están centradas en conocer nuestra capacidad de comprensión de un texto o si podemos aplicar el razonamiento científico. Si estas son herramientas para el mundo del trabajo, bienvenidas sean porque son herramientas para la vida. La discusión sobre la enseñanza para el mundo del trabajo o para la formación ciudadana es real y se da en diversas ocasiones, pero no debemos permitir que lo invada todo. Hay que tratar de huir de la tendencia a etiquetar las discusiones centradas, por ejemplo, en si estoy a favor o en contra de PISA. 

El debate en educación debe ser más matizado y más prudente por puro respeto a nuestros alumnos, que necesitan más seguridad y que nuestro tiempo esté al servicio del aprendizaje, y no de disputas espurias.

Has escrito que uno de los retos que tenemos es “pasar de un sistema educativo homogéneo y alienado a un ecosistema personalizado y subjetivado” y esto lo enlazas directamente con la mirada al currículum. En España, se acaba de aprobar una ley de educación que tiene la voluntad de cambiarlo. En el estudio del que hemos hablado, sobre la educación en América Latina, también os centráis en su observación como elemento estratégico.

Me apasiona la discusión curricular. Creo que hay que hacerla muy explícita, y que tiene mucho que ver con los niveles de prescripción. También debemos abordarla sin caer en posiciones polarizadas. Hemos de tener claro que, en América Latina, el currículo es un gran organizador que permite disponer de una mirada sistémica en el tiempo y espacio escolares. Lo que me cuestiono es cuáles son los criterios de construcción de este instrumento tan poderoso. Qué tan rigurosa ha sido su organización o qué tanto ha consultado y ha entendido cómo trabajan los docentes. Todo esto tiene que ver con la arquitectura curricular, que en nuestros países suele ser débil. Un currículo muy claro, orientador y, en cierto sentido, prescriptivo se debería combinar, en nuestros países de América Latina, con un currículo reflexivo, que les dice a los docentes hacia dónde tienen que ir, y organiza en el tiempo las secuencias de aprendizaje que deben enseñar, pero que también los hace partícipes de las reflexiones y decisiones sobre esas secuencias. Ha de ser una guía básica que garantice la acción docente y que éste no se vea obligado a acudir al mercado editorial privado en busca de una orientación que no tiene, y, al tiempo, ser flexible para que los docentes que puedan tengan margen de aportación. Lo que no podemos hacer es caer en una fantasía de la autonomía docente, cuando no hay tiempo de dedicación previsto ni buenos salarios, y donde tenemos tantas desigualdades.

En vuestro informe, sois muy críticos con la filosofía del informe McKinsey por su orientación a dar soluciones universales. En cambio, en vuestra investigación, mostráis resultados positivos con diferentes maneras de gestionar la prescripción del currículo. Parece que también con el currículo sucede que diferentes maneras de gestionarlo pueden llevarnos a buenos resultados.

Lo mismo pasa con las políticas educativas, en general. Nosotros llegamos a una conclusión muy diferente de la del informe McKinsey, dada la enorme complejidad de la realidad de los sistemas en América Latina. Nosotros observamos la manera en que los sistemas lidiaron con su realidad interna de reglas implícitas, culturas, problemas, y desigualdades. Y vimos que su éxito no fue a través de recetas, que es lo que propone el informe McKinsey.

Lo que observamos es que los sistemas que mejoraron lo habían hecho, en primer lugar, logrando una visión de comprensión del sistema educativo. Se pusieron objetivos claros, y empezaron a trabajar con mucha seriedad con las escuelas, y también en el diagnóstico de políticas. Y una vez que comprendieron mejor las dimensiones del sistema, se fue generando una continuidad de acción en el tiempo y la posibilidad de identificar las puertas del sistema. De ahí, viene la idea de “las llaves de la educación”.

Los sistemas educativos que mejoran en América Latina son aquellos que pueden abrir muchas puertas. Son aquellos que, después de tres o de cinco años en la gestión pública, pueden entender mucho mejor la complejidad de sus sistemas, y ver que tienen decenas y decenas de puertas, pequeñas o grandes, a veces invisibles, al contrario de aquellos otros que vienen con ideas de fuera, propias del mundo empresarial como las relacionadas con pagar por incentivos, pero que no conocen el sistema. Frente a los que se traban con una única solución, se trata de identificar la multiplicidad de puertas que puedo tocar, ya sea porque una no tiene resistencias o porque otra la puedo abrir sin coste económico. O, incluso, encontrar otra más difícil, pero que puedo abrir si gano legitimidad. Toda esta identificación de puertas es un trabajo más artesanal, que se vuelve incremental. Me parece que es muy importante para no caer en una visión de recetas de política educativa.

Uno de los instrumentos que favorece la transformación es el aprendizaje y evaluación por competencias. Pero aun encontramos muchas dificultades en sus prácticas. A menudo se produce una dicotomía entre los objetivos curriculares, normalmente más ambiciosos, y la programación de las disciplinas, que es más fragmentada. Parece que necesitáramos poner en marcha una maquinaria que orientara en el cómo trabajar y evaluar por competencias, frente a la otra maquinaria más tradicional, basada en la programación detallada y el libro de texto.

Tenemos ya mucho camino recorrido y muchas evidencias, y deberíamos salir de ese debate de opuestos entre contenidos y competencias. Ya sabemos que se puede mejorar el trabajo desde los contenidos a las competencias, especialmente aquellas más invisibles, a través del trabajo con las rúbricas o la evaluación formativa.

Es muy importante el trabajo de traducción del currículo al trabajo por competencias para que se pueda visibilizar aquello que uno quiere lograr. Se puede hacer estableciendo logros o capacidades para traer más claridad, y no caer en ir acumulando más cosas que tengan el efecto de una olla a presión, que enfrenten al currículo con el actor que lo tiene que cumplir. Creo que necesitamos un currículo más acotado con grandes hitos y menos cantidad de contenidos. Lo sabemos hace tiempo y las reformas legislativas están avanzando en esta dirección. Hay que hacerlo bien, obviamente, pero no debemos crear una esquizofrenia curricular en las escuelas, que tienen que cumplir un montón de objetivos y, al mismo tiempo, profundizar en competencias.

Tú has señalado en repetidas ocasiones que necesitamos volver a escribir la misión de la educación.

Hay un tema que me preocupa mucho en los últimos tiempos, y no solo en esta última época tan terrible que nos ha tocado vivir, y es lo que significa la sobreabundancia de información y la posibilidad de ampliar la manipulación de nuestras creencias, de lo que son expresión más evidente algunos gobiernos populistas y los enfrentamientos consiguientes, así como los fundamentalismos. Me parece que todo esto alerta la necesidad, no solo de repensar el sistema educativo como lo venimos haciendo, sino de cómo el sistema educativo puede formar en anticuerpos frente a toda esta manipulación de creencias que vivimos, que nos acaba conduciendo a un sistema doctrinal de pertenencias antagónicas. La escuela es el único espacio que puede crear anticuerpos potentes. Me gusta decir que el objetivo central de la escuela sea hoy la búsqueda de la verdad. Instituir en los sujetos toda la red de habilidades, conocimientos y sentimientos hacia la búsqueda de la verdad, que le permitan no ser engañado y no aceptar las posiciones únicas. Favorecer la escucha abierta hacia la posición del otro, debatir, informarse o desmentir lo que uno pensaba. Todo aquello que es epistemológico en la escuela, y que pasa por el estudio riguroso del pensamiento científico, por la filosofía, por la lectura crítica de los medios de comunicación. La escuela debe poner el foco en estos aprendizajes. Igual que decíamos que la democracia no se puede aprender en un manual, sino practicándola, la búsqueda de la verdad también se aprende así. La escuela no puede hacerlo desde la postura del manual, sino desde un lugar muy activo para formar esos anticuerpos tan poderosos frente a las verdades absolutas.

¿EDUCACIÓN NO FORMAL Y ESCUELA ESTÁN INTERRELACIONADAS?

Visual thinking de @Anasalamanca99

JOÃO ARMANDO GONÇALVES

Ingeniero. Expresidente mundial Scouts (2014-2017). Profesor del Instituto Superior de Ingeniería de Coímbra, Portugal. Doctor en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente con una tesis sobre la implicación de los jóvenes en la planificación y gestión del territorio. Tiene una trayectoria de más de 30 años de participación, como voluntario, en la educación no formal. Durante 12 años ocupó puestos de liderazgo en la Organización Mundial del Movimiento Scout, el más grande del mundo con cincuenta y cuatro millones de miembros. Tras esta participación, fue condecorado en 2017 por el Presidente de la República Portuguesa.

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 (Los párrafos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a João A. Gonçalves)

Antes pensaba que la educación era más determinista, que era un proceso en el que se sabía muy bien lo que se quería, y en el que todo se podía planificar para obtener los resultados deseados. Ahora pienso que la educación es mucho más compleja, es un ambiente en el que todo fluye, así que no es posible tener una visión rígida de su organización, ni saber anticipadamente los resultados que vamos a conseguir. En definitiva, antes pensaba que la educación era un proceso planificado y, después de muchos años de experiencia, concibo la educación como un ambiente que crea las condiciones para que las personas puedan desarrollarse.

Seguramente esta evolución viene de tu experiencia larga en la educación no formal, concretamente en el escultismo. ¿Cuál es la aportación del movimiento scout a la educación, en su sentido más global?

De una manera evidente, las fronteras entre la educación formal y no formal están cada vez más diluidas. Por tanto, hay mucha interrelación entre ambas. El escultismo continúa aportando un papel en la construcción del individuo, que la educación formal todavía no da. Hay un conjunto de competencias y de maneras de ser, formas de abordar cuestiones vitales y desafíos cotidianos, que la escuela no da porque sigue priorizando su función como fuente de conocimiento, y menos como fuente de saber ser. El escultismo tiene la capacidad de ayudar a la construcción del individuo desde otra perspectiva. Esta contribución del escultismo al concepto global de la educación no está cubierta por la escuela ni por la familia.

El escultismo tiene una capacidad peculiar de educar en la adquisición de unas competencias que hoy son fundamentales. Un ejemplo podría el liderazgo, que no se trabaja en la escuela tradicional y, en cambio, se promueve bastante en el escultismo. Muchas de las competencias que hoy son consideradas claves se están trabajando más en los ámbitos de la educación no formal, por las características propias de sus actividades, que no en la escuela.

Otra de las aportaciones del escultismo es la llamada a la acción, a intervenir y comprometerse. Por esta misma razón, nos están impactando tanto las condiciones del confinamiento, derivadas de la pandemia. Si la situación se alarga, las consecuencias de la fatiga que provocan tendrán un gran impacto.

Desde hace años, organismos internacionales, como la UNESCO, están insistiendo en que las escuelas ayuden a desarrollar este tipo de competencias transversales, las denominadas “soft skills”, que la educación no formal, como el escultismo, sí que hace años que trabajan. ¿En qué medida la evolución de la escuela hacia esta orientación afecta al escultismo?

Es un tema que estamos debatiendo en el movimiento en los últimos años, especialmente en la evolución de la interacción entre la educación formal y no formal. Se está dando una apropiación por parte de la educación formal de elementos propios de la educación no formal. Es visible especialmente en las metodologías, como son el trabajo en grupo, el trabajo por proyectos o el juego. La escuela tradicional, basada en la exposición del profesor, está evolucionando hacia la integración de métodos más dinámicos. Esta absorción de características propias de la educación no formal me parece una buena noticia porque hace más eficaz el aprendizaje.

Por otro lado, creo que también el escultismo deberá incorporar elementos propios de la educación formal, especialmente en el ámbito de los contenidos. Podría parecer que el escultismo simplemente consiste en actividades lúdicas, como pasear por el campo o vivir algunas aventuras. Pero hoy, tenemos otro nivel de comprensión del mundo y de la relación del ser humano con la naturaleza. Si queremos que los jóvenes tengan un papel más destacado en todo esto y aumenten su nivel de conciencia, necesitan un conocimiento más profundo, por ejemplo, de las consecuencias de sus actos respecto al medio ambiente, al calentamiento global, el derroche energético o de alimentos.

Lo mismo ocurre con el conocimiento de las desigualdades sociales y del impacto de los fenómenos sociales. Es preciso que seamos más conscientes de la importancia de dar mayor fluidez a este tipo de conocimiento para aumentar la conciencia de ciudadanía global, y dar más solidez a nuestra acción como scouts.

Para nuestro movimiento, que tiene cincuenta y cuatro millones de miembros, y es como una gran familia esparcida por todo el mundo, el concepto de ciudadanía global resulta muy cercano, y no conozco muchos movimientos de educación en el mundo que tengan esta capacidad de ayudar a los jóvenes a sentirse parte de una red global.

Es por esto que consideramos enriquecedor avanzar en esta interrelación que diluye las fronteras entre metodologías de la educación no formal y tratamiento de los contenidos, propio de la educación formal, para que los jóvenes lo integren en su manera de actuar en el mundo.

Esto recuerda la idea tan repetida de que para educar necesitamos toda la tribu, y el sentido de iniciativas como la del movimiento de ciudades educadoras. Pero todavía vemos a menudo que la escuela considera que todo esto le corresponde a la educación no formal, a lo que pasa fuera de las paredes de las aulas. En esta pandemia, el ensayista Y. N. Harari ha repetido la importancia de aumentar el conocimiento científico en la escuela, pensando en el mundo en el que ya vivimos. Todo esto nos lleva a una enorme complejidad, tanto en la educación formal como en la no formal, que también parecen vivir una crisis respecto a las diferencias que tenía tradicionalmente con la educación escolar.

La crisis mayor que estamos viviendo es la derivada de una de las razones de ser de la educación no formal, basada fundamentalmente en el contacto con los otros o con la naturaleza. En estos momentos de confinamiento, nuestro movimiento está recibiendo un gran impacto, a pesar de los encuentros virtuales. No quiero ni imaginar el impacto que pueda ocurrir si esta situación se alarga mucho tiempo. Podría afectar a la misma concepción de una educación que exige un contacto directo entre las personas. También soy profesor, y me tuve que adaptar a la situación y a la tecnología. Pero el escultismo es diferente, y las condiciones de la transición son más duras.

¿Crees que, cuando acabe la rigidez de la situación actual y debido a las vivencias del confinamiento, podría aumentar el interés por participar en el escultismo y en este tipo de educación no formal?

Creo que sí en parte porque en esta situación nos hemos puesto de acuerdo en el valor del contacto exterior y con la naturaleza, y su relación con nuestra salud mental. Los propios padres buscarán espacios para que sus hijos encuentren otras experiencias que no sean solo las tecnológicas, y que les aumenten su bienestar. Tengo miedo, sin embargo, que algunos jóvenes, en este tiempo de pandemia, hayan quebrado sus redes de apoyo. Por eso, me parece que puede ser positivo que familias y educadores busquemos otros espacios relacionales y de aprendizajes para los niños y jóvenes.

Desde tu experiencia de profesor y educador en el escultismo, y también como observador desde dentro y desde fuera del sistema ¿qué crees que la escuela debe cambiar y hacia dónde debe avanzar?

Desde mi visión de un mundo ideal, deberíamos avanzar hacia una escuela que sea un lugar donde descubrir conocimiento y personas. La imagen actual de la escuela, al menos en Portugal, responde a un modelo industrial en el que las personas son formadas de la misma manera como si fueran piezas de una maquinaria. Muchas personas creen que no es posible otro tipo de modelo. Pero yo imagino una escuela abierta donde los jóvenes exploran, comparten y se relacionan como si estuvieran en un centro de investigación permanente, no solo en un sentido tecnológico. Hace tiempo, conocí un proyecto en París que se proponía abrir las escuelas en los fines de semana como espacios abiertos donde pudieran ir familias.

Imagino, quizás un poco utópicamente, que sean espacios donde los jóvenes descubran y exploren y, sobre todo, encuentren otros jóvenes. Tendremos que promover una gran transformación entre los profesores y educadores porque no podemos mantener el mismo estilo industrial de formación con el que ellos mismos se formaron. La propia formación de los educadores debería ser más estimulante para que los educadores tengan la voluntad de utilizar métodos nuevos, como dar clase en la calle o en un jardín, y se sintiesen con mayor libertad. Al mismo tiempo, es muy importante que transmitamos una mayor confianza en los propios educadores.

Creo que tenemos un sistema muy jerárquico, que no confía en los docentes. La estructura y las reglas no favorecen la autonomía y la creatividad de los educadores. Por tanto, creo que se debe confiar más en ellos y en su capacidad para hacer las cosas de otra manera. Seguramente, nos encontraremos con unos más creativos y otros menos, pero hay que confiar.

El proceso educativo es un proceso compartido entre jóvenes y educadores. Muchas veces digo que un educador debe ser un facilitador. Les digo muchas veces a mis alumnos que mi trabajo no es enseñar, sino ayudarles a que ellos puedan aprender. Son dos cosas muy diferentes. Yo no debo estar todo el tiempo haciendo y hablando, sino creando las condiciones para que los propios jóvenes puedan descubrir y tengan curiosidad por saber. Utópicamente, me gustaría que la escuela fuera un lugar vivo por donde circularan las personas y el conocimiento, pero, desgraciadamente, ahora no es así.

Parece que este trabajo conjunto entre docentes y educadores, en el sentido más amplio, solo será posible si se cambia la estructura y las jerarquías tradicionales. Creo que no vamos a salir de esta dificultad sino impulsamos un mayor trabajo en equipo de los docentes, no solo en el “back office”, sino a través de la codocencia en las propias aulas.

Sí. Es lo más importante. Recorrer un camino conjuntamente los educadores, docentes y también los jóvenes. Estos deben hacer un camino que los adultos debemos acompañar. Antes decía que los docentes deberíamos formarnos de otra manera, pero también me parece importante señalar que también debemos preparar a los alumnos para trabajar de otra manera. Cuando les propongo otros métodos a mis estudiantes a través del juego, por ejemplo, se quedan desconcertados porque están habituados a estar sentados durante noventa minutos escuchando a un profesor.  Necesitamos educarlos para que estén más activos y participativos. Así, que necesitamos habituar tanto a los docentes como a los alumnos para poder trabajar de otra manera. Y solo lo vamos a conseguir si creamos espacios de creatividad donde puedan desarrollarse y aprender equivocándose.

Una de las ventajas que tenemos en el escultismo es que el error no está penalizado, sino que es una enorme herramienta pedagógica. Por ejemplo, cuando montamos las tiendas de campaña en las salidas, y no lo hacen bien y se cae, no decimos que es malo, sino que al día siguiente tendrá nuevas oportunidades de hacerlo mejor. No ponemos una mala nota como pasa en clase, incluso en casa.

En la escuela tienen que cambiar muchas cosas. Por ejemplo, la evaluación, que no puede reducirse a rellenar un test, sino a pararse, mirar hacia atrás y pensar qué es lo que he aprendido, o qué actividad he hecho en los últimos meses. Debe ser algo positivo, como una síntesis que me permita reflexionar sobre lo hecho y aprendido para mejorar la próxima vez. Ha de ser un proceso cíclico en el que tomemos conciencia de lo que hice mal y bien. Es un tipo de reflexión que nos hace mucha falta, especialmente en la escuela, pero, a veces, también en el escultismo.

A menudo digo que en el escultismo, muchas veces, parecemos una fábrica de actividades. Es una educación para la acción y es lógico que nos preocupen las actividades que debemos organizar, pero muchas veces necesitamos hacer una pausa, mirar hacia atrás y validar lo que hemos hecho. El papel del educador en este sentido es muy relevante. Por tanto, el error es productivo. Los jóvenes tienen que percibir que los educadores estamos para acompañarlos en este camino. Y los educadores debemos percibir que nuestro papel no es transmitir conocimientos, que ya están ahí a disposición de todo el mundo, sino ayudar a descubrir, plantear dudas y favorecer las relaciones, que hoy en día son muy importantes.

Cuando se inicia un sistema diferente, los alumnos también deben aprender a usarla y comprenderla porque, si no, corremos el riesgo de que crean que son ocurrencias que tenemos. El propio concepto del error que comentabas también hay que compartirlo con las familias para que entiendan el sentido que tiene. En definitiva, se trata de un cambio de mirada de todos los agentes educativos. A menudo, en la selección de profesorado, son muy valoradas las personas que tienen experiencia en la educación no formal. ¿Cómo podríamos profundizar en este proceso de confluencia de competencias de la educación formal y no formal?

De entrada, me parece que lo que debemos hacer es aprovechar aquellas personas que tienen experiencia en los dos ámbitos, y decirles que no hacen mal en experimentar. En todos los procesos de cambio debe haber unos “champions”, o sea unos agentes que sean un núcleo más pequeño con mayor facilidad para el cambio. No podemos esperar que se dé manera instantánea en todos, así que debemos identificar a ese núcleo y estimular que vaya haciendo y, por contagio, se vayan sumando el resto de docentes. La formación puede ayudar, pero lo más importante es que esas personas que ya están haciendo cambios no se los reserven para ellos ni tengan miedo de mostrarlo a otros. Ya sabemos que es posible que la mayoría, al principio, se muestre extrañada, pero el cambio solo será posible de esta manera.

La educación es un proceso complejo en el que influyen varios agentes. En el acercamiento que estamos haciendo en el escultismo en los últimos años, decimos que nuestra misión es contribuir a la educación de los jóvenes. Cuando decimos contribuir, nos referimos a que solo somos uno de los muchos agentes que existen. Yo no puedo afirmar que el escultismo sea más importante que los demás, pero tampoco creo que lo sea la escuela, ni que la familia sola sea capaz de educar. Una persona recibe influencias de muchos sitios y agentes. Cuanto más consigamos que dialoguen entre ellos, mejor será para la educación de los jóvenes.

Uno de los aspectos en los que estamos insistiendo a nuestros educadores es que conozcan bien a los padres, a los profesores o cómo funcionan en el club deportivo o en la asociación a la que pertenecen los jóvenes. Es la manera de personalizar porque cada uno de ellos es diferente. Es muy laborioso, sin duda, pero debemos evitar que los educadores se queden encerrados en su burbuja, y animarlos a que salgan y conozcan los entornos en los que se mueven los jóvenes.

Yo lo hago con mis alumnos del instituto. Les pregunto y me gusta saber lo que hacen fuera de él. Es una manera de conocer mejor su perfil y, así, poder adaptarme y aprovechar sus competencias. Es complejo, pero, como decías antes, necesitamos la comunidad entera para educar a una persona. Los africanos lo saben desde hace tiempo, y no lo vamos a descubrir ahora.

Una de las aportaciones de la educación no formal más valoradas recientemente es el aprendizaje-servicio, que ha logrado sintetizar métodos propios de la educación no formal con pedagogías propias de la educación formal. ¿Cómo ha impactado esta evolución en el escultismo?

El escultismo no ha hecho una aportación específica al aprendizaje-servicio como se aplica en la escuela, pero es verdad que el sentido de servicio es una de los acentos más importantes de nuestra propuesta educativa. El escultismo está planteado como educación para niños y jóvenes entre los seis o siete años hasta los veintiuno o veintidós, más o menos.

En las propuestas que hacemos a los jóvenes, especialmente a partir de los diecisiete años, está muy remarcada la idea de servicio. Últimamente, hemos ido introduciendo, en lo que denominamos nuestro método educativo scout, el compromiso comunitario, que, para nosotros, implica la participación en la vida de la comunidad que va más allá de una actividad para convertirse en una forma de aprender.

En estas edades es absolutamente crucial para contribuir a la educación para la ciudadanía, que ha sido una característica desde los inicios del movimiento scout. Como decía un especialista en participación juvenil, nosotros no podemos esperar que un joven, cuando tenga veintiún o veintidós años, vaya a participar en una asociación o en la comunidad, si antes no ha estado habituado a establecer relaciones, a tener iniciativa o a participar en proyectos. No podemos suponer que cuando tenga veinte años estará motivado y tendrá capacidades para hacerlo. Por eso, para nosotros es absolutamente esencial el sentido de comunidad, estar disponible para los demás y aprender de esta manera.

El servicio tiene una doble vertiente. Por un lado, es una contribución efectiva y concreta a la mejora de la comunidad. Y, por otro lado, tiene un valor educativo al incorporar rutinas de servicio. Eso que hoy en día podríamos llamar los algoritmos de servicio, en la perspectiva de que habitúo de tal manera a estar atento a lo que ocurre alrededor y actuar cuando es preciso, que lo acaban haciendo de manera natural.

En el escultismo, tratamos de que salgan del habitual contexto seguro y reservado para aprender a través de su experiencia, que creemos que es superior a hacerlo a base de explicaciones de adultos. Para nosotros, la idea del aprendizaje para el servicio, especialmente en las edades mayores, siempre ha resultado clave y, ahora, todavía nos parece más relevante.

Teniendo en cuenta que uno de los objetivos del escultismo es contribuir a la ciudadanía global en entornos de diversidad, y desde su experiencia como presidente mundial, ¿cómo interpela al escultismo católico la relación con el escultismo laico o con otros tipos de iniciativas muy parecidas impulsadas por otras religiones? ¿Vamos hacia un escultismo al margen de las creencias religiosas?

Hay una gran cantidad de asociaciones de escultismo. Tal, que casi abarcan todas las creencias. En Portugal, España o Italia, el escultismo es muy fuerte. En Francia, por ejemplo, conviven diferentes asociaciones de escultismo católicas, protestantes, musulmanas, judías y otras más. O, en Indonesia, lógicamente, la mayoría son musulmanas. Somos una gran familia en un mundo global.

La formación del individuo en el escultismo se plantea desde el punto de vista físico, emocional y también espiritual, que para nosotros es muy importante. Claro que la espiritualidad se puede vivir de muchas maneras. A la luz de una determinada fe o de otras inspiraciones. Por mi experiencia, creo honestamente que la convivencia y el respeto que se da entre las diferentes religiones en el escultismo podría ser un excelente ejemplo para el mundo entero. Por ejemplo, en mi equipo en la presidencia mundial, había personas de todas las religiones y, a menudo, se daban situaciones en que conciliábamos con total naturalidad el cumplimiento de los ritos respectivos, sin necesidad de apartarse del grupo. Para mí, esta diversidad supone una riqueza impresionante. Y mucho más cuando consigues educar a jóvenes en estos ambientes, y puedes facilitar que se hagan preguntas acerca de las costumbres y creencias de los otros. Tenemos esta garantía de poder educar en la diversidad. Honestamente, en nuestro movimiento, las religiones nunca han sido causa de problemas, y las personas lo viven con mucha comodidad. Creo que podríamos mostrar mucho más este ejemplo de convivencia al mundo porque no hay muchos otros que lo consigan.

Adoro ser profesor. Para mí, educar es dejar una marca. Aquellos que ya tienen mucha experiencia docente saben que cuando te encuentras con una persona que ha sido alumno tuyo, piensas que una parte de lo que es ha sido una contribución tuya. La educación es una actividad fascinante y un privilegio enorme. Como decía al inicio, no es una actividad cuadriculada y con todo definido. Es preciso saber moverse en un pequeño caos, en una nube de ideas y métodos, y de experiencias. Creo que vale la pena que las personas que somos unos apasionados de la educación, continuemos adelante, compartiendo conversaciones, y continuemos soñando conjuntamente, sin pensar que nuestras ideas son locas. Es preciso que continuemos experimentando para conseguir seguir educando a las personas en el futuro.

O EDUCAÇÃO NÃO FORMAL E A ESCOLA ESTÃO INTERLIGADAS?

Visual thinking de @anasalamanca99

JOÃO ARMANDO GONÇALVES

Engenheiro. Ex-presidente mundial Scouts (2014-2017). Professor no Instituto Superior de Engenharia de Coimbra, Portugal. Doutor em Ordenamento do Território e Meio Ambiente com uma tese sobre a implicação dos jovens na planificação e gestão do território. Tem um percurso de mais de 30 anos de participação, como voluntário, na educação não formal. Durante 12 anos ocupou cargos de liderança na Organização Mundial do Movimento Escutista, o maior do mundo, com cinquenta e quatro milhões de membros. Como reconhecimento desta participação, foi condecorado em 2017 pelo Presidente da República Portuguesa

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(Os parágrafos em negrito correspondem a Pepe Menéndez e os parágrafos sem destaque, a João A. Gonçalves. Colaboração na transcrição para o português de Manuel Galego)

Antes pensava que a educação era mais determinística, que era um processo em que se sabia muito bem o que é que se queria e tudo poderia planificar-se para que se obtivessem os resultados desejados. Hoje penso que a educação é algo muito mais complexo, é muito mais fluida, pelo que não é possível manter uma visão rígida da sua organização nem saber antecipadamente quais os resultados que vamos atingir. Definitivamente, antes pensava que a educação era um processo planificado e, depois de muitos anos de experiência, concebo a educação como um ambiente onde se criam as condições para que as pessoas se possam desenvolver.

Certamente, essa evolução advém da tua larga experiência na educação não formal, concretamente, no escutismo. Quais são os contributos do movimento escutista para a educação, no seu sentido mais global?

Claramente, as fronteiras entre a educação formal e não formal estão cada vez mais diluídas. Existe muita interpenetração entre ambas. O escutismo, no entanto, continua a ter um papel na construção do indivíduo que a edução formal não tem. Há um conjunto de competências, de maneiras de ser, formas de abordar as questões da vida e os desafios de cada dia que a educação formal não dá porque continua a dar prioridade à função de fonte de conhecimento em detrimento da fonte de saber ser. O Escutismo tem a capacidade de ajudar à construção do indivíduo nessa outra perspetiva. Esse contributo do escutismo para o conceito global de educação não se consegue encontrar na escola nem na família.

O escutismo tem uma capacidade única de educar para a aquisição de competências que hoje consideramos fundamentais. Um exemplo, que tem a ver com a minha própria experiência, poderia ser o da liderança, que não se trabalha na escola tradicional e se promove bastante no escutismo. Muitas das competências que hoje consideramos chave estão a ser mais trabalhadas no âmbito da educação não formal, até pelas características especificas das suas atividades.

Outro contributo do escutismo é o apelo à ação, à intervenção e ao compromisso. É por estes motivos também que tanto nos está a afetar o confinamento imposto pela pandemia. Se a situação se mantiver por muito mais tempo, a fadiga que está a provocar terá um impacto grande.

Desde há muitos anos que organismos internacionais, como a UNESCO insistem na necessidade de as escolas ajudarem a desenvolver este tipo de competências transversais, as denominadas “soft skills”, trabalhadas há anos pela educação não formal e pelo escutismo. Em que medida, a evolução da escola, de acordo com estas orientações, afeta o escutismo?

É um assunto que estamos a debater no movimento nos últimos anos, especialmente a evolução da interação entre a educação formal e não formal. Está a acontecer uma apropriação, por parte da educação formal, de alguns elementos próprios da educação não formal. Percebemo-lo, principalmente, pelos métodos, como o trabalho em grupo, o trabalho por projetos ou os jogos. A escola tradicional, baseada na exposição pelo professor, está a evoluir para a integração deste tipo de métodos mais dinâmicos. Parece-me que é uma boa noticia, esta apropriação das características próprias da educação não formal, porque torna mais eficaz a aprendizagem.

Por outro lado, penso que também o escutismo deverá incorporar elementos próprios da educação formal, especialmente no que respeita aos conteúdos. Pode parecer que o escutismo consiste simplesmente em atividades lúdicas, como passear pelo campo e viver algumas aventuras. No entanto, hoje, temos outro nível de compreensão do mundo e da relação da pessoa com a natureza. Se pretendemos que os jovens tenham um papel mais interventivo e aumentem o seu nível de consciência, é preciso, também, que tenham um conhecimento mais profundo, por exemplo, das consequências dos seus atos, no que respeita ao meio ambiente, ao aquecimento global e ao desperdício energético ou de alimentos.

Passa-se o mesmo com o conhecimento das desigualdades sociais e o impacto dos fenómenos sociais. É preciso que estejamos mais conscientes acerca da importância deste conhecimento para aumentarmos a consciência da cidadania global e darmos mais solidez à nossa ação enquanto escuteiros. 

Para o nosso movimento, que tem cinquenta e quatro milhões de membros, e é como uma grande família espalhada por todo o mundo, o conceito de cidadania global está muito presente e não conhecemos muitos movimentos educativos, no mundo, que tenham esta capacidade de ajudar os jovens a sentirem-se parte de uma rede global.

É por isso que consideramos enriquecedor avançar com esta inter-relação para diluir as fronteiras entre as metodologias da educação não formal e o tratamento de conteúdos próprio da educação formal, para que os jovens possam beneficiar de ambas para a sua ação no mundo.

Faz-nos recordar a ideia, tantas vezes repetida, de que necessitamos de toda a tribo para educar uma criança e o sentido de movimentos como o das Cidades Educadoras. No entanto, verificamos com frequência que a escola considera que tudo isso é da esfera da educação não formal e do que se passa fora sala de aula. Durante esta pandemia o ensaísta Y. N. Harari insistiu na importância de aumentarmos o conhecimento científico na escola de acordo com o mundo em que vivemos atualmente. Tudo isso nos remete para a enorme complexidade da educação, seja ela formal ou não formal, sendo que esta última parece estar a viver uma crise perante as diferenças que, tradicionalmente, a pareciam distinguir da educação escolar.

A maior crise que atravessamos é a que resulta de uma das principais razões de ser da educação não formal, fundada no contacto com o outro e com a natureza. Nestes momentos, de confinamento, estamos a sentir um grande impacto, apesar da possibilidade das tecnologias e dos encontros e atividades online. Não quero pensar nos impactos que poderíamos vir a ter se a situação se mantivesse por muito mais tempo. Afeta a nossa conceção de que a educação exige um contacto direto entre as pessoas. Eu próprio sendo professor tive de me adaptar à situação e ao recurso às tecnologias. No entanto, o escutismo é diferente, o que torna as condições da adaptação ainda mais duras.

Acreditas que quando ultrapassarmos esta situação e tendo em conta o que vivemos durante o confinamento poderá aumentar o interesse pelo escutismo e por este tipo de educação não formal?

Acredito que sim, em parte porque com esta situação cresceu o consenso sobre o valor do contacto com o exterior e com a natureza e da sua relação com a saúde mental. Os próprios pais quererão encontrar espaços que permitam que os seus filhos contactem com outras experiências que vão para além das tecnologias e que lhes possam aumentar o bem-estar. Tenho receio, no entanto, que alguns jovens, durante o tempo da pandemia, tenham perdido as suas redes de apoio. Mas é também por essa razão que me parece que poderá ser positivo que tanto as famílias como os educadores procurem outros espaços relacionais e de aprendizagem para as crianças e para os jovens.

De acordo com a tua experiência de professor e educador no âmbito do escutismo, e também enquanto observador de dentro e de fora do sistema, o que te parece que a escola deverá mudar e para onde deverá caminhar?

De acordo com a minha perspetiva de um mundo ideal, deveríamos caminhar para uma escola que fosse uma fonte, um lugar de descoberta, tanto de conhecimento como de pessoas. A imagem atual da escola, em Portugal, corresponde a um modelo industrial em que as pessoas se formam como se fossem peças de uma máquina. Muitas pessoas acreditam que não é possível outro modelo. Mas eu imagino uma escola aberta onde os jovens exploram, partilham e relacionam-se, como se estivessem permanentemente num centro de investigação, não apenas no sentido tecnológico. Recordo-me, por exemplo, de um plano, em Paris, há uns tempos, que propunha a abertura das escolas aos fins de semana, para poderem ser vividas pelas famílias.

Imagino, talvez um pouco utopicamente, que sejam espaços onde os jovens descubram e explorem e, sobretudo, encontrem outros jovens. Teremos de promover uma grande transformação, entre os professores e educadores porque não poderemos manter as mesmas características industriais com que eles próprios foram formados. A própria formação dos educadores deveria estimulá-los para que se sentissem motivados a utilizar outros métodos, como dar aulas na rua ou no jardim e se sentissem com maior liberdade. Ao mesmo tempo, é muito importante que transmitamos uma muito maior confiança nos próprios educadores.

Penso que temos um sistema muito hierárquico, que não confia nos educadores. A estrutura e as regras não favorecem a autonomia e a criatividade dos educadores. Penso que se deveria confiar mais neles e na sua capacidade para mudar. Com certeza alguns serão mais criativos, outros menos, mas há que confiar.

O processo educativo deveria ser um processo partilhado entre jovens e educadores. Costumo dizer que um educador deve ser um facilitador. Digo muitas vezes aos meus alunos que o meu trabalho não é ensinar, mas ajudá-los para que possam aprender. São duas coisas muito diferentes. Eu não devo estar constantemente a fazer ou a falar, mas a criar as condições para que eles próprios possam fazer descobertas e tenham curiosidade para procurar e aprender. Utopicamente, gostaria que a escola fosse um sítio vivo, um lugar onde estivessem sempre pessoas a circular e se partilhasse conhecimento, mas, infelizmente, ainda não é assim.

Parece que esse trabalho conjunto entre docentes e educadores, num sentido mais amplo, apenas será possível se se mudar toda a estrutura e as hierarquias tradicionais. Creio que não ultrapassaremos esta dificuldade se não incentivarmos a um maior trabalho em equipa, pelos docentes, não apenas no “back office”, mas também na codocencia nas próprias aulas.

Sim. É o mais importante. Percorrer um caminho em conjunto, os educadores, os docentes e também os jovens. Estes devem fazer um caminho acompanhado pelos adultos. Tal como referi antes, os docentes deveriam ter outra formação, mas parece-me importante assinalar que também deveremos preparar os nossos alunos para trabalhar de outra maneira. Atualmente, quando proponho outros métodos aos meus alunos, utilizando o jogo, por exemplo, inicialmente parecem ficar muito admirados, porque estão habituados a ficar sentados durante noventa minutos escutando o professor. Precisamos educá-los para que sejam mais ativos e participativos. Necessitamos habituar, tanto os docentes, como os alunos, a trabalhar de outra maneira. E só o conseguiremos com espaços de criatividade onde possam desenvolver-se e aprender errando.

Uma das vantagens que temos no escutismo é que não castigamos o erro, entendemo-lo como uma enorme ferramenta pedagógica. Por exemplo quando vamos para o campo, montar uma tenda, se fica mal montada e cai, não faz mal, no dia seguinte poderá montar-se melhor. Não o penalizamos com uma nota negativa ou uma repreensão, como na escola ou em casa.

Na escola terão de mudar muitas coisas. Por exemplo, a avaliação, não pode limitar-se a um teste, é preciso parar, olhar para trás e pensar no que se aprendeu ou que atividades fizemos nos últimos meses. Deve ser algo positivo, como uma síntese que me permita refletir sobre o que se fez e o que se aprendeu, para que se possa melhor na próxima vez. Deverá ser um processo cíclico no qual tomamos consciência do que se fez mal e bem. Este tipo de reflexão faz-nos muita falta, especialmente na escola, mas, por vezes também no escutismo.

Costumo dizer que no escutismo, muitas vezes, parecemos uma fábrica de atividades. Trata-se de uma educação para a ação e é lógico que nos preocupemos com as atividades que devemos organizar, mas muitas vezes precisamos fazer uma pausa, olhar para trás e validar o que fizemos. O papel do educador neste sentido é muito relevante. Portanto, o erro é muito importante. Os jovens têm que perceber que nós, educadores, estamos aqui para os acompanhar neste caminho. E os educadores devem perceber que o nosso papel não é transmitir conhecimentos, que já existem e que estão à disposição de todos, mas mais de acompanhar, fazer revelar fazer descobrir, apoiar responder a dúvidas, é um trabalho mais relacional, que hoje em dia é muito importante.

Quando se inicia um sistema diferente, os alunos também devem aprender a usa-lo e compreendê-lo porque, de contrário, corremos o risco de acreditarem que são devaneios que temos. O próprio conceito de erro que mencionaste também deve ser compartilhado com as famílias para que entendam o que significa. Em suma, é uma mudança de visão de todos os agentes educativos. Muitas vezes, na seleção de professores, as pessoas com experiência em educação não formal são altamente valorizadas. Como poderemos aprofundar esse processo de confluência das competências da educação formal e da não formal?

Para começar, parece-me que deveremos aproveitar aqueles que tem experiência em ambas as áreas, e dizer-lhes que não é errado experimentar. Em todos os processos de mudança devem existir alguns “champions”, ou seja, uns agentes, que são um núcleo menor e com maior facilidade de implementar a mudança. Não podemos esperar que a mudança surja instantaneamente em todos, assim, devemos identificar esse núcleo de agentes e incentivá-los para que, por contágio, se lhe vão juntando outros. A formação pode ajudar, mas o mais importante é que as pessoas que já estão a fazer mudanças não as guardem para si nem tenham receio de partilhar com os outros. Sabemos que no início, a maioria ficará surpreendida, mas a mudança só será possível desta maneira.

A educação é um fenómeno complexo no qual participam vários agentes. Na abordagem que estamos a fazer no escutismo, nos últimos anos, dizemos que a nossa missão é contribuir para a educação dos jovens. Quando dizemos contribuir, queremos dizer que somos apenas um dos muitos agentes que existem. Não posso afirmar que o escutismo seja mais importante que os outros, mas também não acredito que a escola o seja, nem que só a família seja capaz de educar. Uma pessoa é influenciada por muitos contextos e agentes. Quanto maior for o diálogo entre eles, melhor será para a educação dos jovens.

Um dos aspetos em que estamos a insistir com os nossos educadores é para que conheçam os pais, os professores ou como funcionam o clube desportivo ou a associação a que pertencem os jovens. É uma maneira de atender às características de cada um, porque todos eles são diferentes. É muito trabalhoso, sem dúvida, no entanto devemos evitar que os educadores fiquem fechados na sua bolha e encoraja-los a sair e aprender sobre os ambientes em que os jovens se movem.

É o que faço com os meus alunos, no Instituto. Questiono-os e gosto de saber o que fazem fora dele. É uma forma de conhecer melhor o seu perfil e, assim, poder adaptar-me e tirar partido das suas competências. É complexo, mas, como dizias antes, precisamos de toda a comunidade para educar uma pessoa. Os africanos já sabiam disso há muito tempo, nós é que estamos a descobri-lo agora.

Uma das contribuições da educação não formal mais valorizada recentemente é a da aprendizagem-serviço, que consegue sintetizar métodos próprios da educação não formal com pedagogias típicas da educação formal. Qual foi o impacto desta evolução no escutismo?

O escutismo não terá contribuído especificamente para a aprendizagem-serviço conforme é aplicada na escola, mas, a verdade é que o sentido de serviço é um dos aspetos mais importantes de nossa proposta educativa. O escutismo pretende ser uma educação para crianças e jovens entre os seis ou sete e os vinte e um ou vinte e dois anos, mais ou menos.

Nas propostas que fazemos aos jovens, particularmente a partir dos dezassete anos, a ideia de serviço está muito presente. Ultimamente, temos vindo a introduzir, no que denominamos como método educativo scout, o envolvimento comunitário, que, para nós, implica a participação na vida da comunidade, o que vai para além da atividade em si, é uma forma de aprender, um elemento do próprio método. 

Nestas idades, é absolutamente crucial contribuir para a educação para a cidadania, característica primordial do movimento escutista. Como dizia um estudioso em participação juvenil, não podemos esperar que um jovem, aos vinte e um ou vinte e dois anos, participe numa associação ou na comunidade, se antes não tiver tido a oportunidade de estabelecer relações, de ter iniciativa ou de participar em projetos. Não podemos presumir que, aos vinte anos, estará motivado e capacitado para o fazer. É por isso que para nós é absolutamente essencial o sentido de comunidade, o estar disponível para os outros e a aprender com isso.

O serviço tem uma dupla vertente. Por um lado, é um contributo para melhorar a comunidade. E, por outro lado tem um valor educativo que é o de dar rotinas de serviço, rotinas de estar à disposição. Aquilo que hoje em dia poderíamos chamar de algoritmos do serviço, na perspetiva de que me habituo de tal maneira a ficar atento ao que se passa à minha volta e a ajudar quando é preciso, que depois as coisas acontecem naturalmente.

No escutismo, procuramos sair do contexto habitual de segurança e proteção para que se aprenda através da experiência, que acreditamos ser superior à aprendizagem com base exclusiva nas explicações dos adultos. Para nós, a ideia de aprender pelo serviço, principalmente em idades mais avançadas, sempre foi fundamental e, agora, parece-nos ainda mais relevante.

Tendo em conta que um dos objetivos do escutismo é contribuir para a cidadania global num contexto de diversidade, e com base na tua experiência como presidente mundial, como interpretas a relação do escutismo católico com o escutismo laico ou com outros tipos de iniciativas muito semelhantes promovidas por outras religiões? Estamos a caminhar para um escutismo à margem das crenças religiosas?

Existe um grande número de associações de escutismo. De tal modo que quase abarcam todas as crenças. Em Portugal, Espanha ou Itália o escutismo católico é muito forte. Em França, por exemplo, convivem diferentes associações de escutismo católicas, protestantes, muçulmanas, judias entre outras. Na Indonésia logicamente a maioria é muçulmana. Somos uma grande família num mundo global.

A formação do indivíduo no escutismo desenvolve-se segundo o ponto de vista físico, emocional social e também espiritual, o que para nós é muito importante. Claro que a espiritualidade se pode viver de muitas maneiras. A luz de uma determinada fé ou de outras inspirações. Pela minha experiência acredito honestamente que a convivência e o respeito que se nota entre os membros das diferentes crenças religiosas dentro do escutismo poderia ser um excelente exemplo para o mundo inteiro. Por exemplo, na minha equipa na presidência mundial havia pessoas de todas as religiões e, muitas vezes, houve situações em que de modo natural conciliámos a realização dos respetivos ritos, sem necessidade de nos separarmos do grupo. Para mim esta diversidade é de uma riqueza impressionante. E muito mais quando conseguimos educar os jovens nesses ambientes, que facilitam a colocação de questões sobre os costumes e as crenças dos outros. Temos esta possibilidade de poder educar nesta diversidade. Honestamente no nosso movimento as religiões nunca foram a causa dos problemas e as pessoas vivem isso com muito conforto. Acho que poderíamos dar este exemplo de convivência para o mundo porque não existem muitos outros movimentos que o possam fazer.

Adoro ser professor. Para mim, educar é deixar uma marca. Aqueles que já são professores há mais tempo sabem que quando te encontras com uma pessoa que foi teu aluno pensas que uma parte do que ele é hoje teve uma contribuição tua. A educação é uma atividade fascinante e um privilégio enorme. Como disse no início não é uma atividade de régua e esquadro ou com tudo definido. É preciso que saibamos mover-nos num pequeno caos, numa nuvem de ideias, métodos e experiências. Acho que vale a pena que as pessoas que são apaixonadas por educação sigam em frente, compartilhem conversas e continuem a sonhar em conjunto, sem pensarem que as suas ideias são doidas. É necessário que continuemos a pensar e a experimentar porque só assim é que poderemos continuar a educar mais pessoas no futuro.

¿ACOMPAÑAMOS LA ADOLESCENCIA O NOS ENFRENTAMOS A ELLA?

Visual thinking de @anasalamanca99

JAUME FUNES

Psicólogo, educador y periodista. Especialista e investigador en el mundo de la adolescencia y juventud, con especial incidencia en sus dificultades sociales, y en las transiciones adolescentes. Ha sido profesor de universidad y ha asesorado a numerosas instancias de la administración pública e instituciones educativas. Su experiencia profesional comenzó en el trabajo directo en la calle. Ha sido impulsor de la renovación pedagógico y de cambios en las metodologías de la psico-socio-pedagogía. También ha sido Adjunto del Síndic de Gregues (defensor del pueblo en Cataluña) para la defensa de los derechos de la infancia y secretariado de familias. Muy conocido por ser autor de varios libros y de numerosos artículos y colaboraciones en diarios y revistas especializadas y divulgativas.

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(Los párrafos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a Jaume Funes)

Al tener edad y vida profesional, uno piensa que miró la vida de una manera y ahora la ve de otra, a no ser que sea una especie de cascarrabias que dice que lo de antes siempre era mejor. A finales de los años setenta del siglo pasado, cuando empecé a trabajar con adolescentes, fundamentalmente en la calle, pensé que la idea principal era mirarlos de una manera que no fuera la de los psicólogos clásicos de los trastornos mentales, con los que yo había aprendido. Acabé formulando una tesis, que recogí en mi libro “La nueva delincuencia infantil y juvenil” (Ed. 62, 1981), en el que me preguntaba qué les pasa a estos adolescentes, que no tuvieron adolescencia, y ahora están obligados a ella. Y formulaba la teoría de “los vacíos educativos”. Una buena parte de la marginación se produce por la existencia de “estos vacíos”, al no haber tenido en su momento las claves educativas, porque sus padres no los pudieron educar y la escuela tampoco. Y lo que les pasas es que no acaban de entender el mundo, ya sea en la puerta del mercado, en la calle, cuando roban un coche o cuando tienen dificultades.

Esa tesis fue nuclear en mi pensamiento, y encerraba otra de mayor profundidad que defendía la necesidad de no poner etiquetas a los jóvenes para que intentáramos descubrir cómo los estamos mirando. Este planteamiento se acabó convirtiendo en una tesis doctoral que nunca defendí, pero que acabé escribiendo treinta años después, centrándome en la importancia de la mirada. El mundo de los adolescentes, más allá de no poder entenderlo basándonos en etiquetas, se explica por las miradas adultas. Así, que lo que debemos hacer es una construcción de las miradas para leer su mundo, asociada a la pregunta de para qué los queremos mirar. En el fondo, la lógica explicativa de la adolescencia tiene que ver con la pregunta ¿qué hacemos con los adolescentes?

En estos casi cuarenta años, me planteo una modificación sobre aquella tesis de la mirada, que me ha llevado a preguntarme qué debemos hacer, en un tiempo en que todos están obligados a ser adolescentes y en un mundo que cambia a tanta velocidad. Es una cuestión que desconcierta a los adultos y a los profesionales que trabajamos con ellos. Por eso, mi reflexión y mi último libro sigue alrededor de los contrastes que nos rodean. Por ejemplo, ¿qué hacemos cuando esos adolescentes están en edad de aprender a dar abrazos y lo que les rodea es el mundo “porno” o una idea de felicidad alrededor del alcohol o de otras sustancias?

Por todo esto, mi tesis sobre la mirada comienza por reconocer, de entrada, que estamos delante de adolescentes, personajes provisionales con unos bagajes vitales, pero también con rémoras en su evolución. Personajes que son una cosa ahora y vete tú a saber lo que serán después. Son adolescentes que quieren ser mirados desde su propia realidad. Por eso he escrito que “comprender al adolescente no es inventarse ni justificar al adolescente”, y entender que todos cambiamos y que debemos construir una realidad, primero desde la proximidad, antes que describir sus problemas. Construyamos la mirada y después discutamos qué necesitan o dónde están las dificultades. Este sería, por ahora, el final de la evolución de mi pensamiento en estos cuarenta años de mirada a las adolescencias.

Esta evolución la recoges muy bien en una expresión que utilizas a menudo, que se refiere al uso de los 5 verbos que nos pueden ayudar a entender las adolescencias: mirar, ver, observar, escuchar y preguntar.

Yo siempre quería hablar de las adolescencias “no complicadas”, pero mi trabajo siempre ha sido con las adolescencias “complicadas”. Y por esto he querido huir de la obsesión por la aplicación de manuales, que han tenido algunos de mis colegas. A cualquier adolescente que le apliques un sistema de clasificación de trastornos mentales “está para encerrarlo”. Por eso, esta necesidad de profesionales que los miren de otra manera. Hace unas semanas, un profesor de la universidad de Lima me invitó a charlar con sus alumnos, a los que había hecho leer un libro mío de hace unos años, “Nueve ideas claves. Educar en la adolescencia”(Graó, 2014), y me resultó muy gratificante, y confirmación de mi tesis, oírlos decir que ojalá en su adolescencia alguien los hubiera mirado de esta manera. Se trata de miradas no hostiles, que no avancen preocupaciones antes de que haya pasado algo.

Si lo aplicamos al alumnado de la escuela, también podríamos decir “ojalá yo mismo me hubiera mirado así”, en el sentido de que mis profesores me hubieran ayudado a entenderme, como si de un efecto espejo se tratara, y hubiera sido capaz de conocerme mejor.

Que quiere decir “ojalá hubieran construido la oportunidad de que yo me pudiera mirar”. En este tiempo de pandemia, con espacios y horarios no habituales, ha surgido de nuevo la pregunta ¿cómo les ayudamos a mirarse? Entre conexión y conexión, ha sido bueno pararse a pensar cómo se sienten, más allá de las respuestas tópicas de “estoy rayado” o “estoy agobiado”. Dime algo más. Debemos ahondar más en sus estados anímicos porque la necesidad de comprenderse y de saber lo que les pasa es muy real. Y para eso, necesitan adultos que les permitan mirarse.

Has escrito y repetido en varias ocasiones que “toda novedad social, al caer en manos de los adolescentes, se convierte en una emergencia adulta”. Parece el resultado de nuestra contradicción como adultos, que ya pasamos por la adolescencia, pero todo lo vemos ahora con alarmismo.

Probablemente tiene que ver con las amenazas que sentimos los adultos por la convicción de que ser adulto significa alcanzar el equilibrio. Nosotros lo conseguimos normalmente con la construcción interna de andamiajes, que nos permiten ir tirando. Pero, la realidad, es que nos sentimos también inseguros, y echamos mano de algunas muletas de tipo ideológico y cultural con las que nos sentimos más seguros. El problema es que cuando convivimos con adolescentes, ponen permanentemente en cuestión nuestras certezas. Recientemente he escrito, en mi columna de opinión para el diario “Ara”, una frase en la que me pregunto ¿cómo vamos los adultos a acostumbrarnos a la “inseguridad estable”, que, paradójicamente, es una sensación propia de la adolescencia?

La cuestión que aparece constantemente en la mirada que los adolescentes tienen de nosotros es el desafío a que les guste aquello que nos provoca miedo, olvidando que nosotros también lo fuimos y hemos llegado a ser unos adultos razonables.

El problema es que a menudo la respuesta de los padres, madres y docentes, ante la necesidad de sentarse pausadamente a hablar, es “no tengo tiempo”, ya sea por la ajetreada vida laboral o por la urgencia de acabar el currículum, según sea la situación en casa o en la escuela. ¿Cómo podemos resolver esta contradicción?

En estos tiempos atribulados, en los que escribimos más que la capacidad que tenemos para generar nuevas respuestas, o en las que parece que estamos atrapados en todo tipo de protocolos, repito esta idea que planteas: lo primero que los docentes y familias deberíamos reclamarnos es tiempo para mirar y escuchar. Es muy valioso el tiempo que dedicamos a acoger las emociones de sus estados de ánimo, desde una mirada personal y singularizada, y ayudarles a que entiendan que, a pesar de toda la situación difícil que estamos viviendo, es importante aprender los quebrados, por ejemplo. Todo esto es mucho más importante que el tiempo que tengamos que destinar después a recuperar las ganas de aprender o de leer. Podemos hacer algo para evitar llegar a este después del que cuesta más recuperarse. Lo curioso es que el tiempo de calma para mirar se vive como un tiempo no educativo. Parece que lo perdemos cuando no hacemos algo. Me gusta pensar que haya personas que han encontrado, siquiera en el índice de algún libro mío, un tiempo de reflexión para caer en la cuenta de que el hijo o hija adolescente que tienen en casa, no es tan raro. La principal herramienta que tenemos los educadores es estar allí donde están los adolescentes.

Me resulta muy sugerente esta idea de “estar para mirar y observar”, en silencio, pero acompañando. Me gustaría relacionarlo con la necesidad que tenemos en las escuelas de pararnos a reflexionar y a proponer nuevos diseños pedagógicos, en estos tiempos de estrés por el cumplimiento de las medidas de seguridad sanitaria. Me parece que también domina la idea de que solo resultamos útiles cuando hacemos cosas, pero no cuando reservamos tiempo para la reflexión de lo que debemos hacer.

Estamos en un tiempo de gran incertidumbre, ¡ni siquiera sabemos si mañana podremos salir de casa! En este momento en que debemos cruzar tantas variables, aun se hace más valiosa la capacidad de trabajar en equipo en la escuela. Hay docentes de todo tipo, con sus peculiaridades y vivencias personales, que deben sumar sus capacidades y cada una de sus miradas personales para acoger y entender a los niños, niñas y adolescentes que cada día llegan a la escuela. Lo importante es que puedan sumar su perspectiva desde su personalidad y visión de la disciplina que enseñan, y decidir una síntesis para actuar. “Perder tiempo” para esto es hoy mucho más importante que nunca.

A menudo, hablas del valor que debemos dar a las “transiciones” entre las etapas vitales y también entre las etapas escolares, y actuar en el proceso sin esperar al final de cada período.

Las transiciones acaban siendo una preocupación profesional y vital porque en las simas que se producen, vamos perdiendo muchos adolescentes y niños. Se cayeron allí porque no había un puente que les permitiera pasar de un lugar a otro, y evitara que cayeran en el foso que se había creado, ya sea en forma de título no conseguido o de aprendizajes no consolidados. Es una realidad que depende de nuestra construcción social, que a menudo no tiene en cuenta que los chicos y chicas tienen diferentes ritmos y situaciones vitales. Pensemos, por ejemplo, en aquellos que abandonan y que sus padres se plantean quién les va a ayudar si ya no tienen escuela. Fijémonos que después de la edad infantil, las etapas posteriores son construcciones sociales que hemos elaborado, en función de criterios laborales muy a menudo. La pregunta no debería ser, entonces, cuántos alumnos no pasan la Secundaria, sino qué esperamos de ellos y de ellas cuando se vayan de la escuela. La pregunta debería ser cómo conectarán su situación al llegar al final de la etapa con la siguiente, pensando en su evolución vital y para que sigan progresando. Muchos adultos venimos de experiencias de otra época de transiciones vitales muy esquemáticas: la escuela, el mundo del trabajo, el servicio militar, casarse… pero ahora todo es muy distinto y nos encontramos con transiciones que corren el riesgo de alargar la etapa anterior, y que se encuentren que no hay nada después, con el peligro, por ejemplo, de quedarse en una eterna adolescencia. Por eso, suelo decir a los padres y madres que se preocupan por la adolescencia de su hijo o hija, que también se preocupen por imaginar qué joven esperan que sea, y le ayuden y acompañen antes en las decisiones que va tomando. Se trata de estar con ellos y ellas sabiendo que decidir es equivocarse, pero evitando que se pierdan en esas transiciones.

Está suficientemente diagnosticada la deficiencia de la orientación de estudios y de perspectivas vitales en la Secundaria, especialmente. En tu último libro, das algunas pistas de cómo debería ser esta orientación, y te cuestionas si realmente está considerada una prioridad en la escuela. ¿Qué deberíamos hacer?

En 1984, escribí un texto sobre este asunto para un municipio, ubicado en la periferia de Barcelona, titulado “Después de la EGB, ¿qué?” (EGB: Enseñanza General Básica, que iba de los 6 a los 14 años). Y recientemente, he colaborado en una investigación en la comarca de Osona (norte de Cataluña), en la que aparentemente se gradúan más alumnos, pero resulta que luego “desaparecen rápidamente de la circulación”. Hay, pues, una pérdida notable de estudiantes en la etapa siguiente, ya sea en estudios o en incorporación al mundo laboral. Entre estas dos realidades y los años que han pasado, voy afirmando mi convicción de que, más allá de la preocupación natural de las familias y de los alumnos por el camino que tomarán, existen dos dificultades singulares.

Una es de carácter profesional, por la tendencia que se ha ido consolidando a entender la orientación como un intento de reconducir la historia del adolescente con una serie de pruebas técnicas. Los profesionales deberían entender la provisionalidad y variabilidad de estos métodos. Y darse cuenta de que orientar es facilitar y acompañar al adolescente para que, poco a poco, vaya contrastando lo que va viviendo y, así, analice su poso. La provisionalidad propia de la etapa adolescente, hoy más que nunca, no puede ser atendida por una orientación rígida.

La segunda dificultad es que la orientación debería construirse sobre figuras reconocidas por los adolescentes, antes de que llegue el momento de tener que decidir o de la crisis que a menudo supone la decisión. Lo importante es que exista un referente previo y reconocible, sea del tipo que sea: un servicio municipal, o los propios profesores de referencia (tutores).

Se trata de una orientación que nos vaya haciendo competentes en el conocimiento propio para saber cómo aprendemos o cuáles son nuestros intereses. Tú eres un defensor de los aprendizajes competenciales, aunque a menudo huyes de utilizar esta expresión, y hablas de la importancia deaprender para ser capaces de hacer algo con lo aprendido, y de evaluar “por lo que pueden hacer con lo que saben”.

Ya que estamos en este juego del “antes” y “después”, y para que se entienda mi visión sobre lo competencial y mi voluntad de huir de las etiquetas, te contestaré con una anécdota que me sucedió en una de mis primeras experiencias laborales, cuando ejercía de psicólogo laboral en la selección de candidatos para una gran empresa multinacional. Debíamos escoger personas para el puesto de secretaria de dirección, y se presentaban con el título de bachillerato internacional o el ordinario. Lo que nos orientaba la decisión era la valoración de lo que entonces denominábamos “inteligencia social”, o sea la habilidad para saber manejarse en una determinada situación. Era una característica que muchas veces se asociaba a la clase social de la que provenían, pero también a lo que habían aprendido. Por ejemplo, una cosa era saber taquigrafía, y otra, más valiosa, era la capacidad de interpretar lo que el “jefe” le pedía y que implicaba la toma de decisiones y de iniciativa personal. Si entonces era relevante, pensemos en lo que significa hoy en un mundo tan cambiante, en el cual lo que hoy necesito, mañana puede no ser lo mismo. ¿Qué es una competencia? Es tan simple como la capacidad de saber desarrollarme y de resolver o dar respuesta a problemas complejos. Es tan importante como adquirir la capacidad de desenvolverme no solo en el terreno laboral, sino también en el personal, que resulta cada vez más complejo. Por ejemplo, ¿cómo soy competente para enamorarme, cuando lo que me proponen mis amigos es el “poliamor” o la “relación abierta”? ¿Cómo les ayudamos a que incorporen todo lo que van aprendiendo y viviendo? Aunque sepamos que también nosotros aprendimos, dejando de lado cosas que nos enseñaron y aprendimos otras que nos han ayudado a seguir aprendiendo. ¿Cómo colocamos la idea de las competencias, en un contexto en que algunos de nuestros colegas no se sienten bien cuando su alumno ha descubierto una maravillosa forma de expresarse, incluso poéticamente, pero no está utilizando todas las estructuras gramaticales que le ha enseñando? Se expresa muy bien, pero no sabe qué es la subordinada de relativo. Ahí ya la hemos liado.

A los docentes nos falta a veces la visión a largo plazo de los aprendizajes que hemos enseñado que, a menudo, no emergen hasta años después de haber acabado la escuela.

Esto es lo que nos pasa, por ejemplo, con el objetivo de que adquieran pasión por la lectura. Debemos preguntarnos qué es lo que intentamos cuando pretendemos inculcar esa pasión. Todavía algunos de nuestros colegas vienen a decir que leer solo es ponerse delante de un libro en papel y hacerlo en soledad y en silencio. ¡Hombre! Y ¿qué ocurre con todos esos libros que obligamos a leer, y que a menudo muchos estudiantes no leen, y acuden a una aplicación en la que encuentran el resumen de todos los libros posibles? Si un docente consigue que su alumno escuche un capítulo de un audiolibro de una novela ¡habrá leído! Si has conseguido que le interese saber que hay alguien que leyó el mundo de otra manera, y has logrado que conecte y que en algún momento tenga interés en la lectura, en el formato que sea, ya estás en el camino del objetivo que te habías planteado.

En tu último libro, propones una cierta clasificación de perfiles de estudiantes, y pareces atribuir a las chicas estudiosas una actitud conformista y acrítica.

A veces hablamos de lo que no sabemos y no de todas las cosas somos expertos, pero esta reflexión la hice de manera muy consciente porque me planteo el por qué hacemos tan hiperresponsables a las chicas, y por qué abunda la figura del “buen adolescente” entre las chicas. No se puede explicar biológicamente, ni tampoco sería suficiente razón achacarlo a que maduran más rápidamente que los chicos. Me lo planteo porque ser una buena estudiante, en este sentido, tiene costes vitales. Las escuelas que segregan por sexos defienden que las chicas funcionan mejor si no las distorsionan los chicos, pero yo me pregunto por qué no las han de distorsionar, cuando es un camino de formación para la vida ordinaria. Desde mi punto de vista, supone una presión añadida y nos les damos las herramientas necesarias para rebelarse, cayendo en algunos casos en una hiperadaptación. Me cuestiono esta tendencia a llevarlas a una educación muy centrada en el orden y la adaptación. Muchas de estas chicas lo compensan por las familias que tienen detrás y por sus propias inteligencias múltiples, pero no todas tienen esta posibilidad. En todo caso, siempre es una compensación que no sería necesaria si no tuviéramos estos marcos mentales de entrada.

Pensando en la educación tanto en familia como en la escuela, has señalado varias veces que “comprender” no quiere decir “justificar”, ni quedarse impasible.

Vuelvo a mi tesis inicial: comprender no es más que mirar de una determinada manera, con ganas de descubrir lo que hay detrás de las personas. Yo nunca he sido un contemplativo de lo que es la adolescencia. Siempre he querido resultar útil. Lo que no voy a hacer es decirle a un joven que los porros, el hachís o la maría son malas. Pero sí le voy a decir que no me gusta que seas un “porrero” y que la vida te la puedes alegrar de otra manera, y que con eso te “estás rayando”. Mi actitud es que entienda que no me gustaría que su vida estuviera marcada por ese tipo de conductas. O, ante la actitud de un chico o de una chica de “ir cazando” para hacer el amor, que se plantee la libertad y los deseos del otro o de la otra. Lo que debo preguntarme es de dónde salen estas actitudes, si las han visto en una serie o las han aprendido en el grupo. Se trata de tener una actitud de búsqueda para descubrir por qué hacen lo que hacen. Mi reto es saber para intentar que “funcionen” de otra manera, cuando sea necesario.

Lo que es clave en la aproximación al mundo de los adolescentes, igual que a cualquier persona en general, es estar dispuesto a acompañar. Cuando tú miras, la otra persona se siente mirada, y aparece el compromiso de estar disponible cuando lo necesite. Por tanto, no miremos si no estamos dispuestos a acompañar. La mirada es lo que hace que el adolescente se sienta mirado, pueda sentirse comprendido y, a veces, desee ser acompañando.

¿EDUCAR ES CORREGIR LOS PROBLEMAS Y CARENCIAS DEL OTRO?

Visual thinking de @anasalamanca99

IGNACIO CALDERÓN ALMENDROS

Doctor en Pedagogía por la Universidad de Málaga (España), de la que es también profesor de “Teoría de la Educación” y de “Educación y cambio social”. Especialista en educación inclusiva, imparte docencia en diversas universidades españolas y en FLACSO (Argentina). Investigador especializado en la diversidad y los procesos de exclusión e inclusión educativa, pertenece a diversos foros y redes hispanoamericanas, en Estados Unidos y en Reino Unido, en calidad de docente y asesor experto en educación inclusiva. Es autor de numerosos artículos y libros sobre el tema (algunos citados a lo largo de esta conversación), y ha impartido más de un centenar de conferencias por todo el mundo.

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(Los párrafos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a Ignacio Calderón)

Yo antes pensaba que aprender a educar tenía que ver con lo que había al otro lado. Pensaba que había que “tapar” lo que el otro no tenía y que había que enseñar lo que el otro no sabía. Siempre presumía que el chico o la chica tenía una carencia, y que mi trabajo era “taparla”. Lo que tenía que hacer era buscar permanentemente el fallo en la otra persona para solucionarlo. Ha sido una perspectiva que he arrastrado mucho tiempo y en todos los niveles, tanto en el disciplinar como en el de necesidades educativas más específicas. No ha sido hasta que he trabajado profundamente con investigación cualitativa, que me he dado cuenta de que no se trataba de eso. Aprender a educar no tiene tanto que ver con lo que hay en el otro, sino que se trata de aprender a reconstruirte constantemente. Es decir, no es tanto una labor que tienes que hacer en la otra persona, sino que es un trabajo que el educador ha de hacer en sí mismo. Se trata de una revisión constante de tus creencias, de tus emociones, de por qué actúas de esa manera en un contexto concreto. O sea que yo antes pensaba que el problema estaba en la otra persona, y desde hace tiempo pienso que el problema está en nosotros mismos.

En tus textos e intervenciones siempre insistes que es una cuestión de creencias y de perspectivas, de concepción social y cultural, política, en definitiva. Como especialista en educación inclusiva, ¿te atreverías a definirla?

Tiene que ver con todo esto que estamos comentando. En una de las investigaciones que más me ha marcado, en un centro de menores infractores, recuerdo que en la primera entrevista que tengo con un chico llamado José, mientras me describía una casa en la que había vivido, me explica que no tenía agua ni luz, y que vinieron a echarlos porque la casa no era suya. Cuando le pregunto de quién era, me contesta: “la casa no era nuestra ni era vuestra”. Para mí aquella respuesta fue una revelación. Aprendí en ese momento que por mucho que yo pretendiera establecer con él una relación educativa, solo sería posible si yo era capaz de derribar el muro que separa ese “nosotros” de ese “vosotros”. Aquel chico me veía como una representación de aquellos que poseen las viviendas que familias como la suya se veían obligadas a ocupar. Para él, yo representaba la autoridad, la policía, la escuela y sus maestros; es decir, él estaba allí por gente como yo. Para él yo era el poder en esa relación que estábamos teniendo. Es un poder sustentado en diferenciaciones radicales que tienen que ver con la clase social y con el rol que yo jugaba en esa relación. Solo cuando uno es capaz de ser consciente de la centralidad de esa perspectiva, es posible establecer otro tipo de relación. Por eso, cuando me preguntas qué es una educación inclusiva, creo que la respuesta es aquella que permite derribar las barreras que existen entre las personas, y que impiden conocerse, quererse, cuidarse y construir juntas una realidad mejor. Ahora mismo, esas barreras son muchas y variadas. Y podemos percibirlas solo si estamos atentos a escuchar el discurso profundo que hay en las voces de los otros, como en el caso de este chico que, con sencillez y rotundidad, me estaba invitando a derribarlas. Tengo recogida esta y varias historias relacionadas en el libro titulado “Sin suerte, pero guerrero hasta la muerte”.

Este tipo de relaciones de poder la podemos observar en el sistema relacional dominante en la mayoría de centros educativos. Tal como sean las prácticas relacionales, vamos a entender el tipo de educación que subyace en la cultura del centro. A menudo me pregunto si los profesores somos suficientemente conscientes de la importancia que tienen las relaciones.

A veces parece que los temas de la programación académica no tienen nada que ver con esto. Y, en cambio, el tipo de relaciones que establecemos entre colectivos y entre personas está intensamente vinculado con el éxito educativo. Las escuelas, en realidad, son espacios privilegiados de vida, en los que necesariamente revisamos cómo estamos construyendo esa vida. Y lo hacemos estudiando cómo han sido esas relaciones desde hace siglos, y también aprendiendo de la selección de la cultura que hemos escogido, y que no debe considerarse inamovible ni incuestionable. La lengua que enseñamos también debe ser vista cómo un vehículo para que chicos como José, el del caso que exponía, puedan explicarse cómo es su vida y poder actuar sobre ella. Pero también debería ayudarme a mí a pensar mi vida y mi forma de actuar cuando estoy educando. Educar no es más que contribuir a la reconstrucción continua de la realidad. Pero en la escuela y también en la universidad, somos bastante impermeables a la comprensión de que la trascendencia de lo que hacemos no tiene tanto que ver con los temas académicos del programa, sino con lo que nos sucede allí como personas.

Cuando empieza el curso, suelo preguntar al alumnado quién ha estudiado los logaritmos, y levanta la mano casi toda la clase. Después, pregunto quiénes saben resolver ahora un logaritmo. Y apenas la levantan algunos. Y si pregunto si saben qué es un logaritmo ya no la levanta nadie, quizá una persona. Pero lo que hemos pensado en la escuela es que lo trascendental era saber los logaritmos. Parece que hemos hecho una selección cultural de algo que carece de sentido, porque la hemos hecho igual para todas y para todos.

Lo que la inmensa mayoría de niños, niñas y jóvenes ha remarcado durante este confinamiento han sido los vínculos relacionales que establecen tanto entre ellos como con sus docentes. Pero eso no es lo que la escuela considera prioritario. Y también es paradójico que en las casas se ha recurrido a ámbitos como el arte y la educación física para combatir la cuarentena, que son justamente áreas poco valoradas en la educación. Esto debería ayudarnos a redimensionar nuestras prioridades y a reorientar el sentido de lo que hacemos.

Tenemos muchos ámbitos de mejora en la escuela, tanto en el currículum explícito, que estamos comentando, como en toda la estructura de relaciones sociales que establecemos, que está muy mediada y desequilibrada por el currículum explícito que trabajamos. Creo que vemos las relaciones interpersonales como algo que ocurre libre y espontáneamente, como si eso significara que es neutral, sin entender que todo lo que hacemos y creemos se asienta en valores aprendidos. Así ocurre, por ejemplo, cuando aprendemos a ser niñas o niños: lo hacemos viendo lo que se supone que hay que hacer como tales. Los procesos de socialización no dejan de ser fuertes condicionamientos que obligan a actuar de una determinada forma. Debemos cuestionar la creencia de que no se debe intervenir en la libre y espontánea elección de los niños y niñas en los recreos, por ejemplo. Y tener en cuenta que las escuelas son esos espacios donde se revisa la vida y se puede reconstruir. Si la sociedad es machista, la escuela está obligada a favorecer que se revisen las relaciones de ese tipo, tanto en el alumnado como en el profesorado. De lo contrario, estaremos perpetuando dentro los problemas que padece la sociedad. Ejemplo de ello es la liberación que han sentido en el confinamiento algunos niños y niñas que padecían acoso en la escuela, algo que se hace extensivo a lo que viven muchas familias de niños y niñas catalogadas con “necesidades educativas especiales”, no solo por sus propios hijos e hijas, sino por lo mal que lo estaban pasando como padres y madres, cansados de escuchar diariamente los defectos que acostumbra a señalar el profesorado tanto en el aprendizaje como en la conducta de sus hijos. Este es el problema de una perspectiva centrada en encontrar las faltas y errores que tiene el aprendiz. Si entendemos nuestra tarea de educadores como la de correctores, caemos en la reiteración de señalar constantemente lo que le falta a la otra persona o lo que ha hecho mal. Es como si creyéramos que no se dan cuenta de sus realidades. La única excepción es cuando vemos a los que se parecen a nosotros, que son y hacen las cosas como se supone que deben ser y hacerse. Me viene a la memoria el caso reciente de una madre que me relataba, emocionada, la entrevista que había tenido con el tutor de su hija, al comenzar ésta la secundaria obligatoria. El tutor se había centrado en los valores positivos de su hija, y ella estaba enormemente sorprendida y emocionada por recibir una información que valoraba a su hija en el contexto escolar. Lo que resulta incomprensible es que eso sea la excepción y no la norma. Hemos de ser conscientes de que ir a la escuela un día tras otro para que nos digan todo lo mal que lo hacemos es un ejercicio de poder despiadado. O cuestionamos esa posición, o la escuela va a ser despiadada con muchas personas.

Creo que no es hasta bien entrado el siglo XX que empieza a emerger de manera más universal el cuestionamiento de estas relaciones de poder en la escuela, que estamos comentando. Y se va extendiendo la idea de que la escuela es el lugar de acceso a la cultura y de emancipación de la persona. Pero, la realidad es que arrastramos una inercia milenaria de una manera de hacer en la escuela, basada en la idea de que su función primordial es corregir los defectos y los errores de los alumnos. Incluso ahora asistimos a menudo a una frivolización de la observación de los aspectos positivos en el acompañamiento del aprendizaje de los alumnos, considerándola una rebaja de la exigencia.

Eso ocurre porque consideramos que es una pose, algo impostado. Y cuando es así, sin duda, es una frivolidad. Desde que empecé mi docencia en la universidad, he intentado no convertirme en un controlador del pensamiento de mi alumnado. Lo que trato es que puedan ir contando sus propias historias y sus formas de pensar, y ayudarlos a que vayan reconstruyéndolas a base de compartirlas entre ellos y ellas, y de nutrir esos debates con el conocimiento pedagógico disponible.

Tengo una anécdota curiosa a propósito de esto. Normalmente, para frenar mis impulsos a intervenir y dar soluciones, cierro la boca, y mis alumnos me han hecho ver que emito un leve sonido de “mmm…”, seguido de la palabra “interesante”, cosa que les hace mucha gracia. En realidad, ese sonido y esa palabra, que brotan involuntariamente, son una manifestación de que cualquier idea que el alumnado exprese, más allá de estar o no de acuerdo con ella, debe ser considerada como una oportunidad para que todos reconstruyan lo que piensan, tanto las ideas mejores como las peores, las más valiosas y también las violentas las traen desde sus propias experiencias, y compartirlas constituye una oportunidad de reconstruirlas. Mi expresión implica un pensamiento: “Qué interesante que digas eso justo ahora, porque puede ofrecer algo nuevo al grupo para esta reelaboración que venimos haciendo”. La anécdota es que una alumna me regaló un pequeño cojín con la inscripción de “Mmm… Qué interesante”, del que colgaban unas gafas de tela como las que yo llevo. Lo tengo en mi despacho como recuerdo cariñoso y agradecido del reconocimiento hacia este interés por la palabra del alumnado. Para mí es poner en valor la singularidad de cada persona y devolver una mirada positiva ante lo que alguien dice. Sin embargo, considerar importante todas las ideas que trae el alumnado a clase no implica que todo vale. Siempre les advierto que no todas las ideas valen lo mismo, que hay ideas buenas y malas, y que las hay bien y mal construidas. Pero en todo proceso educativo debemos facilitar que todas las ideas emerjan, porque si no salen a la luz, es muy difícil conseguir transformarlas. A menudo los docentes creemos que basta con que digamos las cosas para que cambie algo. Y no es así, a no ser que consigamos poner las ideas en relación con lo que el alumnado piensa. Ahí se crean las posibilidades de transformación.

Por todo esto decía que, si nuestra respuesta consiste simplemente en dar una palmadita en la espalda, no tendrá demasiado valor devolver esa mirada positiva; pero si, como educadores, vemos el valor de los errores como una oportunidad de aprendizaje para todos, incluidos los docentes, de ninguna manera esa consideración positiva es liviana, sino de una gran profundidad.

La palabra en Educación tiene un enorme valor. Los docentes somos, normalmente, expertos en su uso y además en el propio conocimiento, y eso puede provocar más distancia con los alumnos y aumentar la relación de poder. Son barreras de entrada para conseguir una mayor participación de los estudiantes. Necesitamos esforzarnos más en escuchar y en guardar silencios respetuosos, como esa manera tuya que utilizas en tus clases. Ahora me gustaría referirme al último libro que has publicado, junto a Paula Verde, “Reconocer la diversidad”. En la introducción, planteáis una pregunta muy sugerente: ¿por qué no es fácil repensar la diversidad?

Fíjate que el proceso que viven muchas familias cuando llega eso que denominamos “discapacidad” se llama “duelo”. Hemos normalizado que vivimos ese proceso porque, por ejemplo, ha nacido un hijo o una hija sin ser como debería ser, o como esperábamos que fuera. Esto muestra el proceso de socialización tan incisivo que vivimos acerca de esta realidad, que nos hace pensar que son personas incompletas o incorrectas. Incluso, que no son del todo personas. Las familias a menudo lo viven como una delegación del peso de toda esa problemática que la sociedad pone sobre sus hombros. Lo ha depositado como si fuera un problema biológico, pero en realidad es una barrera que hemos establecido social y culturalmente. Y por eso necesitamos hacer ese duelo. Pero resulta que cuando la familia es capaz de sobreponerse al peso cultural, y a lo que incisivamente le estamos diciendo los profesionales y las instituciones, así como sus propios vecinos y vecinas, y conoce a esa persona, también es capaz de reelaborar las creencias que le habían llevado al duelo. El gran problema no es el síndrome de Down, el autismo o la parálisis cerebral, sino lo que ocurre en nuestra sociedad, familias y escuelas con las personas que tienen esas características. Son procesos muy complejos porque afectan a lo más emocional, porque en la base lo que hay es el miedo a la exclusión.

El miedo dificulta muchos aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, cuando yo pregunto a los estudiantes qué dificulta su participación, a menudo, sale la timidez como una barrera, pero la timidez está relacionada con los propios miedos en el contexto de nuestras relaciones: una persona no es tímida en cualquier contexto. Cuando les pregunto qué debo hacer para que desaparezcan sus miedos, surge la necesidad de que desaparezca mi poder de profesor ante el error, para que no se sientan machacados cuando se equivocan, y también que los otros poderes que ejerce el grupo no se utilicen para sentirse juzgados. La palabra puede provocar desigualdad, pero también equidad cuando sirve para dialogar entre iguales. En un libro mío, “Fracaso escolar y desventaja sociocultural” recojo el caso de un alumno relatando un momento en que entró en cólera en el instituto. Él decía que estaba en la clase de Lengua, y que el profesor le estaba recriminando su comportamiento. El chico razonaba que el profesor, al ser de Lengua, se sabía expresar mejor que él. Me dijo textualmente que el profesor “no me dijo maricón ni nada, pero me lo dijo”. Esa “indirecta” le hizo saltar, y provocó que le expulsaran del centro. Lo que estaba poniendo de manifiesto es que los diferentes códigos que utilizamos no están en el mismo plano, y que hay diferentes formas de expresar lo que se puede interpretar como igual. Y aquí es donde aparece la desigualdad de consideración entre lo que la institución tolera y no tolera. Y esto no es en absoluto neutral. Estas desigualdades en la expresión y el comportamiento también están muy relacionadas con la clase social. Y estos chicos y chicas o sus propias familias a veces se sienten agredidas por la forma en que las instituciones sitúan esos códigos de relación. Si nosotros dominamos la palabra, y utilizamos ese poder en su contra, ellos pueden sentirse tentados de cambiar a códigos de fuerza para equilibrar la balanza. En la jerarquía escolar se encuentran en el nivel superior los que denominamos “empollones”, que son los embajadores de la cultura escolar, y en la parte inferior –dicho en términos grotescos– están los que llamamos “tontos” y los que consideramos “malos”. Estos últimos a menudo consiguen invertir esa jerarquía cambiando el código, aunque esto suponga un refuerzo de la exclusión.

Cuando los profesores pensamos en la escuela inclusiva, enseguida surge la dificultad de la falta de formación. Pero tú has reflexionado e investigado mucho sobre el mayor peso que tienen los paradigmas mentales, sociales y culturales, sobre el de la falta de formación.

Sin duda. Esto no quiere decir que no debamos aprender metodologías y otras cuestiones técnicas, pero sobre todo debemos cambiar la vinculación entre educación inclusiva y educación especial. Esta identificación es la que hace que estemos esperando la formación técnica como la solución. Es un paradigma que viene de la fuerte influencia de la medicina en la mirada de esa educación, lo que significa que la tratamos como una enfermedad, y nos lleva a preguntarnos qué hace una persona con parálisis cerebral en una clase de educación física. Sin considerar que la educación física es la educación de ese físico y de ese cuerpo concreto, y no del que nos gustaría que tuviera. Es muy complejo porque tiene que ver con nuestra perspectiva cultural, que se ha escondido en la biología. Seguimos pensando que, si una persona tiene autismo, hemos de aplicar técnicas que además están vinculadas a las “batas blancas” y a la percepción de que tiene algo “extraño”. Pero se trata de conseguir reformular las relaciones que tradicionalmente hemos establecido para que no haya que hacer un “duelo”, tampoco en la institución, porque la persona es siempre correcta y completa.

Cada uno de nosotros no es culpable de las relaciones que el capitalismo establece. Yo no era el culpable de la distribución desigual de la riqueza que obligaba a aquel niño y su familia a ocupar viviendas, es evidente. Pero sí que somos transmisores y agentes de esa cultura, y algunos somos unos privilegiados en ella. Se trata de desmontar esos privilegios, como lo está haciendo el feminismo respecto a los privilegios históricos de los hombres sobre las mujeres. Esto supone que tenemos que asumir responsabilidades de cosas que no nos gusta asumir. Si queremos una escuela inclusiva, tenemos que revisarnos hasta el punto de pensar si estos privilegios, tal como nos han llegado, tenían alguna lógica. No es fácil porque lo tenemos fuertemente interiorizado. El otro día, me explicaba Jorge, un estudiante de secundaria, que se encontró en un momento determinado fuera del grupo, a pesar de estar en clase con un asistente. De forma reveladora contaba, con mucha pena, que tuvo que pedirle por favor a su asistente, la persona que el sistema confía para que se vincule y relacione, que al día siguiente no fuera. En los términos metafóricos que estamos utilizando en esta conversación, podríamos decir que “la bata blanca lo jodió todo”.

En una intervención tuya reciente ante la OEA (Organización de Estados Americanos) relatas varias historias de chicos y chicas para ilustrar lo que quieres transmitir. En esta conversación también lo estás haciendo varias veces. Uno de estos testimonios habla de “normicidio”.

Álvaro, que es el joven que utiliza esta expresión y del que estoy aprendiendo mucho, lo hace en un contexto de interpelación a muchas personas que estábamos en aquel acto. Él nos preguntó: “¿Cuántos normicidios habéis cometido hoy?”. Si nosotros contásemos las veces que la normalidad organiza nuestra forma de pensar, sentir y actuar a lo largo del día, ¡nos llevaríamos las manos en la cabeza! Cada vez que la norma organiza nuestra cabeza, estamos “matando” a una persona. Lo que Jorge, el chico del caso anterior, pretendía decirnos es que, si la escuela sigue trabajando con una población que entiende normal, y su esfuerzo se centra en la adaptación del currículum a otra población, conceptuada como “anormal”, seguirá manteniendo el mismo problema. Lo que debemos hacer es esforzarnos en revisar cómo nos relacionamos en los espacios educativos de todo tipo, ya sea el aula, el recreo o los espacios informales, y qué es lo que conlleva que la actual manera de hacerlo haya dejado en la cuneta a tantos niños y niñas, que lo están pasando realmente mal. Y para hacer esta revisión es para lo que están la historia, las matemáticas, la lengua, y el conjunto de materias curriculares. Es decir, la tarea pedagógica es la de ponerlas en relación con nuestras vidas: la del alumnado y sus familias y la del profesorado.

En tu trayectoria personal y profesional, ¿cuánto ha influido la historia de tu hermano Rafael?

Mucho. No sabría medirlo. Esta evolución de mi mirada que he comentado desde el principio, y que me lleva a pensar que el problema no está “allí” (en la otra persona), sino “aquí” (en nosotros mismos), eso me lo ha enseñado Rafa. En la propia elección personal de qué estudiar, en mi posición de estudiante en la facultad y en la tesis doctoral, ha estado presente su influencia. La tesis doctoral la comienzo a centrar en Rafa y acaba siendo el caso de toda mi familia como representación colectiva de la sociedad. He escrito dos libros que recogen la experiencia de mi hermano y mi familia, en los que he querido recoger la lucha y también la esperanza.

Las realidades excluyentes llevan a muchas personas a asumirlas como inevitables, haciendo imposible que salgan de esa posición de opresión. Los cambios estructurales, los macropolíticos, no van a solucionar el problema de la exclusión en las escuelas. Esos cambios estructurales son necesarios, pero debemos actuar sobre las culturas dominantes en las escuelas y aquello que está de “la piel para dentro”, o sea lo que pensamos y sentimos. Por eso es tan difícil este cambio. No se trata de instaurar una metodología y ya está, sino de llegar a ser conscientes de cómo afecta a las personas que digamos cosas como que un chico o chica de catorce años “tiene una edad mental de dos años”, imposibilitando que pueda estudiar la secundaria con el resto de estudiantes de su edad. Se trata de una agresión verbal que interpreta que hay una sola forma de tener una edad concreta. La escuela no puede pensar que el problema solo está allí, en la forma de pensar, de moverse o de vivir del otro o la otra, sino que necesariamente está “aquí”, porque si quiere ser inclusiva, tiene que estar dispuesta a transformarse hasta el punto de que ese sea el alumno correcto. Solo con esta voluntad de transformarnos, conseguiremos una educación verdaderamente inclusiva.

¿EL COLECTIVO DOCENTE ESTÁ RESPONDIENDO AL MODELO DE ESCUELA QUE NECESITAMOS?

Visual thinking de @anasalamanca99

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA

Sociólogo. Catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), antes en Salamanca. Desde febrero pasado es director del INAP (Instituto Nacional de Administración Pública) de España. Impulsor del laboratorio educativo Hiperaula en la UCM. Ha cursado estudios de Economía, Políticas y Derecho. Ha pasado periodos en Stanford, Berkeley, Wisconsin-Madison, SUNY-Binghamton, London School of Economics, London Institute of Education, Lumière-Lyon II, Sofía (Tokio) e ISCTE-IUL (Lisboa). Ha investigado y es autor de numerosas publicaciones sobre educación, ecosistema digital, desigualdades sociales, cambio social, organizaciones y sociología económica.

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(Los parráfos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los parráfos sin destacar, a Mariano Fernández Enguita)

He tenido diversas evoluciones en mi pensamiento dependiendo de la edad. Cuando era pequeño perdí la fe religiosa, de adolescente perdí otro tipo de fe, muy parecido (fui maoísta tres meses). Y más tarde aun, fui perdiendo la fe en la idea de que la historia camina en alguna dirección, cognoscible de antemano, y en la que uno podría empujar y contribuir. Y luego, por último, he perdido la fe en los colectivos.

Si aplicamos este pensamiento a la historia de la educación, ¿podríamos decir que la educación no mejora?

Una cosa es que mejore y otra que se alcancen aquellos logros que pretendíamos, que pueden ser o no factibles, pero que quizás demanden otro tipo de intervenciones para ser alcanzados.

Toda la Modernidad ha vivido en la creencia del sentido de la historia. Habrá quien ha pensado que significaba la realización del reino de Dios en la tierra, o alcanzar la riqueza, o lograr la libertad, o transitar hacia el socialismo, o construir el Hombre nuevo, o llegar a una sociedad liberal. Lo que me parece relevante es que, si eres educador y piensas así, ya tienes un programa en el que crees que se ha de educar.

La cuestión ahora es que, al vivir en un mundo que cambia mucho y que tiene un alto grado de incertidumbre, no es posible educar con el tipo de programas que he citado. Ya no se trata de catequizar ni de transmitir lo que tú sabes, sino de preparar para este tipo de contexto incierto e imprevisible para seguir aprendiendo, y para cuestionar las propias seguridades. El papel de la educación es más trascendente, pero no da ya aquellas seguridades anteriores. En este sentido, en España se ha mitificado la figura de un tipo de maestro, identificándola con los docentes de la II República española (1931-1939), aunque en realidad es un perfil que comprende lo que fue el magisterio entre el siglo XIX y los años 60 del siglo XX. El arquetipo más popular es el del maestro don Gregorio, del relato “La lengua de las mariposas”, de Manuel Rivas (1996). Esta imagen ha generado un cierto confort ideológico, un sentimiento de autosatisfacción, aunque a veces el relato pudiera acabar de manera dramática, como en este caso. La profesión ha vivido en gran medida de mitos parecidos. Muchos docentes creen que van a liberar y a emancipar a los niños en una u otra dirección. Pero esta ilusión va desvaneciéndose, y educar en un mundo tan incierto está resultando mucho más complicado.

Esta evolución rebota en las creencias colectivas sobre la educación. Si nos creemos investidos para alcanzar una misión, nos vemos investidos como colectivo en esta tarea de asociar nuestra función educadora para poner nuestro grano de arena en la mejora del mundo; pero si esto ya no es así, si uno deja de mirar al colectivo y mira a los educadores como individualidades, entonces podemos observar un gran nivel de desigualdad en el desempeño de la profesión. Creo que es lo que ha pasado en este periodo de pandemia, por ejemplo. Si miramos a los profesores como colectivo, hay mucha diferencia en la respuesta dada en el confinamiento, sin ir más lejos, al compararla con la de los sanitarios, las fuerzas armadas o los repartidores a domicilio. Si los miramos como colectivos, hay poco de lo que enorgullecerse. Si analizamos las respuestas individuales es otra cosa, ya podemos ver las diferencias dentro de cada grupo. En el sector educativo, hemos visto una fibra y un músculo distintos, poco gloriosa como colectivo, pero otra cosa es lo que ha hecho cada docente, cada centro, incluso cada autoridad

La crisis más profunda de la escuela podría venir del paso de la figura casi exclusiva del maestro en la transferencia de su saber, al cambio de contexto en el que la influencia y el conocimiento son más poderosos a través de las redes relacionales, virtuales y físicas.

El cambio más relevante viene de la ruptura del canal del maestro como única fuente de conocimiento del mundo. En el ejemplo del relato de Manuel Rivas que citaba antes, podíamos ver todos los elementos que caracterizaban aquella educación, que aun se da en algunos lugares de nuestro propio entorno. Nos encontramos en el relato una comunidad de personas, buenas pero ignorantes, contrapuestas a los poderosos, que en el relato son simplemente fascistas. Esto refuerza el papel heroico del maestro, que acaba pagando con su vida esa misión de ser la persona que abre la ventana al mundo a los niños de la escuela. Pero, en general, esta función intermediadora, de apertura al mundo, se ha perdido.

Aun hay profesores muy predispuestos a ver el mal en todas partes, sea “la ola neoliberal que nos invade”, las administraciones, la OCDE o la banca: allá ellos, con su misión. Pero lo que no tiene sentido es creerse que somos las únicas personas que vamos a llevar la luz y la verdad a los alumnos. En primer lugar, porque la gran mayoría de las familias ya tienen la misma o mayor formación que el profesor. Y, también, porque los propios estudiantes tienen un acceso amplio y diverso a la información y al conocimiento.

¿Cómo podríamos superar la idea, especialmente en la secundaria, de que llegamos al saber a través de la división por áreas de conocimiento? Es una idea muy vinculada a la propia estructura y concepto de “claustro” de profesores.

En la creencia general del profesorado está anclada la idea la idea de que el profesor sabe y el alumno no sabe. Aunque es un pensamiento que ha sido permanentemente cuestionado y siempre se han resaltado los aprendizajes que se adquieren en la vida, en la calle o el contexto del alumno, los profesores tendemos a sentirnos incómodos si los alumnos nos cuestionan. Estamos formados en la idea de la omnisciencia que, por cierto, siempre es más fácil simular ante los niños que ante los adolescentes

Las motivaciones tradicionales para ejercer de maestro han sido el amor por el saber, la idea de llevar a cabo una misión para los demás y disfrutar de un ascenso y de cierta ascendencia social. Hoy, se han diversificado las motivaciones. Perviven estos motivos que acabo de señalar. Otros son más simples, como el famoso “me gustan los niños”, de escasa consistencia. Y hay otros que todos conocemos, y que a veces son motivo de humor, como los tres o cuatro meses de vacaciones. En definitiva, tenemos una combinación de los viejos motivos vocacionales con paquetes de incentivos que pueden resultar perversos. Esto es lo que me parece que crea una profesión tan diferencial. Si lo volvemos a comparar con la figura de los sanitarios, podemos ver algunas diferencias que nos ayuden a entender la mirada al colectivo. Los sanitarios hacen el juramento hipocrático y durante su ejercicio prácticamente todos los profesionales viven situaciones muy duras. En contraste, se puede transitar por la carrera docente de manera bastante cómoda, si así se quiere. La profesión es muy desigual. Características como éstas son las que hacen que se respete a una profesión y le dan credibilidad, una garantía de calidad.

Cuando digo que la profesión ha mostrado poco músculo en la pandemia me refiero a estas percepciones. Yo no he visto clara la postura general. He visto una retirada al llegar el verano, resistencia cuando se hablaba de volver a la presencialidad, culpar a las administraciones de la situación (creo que se lo merecen, pero no son las únicas) … Yo no me he sentido muy a gusto con este panorama.

En 1999, publicaste “¿Es pública la escuela pública?” en el que ya entonces hacías un punzante diagnóstico sobre el acceso a la profesión docente. En la formación del profesorado hay, en general, una cierta resistencia a valorar la importancia en formarse en los aspectos más relacionados con la psicología evolutiva, la resolución de conflictos o el trabajo con adolescentes.

En la actualidad, en mi trabajo en el INAP (Instituto Nacional de Administración Pública), estamos analizando la evolución del perfil de empleado público. Tenemos dos encuestas sobre las razones para serlo, hechas con una diferencia de 18 años. En la primera, prima la respuesta de vocación de servicio público; y en la segunda, las ventajas de estabilidad laboral y conciliación familiar. Son razones muy importantes, pero me preocupan las razones ocultas que pueda haber detrás.

Creo que la exigencia en la formación del profesorado es muy floja. Y tampoco es buena en los másteres de acceso a la secundaria. Y el problema de éstos últimos es que, cuando acaben esta formación más especializada en el área de conocimiento que en la educativa, acaban normalmente en centros de difícil desempeño o en los grupos más difíciles de cada centro educativo.

Recientemente has comentado en los medios de comunicación que la pandemia ha hecho emerger necesidades que el sistema ya había detectado como urgentes, pero que ahora han pasado a urgentísimas.

La más visible es la falta de capacitación digital de la escuela. Se ha visto la diferencia entre aquellos centros y profesorado que ya estaban preparados, y los que han sido incapaces o incluso se han mostrado reacios. Lo que se ha visto es que es un tema en el que no se puede improvisar. Dejo aparte ahora la situación tecnológica de los hogares. La cuestión, para mí, es que no estamos hablando de una tecnología que se puede incorporar o no. Lo digital hoy es como la lectoescritura hace 500 años. La tecnología, hoy, subsume todo lo anterior. No hay nada del mundo impreso que no pueda estar en una pantalla, pero al revés no pasa igual. El entorno digital es el entorno de comunicación.

La segunda observación es la resistencia a trabajar en colaboración. Ha faltado organizarse de una manera en la que pudieran aprovecharse todas las capacidades de las personas, sin la dificultad de las aulas físicas separadas. Tenemos una retórica sobre la colaboración que no se corresponde con las prácticas reales.

Al principio se vio claro que los centros que estaban innovando tenían ventaja; que los que estaban comenzando, podían hacerlo; y que otros miraban as ver qué pasaba. Pero, ahora, veo un intento de reacción, como en la ciencia física, en el que vuelven los viejos esquemas de debate como son centrarse en las ratios, en la división de grupos, en partir el horario por la mitad o en la jornada continua. Y observo cómo el “aula burbuja” está consolidando el más rancio concepto de aula.

El virus ha tenido un efecto de estímulo, pero, paradójicamente, las voces organizadas del colectivo están repitiendo los viejos mantras. Tampoco está ayudando el nivel de crispación y polarización política. Creo que en el sector educativo se ha prestado poca atención al ámbito de la organización, tanto históricamente como en la actualidad. Yo creo que es menos importante lo que los profesores contamos que el contexto en el que lo contamos. Aunque sea verdad que el mensaje que un día un profesor nos dio puede llegar a ser crucial en la vida, lo que creo que de verdad interesa es la organización y la materialidad del proceso educativo, que es lo que de verdad influye en la formación integral de los alumnos.

También creo que las comunidades autónomas “han capturado la educación” y se ha producido una alianza no escrita entre ellas y el sector educativo, en la que a cambio de tratar bien al colectivo docente y a los sindicatos, éstos han aceptado una ·fidelidad de mensajes políticos de los gobiernos de las autonomías. Y creo que ha tenido un efecto de freno de la transferencia de competencias hacia los centros educativos. Quien sabe, o puede y debe saber, lo que hay que hacer, tanto en este periodo de pandemia como en cualquier otro momento, son los centros. Son ellos quienes tienen la capacidad de interpretar lo que digan los expertos en diferentes ámbitos, sean médicos, pedagogos, psicólogos o arquitectos, y concretar las acciones en la singularidad del entorno de alumnos, familias y docentes. Por eso, me parecen esenciales el proyecto de centro y la dirección que, trabajando con el resto de actores de la comunidad, acaban dando unidad de sentido y propósito a la acción educativa de la escuela.

Mi opinión es que, en este período de pandemia, el gobierno central no tuvo malas ideas, pero quiso evitar el conflicto con las autonomías. Desde mi punto de vista, debió de ser más agresivo y plantear acciones más directas de entrada, que después podrían haberse debatido con las administraciones autonómicas. Me da la impresión de que el único gobierno que ha reaccionado bien ha sido el de la Comunidad Valenciana. Reaccionó rápidamente equipando a los alumnos más vulnerables, y estableciendo planes de refuerzo de profesorado y de atención al servicio que daban los comedores. Las demás administraciones se han quedado muy atrás desde mi perspectiva. Creo que ha faltado liderazgo frente a las voces organizadas, tanto en el momento del debate de la apertura de escuelas antes del final del curso pasado, como en la preparación del que justo hemos comenzado. En definitiva, creo que las responsabilidades son de diferente nivel, pero también son superpuestas, desde el profesor hasta el gobierno del sistema. En general, debemos plantear todos los temas y no anclarnos en los viejos tópicos que se quedan solo en aumentar el número de docentes o los desdoblamientos. Debemos plantearnos qué debemos hacer ante una situación que es completamente nueva.

En esta línea que planteas, creo que la docencia compartida con grupos más amplios debería ser un camino que facilite tanto la incorporación de nuevas maneras de aprender como una mayor personalización. Tú has escrito recientemente sobre la potencialidad de la docencia compartida.

Fíjate que no solo es la docencia compartida, sino que comporta el aprendizaje compartido de los alumnos y de los propios profesores. En estos momentos, disponemos de muchos más recursos para encontrar información que los que han podido representar los libros de texto o el propio conocimiento de los profesores de manera individual a lo largo de la historia. Las ratios para dar entrada a más profesores van a solucionar algunos aspectos, pero no van a ser la solución más profunda que necesitamos. Debemos combinar casi todas las contraposiciones que nos estamos encontrando. Por ejemplo, alumnos que pueden quedarse en casa una parte del tiempo, y seguir aprendiendo, con alumnos que no pueden dejar de venir a la escuela, porque están muy mal en casa. También alumnos que aprenden muy bien con las herramientas digitales, con aquéllos que necesitan mucho acompañamiento. O alumnos que necesitan mucho más tiempo de seguimiento, con aquéllos que funcionan de manera mucho más autónoma.

En este sentido, hablaría de enseñanza “trimodal”, más allá de la enseñanza bimodal de la que se suele hablar. Hay alumnos que pueden estar en los centros, que son lugares seguros, con sus profesores o educadores, pero no necesariamente en la relación de 25 a 1, o de 15 a 1, o de ratios preestablecidas, sino aprovechando todos los espacios de la escuela, que no son solo las aulas.

También me parece relevante destacar que, dentro del dramatismo de la pandemia y de sus consecuencias, jamás se nos había presentado una oportunidad de interesar a los alumnos por algo como ahora. Me resulta difícil pensar que haya niños y jóvenes que no hayan tenido interés por saber, teniendo en cuenta las afectaciones de todo tipo que están viviendo. Y tampoco se me ocurre ninguna disciplina de la escuela que no se pueda vincular con el conocimiento de esta situación. Si una de las características tradicionales de la escuela es que raramente interesa a los alumnos, ahora tenemos una situación privilegiada. Lo que perdemos por un lado en el sentido de horas rutinarias o de presencialidad, lo podemos recuperar por otro, y sacar provecho del interés que suscita todo lo relacionado con la pandemia.

El papel de los equipos directivos se ha visto revalorizado en este periodo de pandemia por parte de muchos docentes. Siempre ha sido un elemento esencial, pero ha estado muy mal tratado, en general, en nuestro entorno.

Me gustaría destacar dos aspectos. El primero es que toda organización necesita una dirección, guste o no guste. Yo creo que en todas las comunidades humanas se aprecia que se tomen decisiones rápidas y que éstas sean efectivas. Tomar decisiones colectivas lleva mucho tiempo. Y la jerarquía, sea en una escuela, en la empresa o en cualquier tipo de organización, tiene la función de ahorrar tiempo, aunque tenga otros costes. En definitiva, es una manera de economizar los esfuerzos de las personas y evitar así que tengan que ocuparse de todo cada día. En la escuela, significa tener la tranquilidad de que las cosas funcionan. Pienso que la relevancia que damos en España al lema de la dirección “democrática y participativa” tiene más que ver con los intereses del gremio que con los de los propios usuarios. Lo que ha ocurrido en la pandemia es que hemos tenido que salir de la rutina y hemos tenido que improvisar y rediseñar. Y aquí se ha notado más las diferencias entre los modelos organizativos del sistema educativo. Y, muy a pesar de mis deseos y convicciones a favor de la escuela pública, la escuela privada y concertada ha demostrado mayor capacidad de reacción y de gestión por el papel de las direcciones. En la escuela pública lo estamos encontrando a veces, pero es más excepcional. Es lo mismo que he venido diciendo hace tiempo respecto a los retos de la innovación y de la digitalización. Aquí también ha tenido ventaja la escuela privada y concertada, y me temo que ahora va a ocurrir lo mismo. Es posible que la crisis económica traslade alumnos de la escuela privada a la concertada y de ésta a la pública, pero será un espejismo, y la razón del cambio no será porque les guste más o porque piensen que han reaccionado mejor. Y lo digo con dolor y con pena, porque va a ser un golpe para la escuela pública.

Lo que me gustaría que pasara como resultado de esta crisis que estamos viviendo es que nos cuestionásemos hasta que punto estábamos condicionados por el tipo de escuela que teníamos, y que aprendiésemos de las experiencias positivas que han demostrado cómo seguir garantizando el aprendizaje y el cuidado de los alumnos en el sentido más rico. Y que veamos que no estamos necesariamente atados a estructuras tradicionales como el “aula huevera”, el horario en parrilla, la lección magistral o el aprendizaje hincando los codos. Y lo digo en un momento en que me parece especialmente amenazadora la emergencia de las voces que quieren devolvernos a la mayor ortodoxia. Si el aula era un problema, imaginemos cómo pueden ser utilizadas las medidas del “aula burbuja”. Estamos en un momento de pugna entre acción y reacción, como en la física, que va más allá del debate de cuántos medios tenemos y las medidas de seguridad. Estamos discutiendo dos modelos de escuela. Una, en la que prima el aprendizaje y se subordina eso a la organización, que nos obliga a hacer las cosas de otro modo. Y otra que defiende volver a lo tradicional y a restablecer la anterior normalidad.

¿LAS POLÍTICAS EDUCATIVAS TIENEN EL MISMO IMPACTO EN CUALQUIER CONTEXTO?

Visual thinking de @anasalamanca99

AINA TARABINI

Doctora en sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de sociología en la misma universidad e investigadora de los grupos de investigación GEPS (Globalización, Educación y Política Social) y GIPE (Grupo Interdisciplinar de Políticas Educativas). Especialista en sociología de la educación y en análisis de desigualdades y políticas educativas. Entre sus temas de investigación destacan el estudio de los procesos de éxito, fracaso y abandono escolar; el análisis de las prácticas pedagógicas y de las creencias y discursos docentes; o las elecciones, transiciones y disposiciones educativas de los y las jóvenes.

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(Los parráfos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a Aina Tarabini)

Yo antes pensaba que para valorar las prácticas y las políticas educativas bastaba con analizarlas por sí mismas. Es decir, por sus características, su diseño, su implementación… Ahora, con el paso del tiempo, pienso que los aspectos institucionales y estructurales de esas prácticas no son suficientes para entender los impactos que producen. Es necesario entender cómo los actores (docentes, familias, jóvenes) interpretan estas prácticas y políticas, puesto que éstas cobran sentido cuando se ponen contacto personas y contextos. Los marcos escolares e institucionales favorecen sin duda el éxito de las políticas, pero el factor más influyente es el modo en que son vividos por los actores que son los sujetos de aquéllas. Por tanto, he ido aprendiendo a pasar de una mirada más objetiva, más técnica, a una visión más relacional y subjetiva. En el sentido de analizar cómo se relacionan las identidades, trayectorias, experiencias y contextos particulares de los sujetos con los objetivos de las políticas.

Esto que dices nos habla también de las creencias que los docentes tenemos cuando aplicamos políticas educativas o metodologías pedagógicas. Me resultó muy inspirador, en este sentido, el estudio que publicaste hace pocos años, sobre lo que funciona en las políticas para el éxito escolar. Me gustó especialmente que pusiste el foco en lo que funciona, más que en lo que no funciona. ¿Qué te impactó especialmente de lo que observaste que funciona?

Aprendí muy profundamente hablando con los actores protagonistas que son sujetos de las propuestas. Lo que más me impactó es la constatación de que el abandono de la escuela y el fracaso de los estudiantes se hace desde un lugar emocionalmente muy fuerte. Los jóvenes que están mal en la escuela y abandonan o fracasan lo suelen expresan desde fuera como si no les importara. Pero la realidad muestra procesos llenos de sensaciones de rabia, de inseguridad, de incapacidad y de la percepción de que nadie los ha escuchado, ni valorado. Se sienten invisibles e irrelevantes. Es una vivencia subjetiva muy fuerte que cuestiona la propia identidad como aprendiz.

Pero lo mismo veo que les ocurre a muchísimos docentes. Viven su profesión de una manera muy intensa emocionalmente. Se dejan la piel, y su propia corporalidad así lo expresa, para intentar garantizar, no siempre en las mejores condiciones ni con los apoyos institucionales suficientes, que todos sus estudiantes tengan éxito en la escuela. Es muy importante tener en cuenta los aspectos emocionales en la práctica escolar.

¿Qué se rompe en el camino de la lucha contra el fracaso escolar, teniendo en cuenta los esfuerzos ingentes de docentes y la voluntad explícita de aquel gobierno que quiera frenarlo?

Creo que todavía no nos creemos suficientemente que todos los estudiantes tienen derecho a ser exitosos en la escuela. Aun están demasiado presentes, en la sociedad y en las escuelas, algunas concepciones que naturalizan de tal manera la inteligencia y la capacidad, que proyectan la idea de que hay estudiantes menos aptos para el estudio. Esto provoca que no nos escandalicemos ante unas cifras de abandono escolar, que son realmente de escándalo. Creo que no podemos naturalizar que, con cifras actuales, haya en Cataluña un 19% de estudiantes que no hayan adquirido la credencial mínima necesaria para cualquier proceso de inclusión social y laboral. No podemos admitir que se crea que forma parte natural de las personas. Esto pone de manifiesto que hay algo en nuestro sistema que no funciona, y que aun es imprescindible remover nuestras conciencias.

Sin duda hay una razón que tiene que ver con los recursos, pero no todo se explica por la falta de ellos. Hay elementos que tienen que ver con nuestras creencias, con la manera de estructurar el currículum y con la manera de organización de los centros, que hace que los propios jóvenes desde muy pequeños sientan que la escuela no es para ellos. Para mí, es un fracaso social y colectivo al que debemos poner remedio.

Cuando yo estudiaba, en la década de los años 70 del siglo pasado, solo un 15% aproximadamente acababa el bachillerato. Cuando se alcanza la escolarización universal, unos veinte años más tarde, todos los jóvenes asisten a la escuela, pero el sistema no ha cambiado mucho y nos quedamos estancados en altas cifras de abandono. ¿Cuál es el debate central para conseguir revertir el fracaso escolar?

Lo que dices me recuerda que, a menudo, tenemos imágenes muy románticas del sistema educativo, que no contextualizan su significado en el momento actual. Son comentarios que se reiteran con frecuencia, como aquel que recuerda que antes podías encontrarte con clases de cuarenta alumnos, o aquellos referidos a lo habitual que era que la mitad de una clase no continuara estudiando. Son comentarios que obvian el valor del aprendizaje que dominaba entonces o el sentido de la obligatoriedad. Era normal adjudicar a la escuela la función de filtro para seleccionar a ‘los mejores’. Es absurdo intentar comprender el contexto actual con la mentalidad de entonces.

Me parece importante resaltar que la mirada relacional que vincula las políticas con los actores y su contexto no tiene el cometido de provocar una especie de relativismo, sino buscar articulaciones que garanticen el éxito escolar de todos. El éxito escolar se define en contextos particulares de forma institucional y con parámetros objetivos. Por ejemplo, hoy en día, la escolarización de todos los jóvenes hasta los 16 años es obligatoria y a partir de este parámetro se define el concepto de fracaso escolar, entendido como la no obtención del certificado de graduación en la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria). Pero a parte de esta definición objetiva, debemos ser capaces de pensar cómo se articula esta escolarización en diferentes contextos y para diferentes sujetos. El significado de la escolaridad obligatoria no se puede dar por sentado, como tampoco las diferentes posibilidades de graduación que emergen en diferentes contextos sociales y escolares. Para garantizar pues que todos los estudiantes sean exitosos en la escuela, y que por tanto no sólo gradúen sino también y sobre todo aprendan, hay que preguntarse quiénes son nuestros estudiantes. Debemos atender a la diversidad de formas en que se vive la escolaridad. Sólo a partir de este reconocimiento de la diversidad de formas de ser y estar en las aulas llegaremos al objetivo de la práctica educativa, que no es otro que el de la igualdad: la igualdad de oportunidades, de derechos, de aprendizajes. 

Por otra parte, creo que a veces se analizan los contextos familiares y la diversidad de capitales que encontramos de manera aislada. Es como un determinismo social y educativo, que predice las posibilidades del éxito escolar en función de unas características familiares o pedagógicas particulares. Para mí es un error porque un mismo modelo pedagógico no funciona igual en todos los contextos familiares, y, al revés, unos mismos capitales familiares no funcionan igual en diferentes entornos pedagógicos. No se trata de poner la mirada solo en lo que hace la familia o solo en lo que hace la escuela, sino en cómo se generan y se relacionan proximidades entre los dos mundos.

Esto tiene mucho que ver con el propósito de la educación obligatoria, a la que dicho sea de paso no le ayuda el adjetivo. Si yo creo que la función de la escuela se centra en certificar unos conocimientos, me parece lógica la función de filtro que ejerce. Pero es diferente si yo creo que el propósito de la escuela es la adquisición de unos conocimientos básicos para toda la población. En tus investigaciones, ¿has podido comprobar si está habiendo un cambio de creencias de la primera concepción a la segunda?

Me gustaría resaltar dos elementos que has comentado. El primero es que las creencias son el núcleo fundamental de nuestra acción. El para qué creo que sirve la escuela determina todas mis acciones. Y el segundo elemento es el sentido del término conocimientos básicos, que no deben confundirse con mínimos. Lo que debemos establecer es aquello básico que la escuela tiene que equiparnos para la vida.

Durante el primer mes y medio de confinamiento por la pandemia, y junto a mi compañera del grupo de investigación, Judith Jacovkis, hicimos una encuesta on-line que respondieron unos tres mil docentes de Cataluña de todos los niveles escolares, excepto 0-3 años y universidad. El tema dominante que preocupaba a los docentes era el acompañamiento del alumnado y de las familias. Me parece una buena noticia. Creo que debemos evitar una mirada dicotómica entre acompañar y enseñar. No tenemos que decidir entre una cosa y la otra, ni caer en la simplificación de pensar que a la escuela solo se viene a aprender conocimientos y currículum, o que se viene a acompañar a los jóvenes como si fuera un “esplai” (espacios educativos de tiempo libre). En la escuela se viene a aprender y solo aprenderemos acompañados y acompañadas, porque aprendemos de forma social, unos con otros, y con los recursos de que dispone la escuela: maestros, compañeros, proyectos, libros… Estos meses de confinamiento han puesto de manifiesto que sin acompañamiento es difícil el aprendizaje. Algo que es relevante en todos los contextos sociales y, particularmente, en los vulnerables. No por sus características intrínsecas, sino por el tipo de relación que se establece con la escuela, como decía hace un momento.

Si avanzamos hacia un modelo de escuela en el que aprendamos acompañadas será una buena noticia.

La presencialidad no garantiza nada en sí misma. Hay que tener la voluntad de que pasen aquellas cosas que queremos. Desde que empecé mi carrera profesional a principios de los años 80 del siglo pasado, he podido constatar que, a veces, algunos docentes identificaban el derecho a la educación con la asistencia a clase. Pero el derecho se cumple con la constatación del aprendizaje por parte de todos los alumnos. La pandemia ha puesto en mayor evidencia estas paradojas. De las investigaciones que has realizado antes y durante la pandemia, ¿qué crees que ha venido a quedarse en la escuela actual?

Estos meses de pandemia han puesto de manifiesto que hay un cuerpo docente que se deja la vida para que la escuela funcione, pero también ha quedado en evidencia que se encuentran muy solos. Necesitamos crear las condiciones para que los y las docentes no se queden en una situación de pura supervivencia, y puedan disponer de tiempos para reflexionar colectivamente sobre sus prácticas, pensar en el futuro y alzar su propia voz. Creo que hay una gran voluntad docente, pero que necesita ser acompañada, entre otras cosas, para evitar la gran desigualdad entre centros que provoca esa soledad. En muchas ocasiones, movilizamos un concepto de autonomía escolar un poco simplista, que nos lleva a abandonar a los centros y a la política del sálvese quien pueda.

A menudo me he encontrado, en el sector educativo, la creencia de que dedicar tiempo a la reflexión es un lujo porque el trabajo real está en el aula y parece una traición a los compañeros y compañeras reservar tiempo laboral a pensar, reflexionar o compartir. La manera de entender la autonomía de los centros que estamos viviendo es el reflejo de la falta de liderazgo histórica del sistema educativo.

Creo que necesitamos pensar en profundidad los conceptos claves de la escuela. Por ejemplo, qué creemos que significa ser docente y cómo habilitamos la posibilidad de que la reflexión forme parte de su día a día, y cómo lo entendemos en cada una de las etapas educativas. Hay cosas que no pasan si no se generan las estructuras necesarias y, luego, también hay que atender al ejercicio que se desarrolla aprovechando esas posibilidades.

Lo decías cuando hablabas de la presencialidad. Hay presencias escolares que son altamente desagradables. Hay jóvenes que están mal en la escuela y tienen una vivencia muy conflictiva porque no sienten que aprenden ni que se les permite desarrollar su identidad. La presencia, como el resto de los elementos que necesitamos estructurar, es una condición necesaria pero no suficiente para el éxito escolar.

A menudo he podido observar en debates en los que he participado, que el modo en que se accede a la función pública de la escuela determina la concepción del peso de los contenidos y de lo que los docentes creen que deben exigir a sus estudiantes.

El problema no es la consideración que se tiene de la importancia de los contenidos, que son imprescindibles, sino la creencia de cómo garantizo que todos los estudiantes lleguen a esos contenidos. A menudo me encuentro con docentes que creen que ese camino es una cuestión de la educación familiar y ven como inevitable que haya un sector de estudiantes que no aprendan. La cuestión es qué podemos hacer como docentes, intentando comprender quiénes son mis estudiantes, cuál ha sido su trayectoria, qué les puede interesar y qué debo cambiar de mi aproximación metodológica. Es una manera de entender cómo esta persona recibe los conocimientos que pretendo transmitir, cómo los incorpora, cuáles son las barreras materiales, simbólicas y emocionales que tiene para recibirlos. Y puede pasar que haciéndome todas estas preguntas y modificaciones no consiga el objetivo de llegar a todos los alumnos porque hay dinámicas sociales y familiares muy fuertes que superan la acción educativa. Pero estoy convencida de que si nos hiciéramos de manera sistemática la pregunta de cómo reciben los conocimientos que establecemos y no solo cómo los transmitimos, el nivel de abandono escolar sería mucho menor.

¿Cuál es la capacidad real de la escuela para atender una diversidad amplia?

En una sociedad capitalista y, por tanto, estructuralmente injusta, es imposible pensar que la escuela será justa cien por cien, porque hay un reflejo de lo social en lo educativo. Pero hay dinámicas de exclusión que son propiamente educativas, y que refuerzan las exclusiones sociales externas. La desigualdad educativa que tenemos no es un reflejo mecánico de la desigualdad social. Y, por tanto, en términos globales, la escuela como institución tiene una gran capacidad para atender las diversidades que hay dentro de ella, porque diversas somos todas. Por tanto, una escuela normal es aquella en la que se encuentran todas y todos.

El problema es que existen dinámicas de segregación escolar muy fuertes que hacen que estas diversidades no sean tan iguales en todos los centros educativos. Hay una escasez de financiación pública que provoca que los centros deban gastar energías en buscar recursos alternativos; y también perviven miradas que todavía entienden que la diversidad es lo anecdótico.

La escuela como institución tiene una capacidad amplísima de dar respuesta a esta diversidad. La naturaleza propia de la escuela es el lugar donde nos encontramos toda la diversidad de personas que somos. Ahora bien, esta escuela como institución necesita tener condiciones equivalentes para que todos puedan aprender y todos puedan enseñar y acompañar. Todavía existen muchos niveles diferentes de diversidad según los centros. Y, en algunos, más que de diversidad, lo que vemos es pobreza. Hay escuelas donde esta pobreza es la condición mayoritaria del alumnado. En otras, la alta movilidad de alumnado.

A veces decimos diversidad cuando lo deberíamos llamar pobreza, exclusión, desigualdad. De ahí la importancia de fijar bien los conceptos.

También debemos pensar en las desigualdades que provocan las políticas y concepciones derivadas de la función del currículum, la pedagogía, la evaluación…

Las decisiones de distribución de recursos para el sistema educativo español están determinadas por una mirada homogeneizadora. La medida universal es, por ejemplo, el número de alumnos y grupos, independientemente del contexto en que se encuentre el centro. Esto provoca que sea muy determinante el territorio y el centro en el que estudian los alumnos para alcanzar un itinerario exitoso.

Es muy relevante esto que planteas y tiene que ver con lo que decíamos sobre los medios y los fines. Si el fin es la igualdad, no podemos homogeneizar porque nos aleja de la justicia social.

El ejemplo más hiriente es la situación en que se encuentran muchos centros de alta complejidad que no consiguen estabilizar las plantillas de docentes porque se deben seguir las mismas normas de la función pública que en todas las escuelas. Si queremos alcanzar la equidad debemos reconocer las diferencias, y garantizar los recursos y las políticas necesarios que la hagan posible. Muchas veces, me pregunto dónde están representados los docentes que trabajan en estos centros educativos. La redistribución es un principio básico de la justicia social, y que se refleja en dar en función de las posibilidades y las necesidades. Homogeneizar cualquier elemento de la práctica educativa es lo que nos lleva a tener los resultados tan desiguales que tenemos.

Conseguir una escuela justa desde todos los ámbitos del sistema, lo micro y lo macro, significa, para mí, garantizar que todos los alumnos aprendan y todos los docentes enseñen y acompañen en igualdad de condiciones. Debería ser un objetivo prioritario de todos los agentes políticos, sociales y escolares del país.

Un sistema educativo justo no puede quedarse en garantizar la escolarización universal en términos de acceso la educación. Implica también poner una atención especial a los procesos y a los resultados educativos. Un sistema educativo justo es aquel que redistribuye recursos, claro, pero también que reconoce la diversidad en sus múltiples dimensiones. que representa las voces y las necesidades de todos los agentes educativos, que pone la escucha y los cuidados en el centro de la acción educativa. Reclamar justicia escolar, por tanto, no tiene que ver con la caridad, sino con la concepción básica de la organización social de un país. Y por eso, los actores relevantes del sistema deben orientar sus miradas, y transformar sus políticas y sus prácticas para que la hagan posible.

¿LA ARQUITECTURA ESCOLAR ES PARTE DEL PROYECTO PEDAGÓGICO?

Visual thinking de @anasalamanca99

CARLES FRANCESCH

Arquitecto. Creador de “F2M Arquitectura”, proyecto arquitectónico multidisciplinario e integral, junto a Esther Flavià y Araceli Manzano, en el que destaca la innovación escolar. El estudio ha obteniendo el Premio FAD de la opinión por la Capilla Sant Francesc Xavier (Colegio Casp) y la selección del Colegio de Arquitectos de Catalunya de las mejores intervenciones en edificios, por la reforma de la escuela infantil (Colegio Casp) en Barcelona. Durante los años 2013-2018 ha liderado el diseño y desarrollos arquitectónicos del proyecto“Horizonte 2020” de Jesuïtes Educació. También es colaborador del proceso de reformas de los espacios escolares que está impulsando la consejería de educación del gobierno de Cataluña.

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(Los parráfos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a Carles Francesch)

Yo antes pensaba que proyectar una transformación escolar era una tarea de creación personal, siguiendo un programa preestablecido. Ahora pienso que es un reto que se debe compartir con la comunidad educativa y con todos los implicados en la transformación que buscamos. Cuanto más compartamos y seamos capaces de aportar el conocimiento de todas las partes implicadas, mejor resultará. De la visión del trabajo personal, he pasado a la convicción de los beneficios del trabajo en equipos de mirada amplia.

Fuiste el arquitecto responsable de la transformación de los espacios del proyecto Horizonte 2020. ¿Cómo cambió tu mirada? ¿Qué descubriste como arquitecto e, incluso como padre de hijos en edad escolar? ¿Qué es lo que más te satisfizo de aquel reto?

Fue una aventura apasionante y muy enriquecedora en todos los aspectos. En nuestro entorno, no había muchas referencias recientes de transformación de los espacios escolares a gran escala. Solo se conocían intervenciones puntuales. Tenía la impresión de un cierto salto al vacío que me resultaba especialmente motivador. Para mí, fue espectacular profundizar en el conocimiento de la complejidad del reto, especialmente por las aportaciones pedagógicas que tenía que ir comprendiendo para llevarlas a los espacios físicos de las escuelas.

Partimos del análisis del estado de los edificios en los que se iba a intervenir. Y resultó muy esclarecedor de cómo habían ido las cosas hasta entonces, y de cuáles eran las concepciones y prioridades de intervención sobre los espacios físicos que se tenían. La coherencia del proyecto original se había ido desfigurando en beneficio de las necesidades inmediatas de cada momento, perdiendo de vista la visión más global del proyecto educativo que se pretende. En aquel momento, entendimos que la prioridad era dar una nueva coherencia a un proyecto que tenía la voluntad de ser sistémico. Para nuestro equipo fue un reto que nunca nos habíamos encontrado formulado tan claramente.

Desde tu perspectiva de arquitecto, ¿qué características han de tener los espacios físicos de una escuela que quiere poner al alumno en el centro y transformar los procesos de aprendizaje?

Creo que lo primero es huir de los esquemas tradicionales de espacios determinados por pasillos y aulas, que hicieron furor en su momento, pero que condicionan negativamente algunas de las prioridades pedagógicas actuales, como poner al alumno en el centro y darle voz. Para estos objetivos necesitamos una visión integral de todo el edificio escolar. Por un lado, aulas flexibles, que permitan transformaciones rápidas de escenarios. Y por otro lado, una sugerente y eficaz relación entre todos los espacios de la escuela que faciliten conexiones complejas para hacer posible su uso polivalente, versátil y adaptable a un mobiliario, fácilmente transformable. Para mí, estas características son las que reflejan el salto que muchas escuelas quieren dar. También hay otros, más conocidos como son los relacionados con el confort, la iluminación, la insonorización, etc.

En el proyecto Horizonte 2020, fuiste un impulsor de la concepción de pasillos y vestíbulos como espacios educativos más y con la misma funcionalidad que damos a las aulas. ¿En qué te inspiraste para proponerlo?

Estuvimos investigando en algunas escuelas de los países nórdicos, en la inspiración clásica del arquitecto y diseñador industrial danés Arne Jacobsen, o en el mítico parvulario de Sant’Elia de Giuseppe Terragni en Como (Italia), cuyas aulas, en los años 30, ya estaban abiertas con puertas correderas a cuatro espacios encadenados. Teníamos esta escuela metida en nuestras cabezas.

Partíamos de la concepción del aula como célula madre del proyecto, y a partir de ahí unimos dos aulas para disponer de espacios más amplios de lo habitual, e ir aprovechando todos aquellos espacios tradicionalmente entendidos como de paso para crear las “ágoras”, como lugares de diálogo y relacionales para los aprendizajes. Tuvimos una buena disposición de la administración educativa para la consideración de estas zonas como aulas de refuerzo, por ejemplo. Así conseguíamos adaptarnos a la normativa oficial, y ganar aulas grandes y espacios comunes.

Entonces, la administración pública se mostró sensible ante las propuestas.

Fuimos con mucha ilusión a presentarlas. Y la realidad es que no las recibieron con una actitud negativa que las rechazara arguyendo que eran imposibles, reacción que a veces uno puede encontrarse. Al contrario, su receptividad nos ayudó mucho, en las reuniones que tuvimos, a encontrar las soluciones que facilitaran la adaptación a la normativa. Tengo la impresión de que todo esto ha ayudado a facilitar cambios similares en la escuela pública, y a la iniciativa que inició el gobierno catalán antes de la pandemia para transformar los edificios escolares. Es lógico porque la experiencia es que los pliegues de condiciones tan rígidos con los que nos encontramos los arquitectos nos obligaban a construir unos espacios que, en cuanto la escuela se ponía en marcha, se pedían modificar y tirar paredes que obstaculizaban los propósitos pedagógicos.

A principios del siglo pasado, en Cataluña y en otros países europeos de nuestro entorno, hubo grandes propuestas de transformación de los espacios escolares, pero la tradición ha obstaculizado mucho su aplicación hasta nuestros días. ¿Por qué crees, como arquitecto, que le cuesta tanto a la escuela romper la imagen monolítica de sus muros?

Creo que está relacionado con la disciplina y con la idea de tener a los niños bien ordenados, todos iguales y en su sitio. Era más fácil tenerlos controlados en ese tipo de edificios. Tampoco la sociedad veía la necesidad del cambio porque tenía la idea de que las cosas ya funcionaban bien, aunque la realidad no lo demostrara. En los años 60, en Cataluña, hubo algunas propuestas novedosas. Recuerdo ahora alguna de Oriol Bohigas, pero fueron muy puntuales y no se extendieron al conjunto del sistema. Creo que hasta que no ha habido un cambio en la concepción de lo que significa el control y autocontrol del estudiante respecto a su proceso de madurez, no han aparecido propuestas generalizadas. La idea de los espacios transparentes actual es lo contrario a la mirilla de la puerta cerrada o a los espacios escondidos que permiten hacer alguna trastada. Creo que es otra forma de entender el proceso de madurez de los alumnos.

En estas transformaciones, como fue el caso del Horizonte 2020, es usual la integración de elementos que pueden causar reparo en los docentes. Por ejemplo, grifos de agua en las aulas de secundaria, o asientos que pueden parecer excesivamente cómodos. ¿Cómo vivisteis la incorporación de este tipo de elementos que pueden dar lugar a conflictos?

No hubo problemas. También hay que decir que la mayoría de los docentes que empezaban el proyecto venían con una gran motivación. Todos estábamos de acuerdo que debíamos adecuar el aula a un entorno diferente y con rápida capacidad de transformación. Ese es el sentido de las gradas o de los cómodos “pufs”.

A veces, las escuelas que impulsamos este tipo de transformaciones recibimos la acusación de que se trata solo de márquetin. La idea es, en cambio, adaptar el entorno y el mobiliario a una mayor confortabilidad, o los colores, por ejemplo, a los que llevan los alumnos en su ropa. Para un arquitecto, ¿qué significado tiene todo esto?

Pensar el aula como un espacio donde compartir conocimiento entre compañeros es relacionarla con los escenarios habituales que se van a encontrar en la vida. Es lo mismo que nos encontramos en nuestro despacho profesional, en el que necesitamos compartir y comunicar. Yo hubiera agradecido mucho haberlo aprendido en la escuela, ya que me hubiera saltado posteriormente varios capítulos de aprendizaje. Si desde niños, adquirimos la costumbre de dialogar y hablar en público, daremos un gran salto adelante en nuestras competencias para la vida futura.

El diálogo entre arquitectos y docentes está a menudo lleno de recelos. Los profesores solemos ver excesivo afán estético en los arquitectos en perjuicio de la funcionalidad y pragmatismo; y éstos suelen pensar que no valoramos los aspectos más creativos de vuestra profesión.

Creo que es importante arriesgar cuando ves algo claro. Mi punto de vista es que los arquitectos debemos recoger las opiniones de los docentes y ser capaces de interpretarlas. Esto supone muchas veces que les ofreces soluciones que no esperaban, pero que responden al sentido de lo que pedían. Nuestro trabajo es convertir y crear a partir de las ideas abstractas que te plantean. Por ejemplo, en el caso de las gradas del proyecto Horizonte 2020, fuimos nosotros quienes sugerimos que se integraran gradas y taquillas para dar respuesta a un espacio de diálogo y encuentro y, al mismo tiempo, resolver la petición de los profesores de que no estuviera todo el material de los alumnos disperso por las paredes y suelo de las aulas. Luego, lo he visto como novedad en otros colegios.

Imagínate que un equipo directivo te pide tres o cuatro recomendaciones básicas para los espacios de su escuela. No se trata de hacerla de nuevo, sino de partir de algo ya existente que pretendemos adaptar a una educación más personalizada y colaborativa.

Primero hay que entender bien el edificio del que partimos. Siempre hay elementos positivos y los que no son funcionales. Hay que entender cómo funciona su estructura para adaptarse a las propuestas educativas que se hacen. El segundo paso es entender el proyecto pedagógico que queremos desarrollar en ese edificio. Y el tercer paso es la formulación de un plan director que pretende integrar el proyecto pedagógico en la estructura general de ese edificio para sacarle el máximo partido.

Hay elementos comunes a todos los proyectos, como son la luz natural, los espacios verdes, abrir la escuela al exterior, o la higiene y la ventilación, aun más valoradas en estos tiempos. Son elementos que debemos considerar después de haber entendido bien la estructura del edificio y el proyecto pedagógico.

Recordarás que cuando estábamos inmersos en el diseño de los nuevos espacios del Horizonte 2020, encontramos un estudio de la Universidad de Salford que mostraba la vinculación entre espacios y resultados académicos. ¿Qué os aportó para la tarea que estabais desarrollando?

Nos aportó mucho. Nos empapamos de aquella investigación, que aportaba diez puntos bien documentados sobre diversos aspectos. Fue muy importante porque en aquel momento (2012) no había tanta investigación documentada sobre esta relación entre espacios y resultados académicos. Destacaba la valoración que se hacía de los porcentajes de confort, luz natural según las edades y vinculada con la motivación, de espacios exteriores en que domine el verde y que sean visibles desde dentro, acústica, renovación de aire… para nosotros fue muy revelador y lo seguimos detalladamente.

Contribuiste al proyecto Horizonte 2020 y también estás colaborando con la iniciativa del gobierno catalán para impulsar decididamente la transformación de los espacios escolares. ¿Qué evolución has visto en el pensamiento y en las creencias del sector de la educación en estos últimos casi diez años?

Creo que hay una evolución clara hacia el camino de espacios escolares como el que ejemplifica el proyecto Horizonte 2020. Antes de la pandemia, percibí una apuesta fuerte de la administración pública para avanzar hacia aquí. Creo que es un camino que no tiene vuelta atrás. Se apuesta más por espacios de “coworking” (colaborativos) o de oficinas tipo “Google” que por espacios tradicionales cerrados. Una de las ideas que tenemos más claras es romper con la opacidad de muchas escuelas y que sean transparentes al exterior. No pasa nada porque se vea lo que se hace en la escuela desde afuera. La escuela forma parte del barrio. No es una isla en la que te quedas encerrado al entrar ella. Tenemos muchos ejemplos de lo que estoy diciendo en el norte de Europa o la escuela de Terragni, que citaba antes, que es visible desde fuera de todos sus espacios internos y externos. No solo facilita aspectos técnicos como la ventilación o la luz, sino que es una manera de entender la integración de la escuela con su entorno inmediato.

Existe la creencia de que reformar los espacios escolares solo es asequible a entornos sociales poderosos, y que no es accesible a la escuela pública o a entornos desfavorecidos.

Estoy convencido de que es un problema más de imaginación que de economía. Está claro que, si se disponen de más recursos, se puede aspirar a un tipo de proyecto más completo, pero con pocos recursos y creatividad se pueden hacer intervenciones muy efectistas, eficaces y útiles. Tirar un tabique o pintar no cuesta mucho, pero hecho con sentido le puedes sacar mucho partido. No siempre hay que relacionar la renovación escolar con grandes presupuestos.

¿Hacia dónde crees que evoluciona la arquitectura escolar? ¿Cuál puede ser la mayor aportación de la arquitectura a la escuela que necesita integrar la tecnología cada vez más? 

La tecnología es imparable y creo que es mejor integrarla de manera natural y bien orientada que no que los alumnos la utilicen de manera escondida. Creo que hay que dar continuidad a la integración que se está dando en la vida ordinaria.

Imagino que las escuelas serán cada vez más espacios flexibles y organizados de una manera muy diferente al convencionalismo actual. Creo que tanto las administraciones públicas como los actores del sector educativo debemos arriesgar e investigar en las relaciones entre espacios y resultados, y dar pasos decididos adelante.

Una referencia de esta evolución la podemos tener en un sector afín, el de la Salud, y en concreto en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, que intenta hacer la vida más agradable a niños con graves problemas de salud, incorporando personajes animados infantiles o montando un tobogán de planta a planta por el que se deslizan sin miedo a su integridad física. ¿Por qué no nos atrevemos en la escuela a ser más rupturistas?

Conozco bien esa intervención arquitectónica y me parece que está hecha con una enorme sensibilidad y talento. Quizás en el caso de la escuela dominan aun de manera excesiva los valores de disciplina y orden. Creo, sin embargo, que estamos viendo un camino que va a ir cambiando las concepciones de los administradores y actores, básicamente, porque hay una nueva mirada de la propia sociedad y de los docentes.

Necesitamos nuevas escuelas físicas porque necesitamos una nueva educación. Apostar por esta evolución favorecerá que tengamos niños más competentes. Los arquitectos debemos tener claro que no podemos hacer proyectos convencionales sino responder a las necesidades de futuro de los alumnos.