¿DEBE ASUMIR LA ESCUELA UN ROL ANTE LOS ABUSOS SEXUALES?

Visual thinking de @anasalamanca99
VICKI BERNADET

Fundadora y presidenta de la Fundación Vicki Bernadet, que trabaja la atención integral del abuso sexual infantil desde tres ámbitos: el Servicio de Atención Terapéutica y Jurídica, el Servicio de Formación y Prevención y el Servicio de Comunicación y Promoción. Fue víctima de abuso sexual a los 5 años, y de los 9 a los 17 años. No lo reveló hasta los 34. El momento de la revelación, como en la mayoría de los casos, tuvo que afrontar la reacción del entorno familiar y la inexistencia de recursos especializados. Su espíritu de lucha, su inconformismo y su determinación le llevaron en 1997 a promover la fundación que lleva su nombre. En 2006 fue nombrada emprendedora social de la red internacional ASHOKA.

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(Los párrafos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los párrafos sin destacar, a Vicki Bernadet)

Hace 25 años fundé la Fundación Vicki Bernadet con la idea de ser agente de cambio social respecto al tema de los abusos sexuales. En este tiempo, me he dado cuenta de que al principio era muy optimista porque ha sido muchísimo más difícil de lo que creía; y que el sentido común respecto de la protección de la infancia y de tomar consciencia sobre la gravedad de las cosas son muy relativos, y dependen de determinadas visiones. Si me hubieran preguntado hace 25 años si ahora mismo el tema de los abusos sexuales en la infancia estaría como está ahora, yo no me lo hubiera creído porque pensaba que estaríamos mucho más avanzados. Pero también tengo que reconocer que esta evolución ha permitido y va a permitir continuar evolucionando y cambiando las cosas. No estamos estáticos. De todas formas, veo una lentitud que no nos deberíamos permitir, porque esto quiere decir que dejamos a niños y niñas por el camino sin oportunidad. En definitiva, yo creía que esta evolución tendría otro ritmo y no lo ha tenido. Ahora mismo estoy intentando tener esa visión más optimista para no tirar la toalla porque hay cosas que están pasando que cuesta mucho atravesar. 

¿Qué tipo de cosas de las que están pasando ahora te provocan mayor preocupación? 

Que estos temas no sean parte de una norma educativa curricular. Desde mi punto de vista, la única forma de cambiar la línea ascendente de violencia, de homofobia, de racismo, de violencia sexual, es trabajando sobre esto en las escuelas desde la niñez. Hace poco, un profesor me comentaba que él se daba cuenta que el tema del machismo y de la sumisión de las jóvenes ha tomado una deriva que le preocupaba muchísimo, que se normaliza el control por parte de los chicos y que una chica se sienta adulada porque un chico le envíe 40 mensajes al día.

A mí me preocupa muchísimo el hecho de que, por más que ahora mismo en las escuelas se están haciendo cosas que no se hacían antes, éstas suelen ser intervenciones puntuales o en el tiempo de las extraescolares. Por el contrario, deberían ser una norma que se tenga en cuenta desde el principio de la escolaridad.

La escuela siempre tiene la dificultad de que, al tratar los temas más delicados, siempre queda en el ojo del huracán. A veces, me da la impresión de que la escuela prefiere que no la toquen y por eso, cuando sucede algún tipo de abuso o maltrato dentro de ella, éste suele ser relativizado o ignorado. Pareciera que la escuela se sintiera atacada, como si su fama pudiera ponerse en peligro al conocerse que en ella ha habido casos de bullying o de abuso ¿Cuál es tu experiencia?

Este es un error en el que caen muchísimas instituciones educativas. El error es pensar que si el abuso saliera a la luz, la credibilidad de la escuela se vería afectada, que bajarían las matrículas, que la gente pensaría que en esa escuela pasan ese tipo de cosas, etc. La realidad es que es totalmente lo contrario. Una escuela que tiene la valentía de dar a conocer lo que ha pasado y además qué acciones ha hecho respecto de lo que ha surgido y qué precauciones está tomando para evitar que suceda, es mucho más transparente.

Te voy a contar algo que me comentaron este año. Tengo una amiga que envió a su hijo de 13 años a una residencia educativa en Estados Unidos. Me llamó y me dijo que había recibido un correo electrónico en el que le comentaban que les parecía importante poner al corriente a las familias de que en esa institución, en los últimos cinco años, se habían detectado un cierto número de casos de abuso sexual, que se habían hecho todas las denuncias pertinentes y también detallaban los resultados de estas denuncias. Además, incluían en esta comunicación una serie de frases y disparadores para que trabajara mi amiga con su hijo antes de que él viajara, para poder prevenir las situaciones de este tipo. Mi amiga me comentó que confiaba mucho más en llevar a su hijo allí que en otro sitio en que le dijeran que allí no había pasado nunca nada.

Si miras en internet y encuentras que la estadística indica que un 20% de la población de los países desarrollados sufre abusos, entonces yo no confiaría en una institución educativa que me dice que en 10 años no ha pasado nada. Esta estrategia es como “pan para hoy y hambre para mañana” porque hoy puedes taparlo, pero al final todo sale, todo se termina sabiendo. Y en ese momento, cuando ya es tarde, querer arreglarlo cuesta muchísimo más. Es mejor decir la verdad.

A menudo se dice en las escuelas que debe relativizarse cuando una persona dice que ha sufrido acoso o abuso sexual. Tenemos que preguntarnos qué entendemos por abuso y qué entendemos por acoso. Desde mi punto de vista, hay una estrategia que lo hace fácil: pregúntale cómo se ha sentido, si se ha sentido invadido en sus partes íntimas, invadido en su espacio vital, invadido en lo que sea… y a partir de ahí, que haya una conversación desde esa perspectiva. Porque si la perspectiva con la que abordamos la situación es la nuestra, y además demuestra miedo, precaución y escepticismo, no lo vas a ver de una forma clara. Y eso se tiende a hacer. Es decir, se aborda cualquier caso desde nuestra forma de verlo y entonces planteamos dudas. Hay relatos en los que no hay dudas.

A veces suele ocurrir que a las víctimas parece que siempre le fallan todas las personas de su entorno.

Lo que sienten estas personas es que se les cuestiona. Además, tendemos a cuantificar y calificar la realidad de las cosas en función de cómo lo vemos nosotros. Entonces cuando alguien nos explica algo, lo comparamos con otras experiencias que nos han contado o que hemos vivido, y pensamos que la realidad no es de la manera en que ella lo cuenta. Pero no se trata de cómo lo ves tú. Si esta persona siente que lo que le está pasando es muy grave, el acompañamiento tiene que ser desde esa perspectiva y, poco a poco, intentar paliar esa perspectiva para que se sienta mejor. La gravedad no la marca el hecho en sí de lo que ha pasado, sino cómo se ha sentido este niño o niña, qué repercusiones ha tenido, y qué factores de riesgo y de protección tiene. Todo esto va a marcar el ritmo de su recuperación. En relación con los factores de riesgo o de protección, un niño podría requerir el doble o triple de tiempo que otro para recuperarse de un abuso, dependiendo de si es una criatura resiliente, se siente apoyado y que su entorno le crea. 

Esta subjetividad que comentas es quizás la que más nos cuesta aceptar, tanto en la escuela como en la familia. A veces, cuando se ha querido relativizar algún abuso se ha dicho “esta niña tiene mucha fantasía”. ¿Dónde estaría el equilibrio entre la tutela que los padres y profesores tenemos, y esa consideración casi de pertenencia que a veces tenemos sobre la infancia? 

¿Cómo se cambia una dinámica cultural que hay que rectificar? Solamente creo que se puede conseguir este cambio con la educación desde otra perspectiva, desde la infancia. No puedes cambiar fácilmente la mentalidad de una persona de cuarenta años, que ha tenido una determinada conducta durante toda su vida. No solo no la va a rectificar, sino que la va a transmitir. En aquellas familias en las que se transmiten a sus hijos valores de pertenencia o de machismo, la única opción para ellos es que escuchen otras formas en otro sitio, y la escuela tiene que serlo. No va a ser otro sitio. Nos empeñamos en resolverlo solo a través de la sensibilización contra la violencia y contra el machismo. Es necesario, por supuesto, pero también hay que compaginarlo con un trabajo sostenido en las escuelas.

Por ejemplo, los estudios neurológicos que se hacen sobre la morfología cerebral de los niños o niñas que sufren violencia, abusos o malos tratos, muestran que estos pueden llegar a cambiar la forma del cerebro. El estrés puede cambiar la morfología del cerebro repercutiendo de manera que, si no se modifica en el momento, se cronifica y entonces repercute en algunas cuestiones de la vida adulta de la persona. El momento justo para hacer esto es cuando se es niño. Esto lo veo muy claro cuando voy a la cárcel y hablo con agresores. Hay agresores de todas las edades y se hace evidente en la manera en que responden a las actividades que hago con ellos. Cuando ya tienen una conducta cronificada, cuesta muchísimo cambiar. En cambio, en los casos de la gente más joven, veo mayores oportunidades de cambio. La escuela es el espacio que nos reúne a todos y en la que se debe trabajar acerca de esto. Por ejemplo, ¿qué ha pasado durante el confinamiento? Los hemos dejado solos. Estos niños y niñas que han estado en estos ambientes no han sido tenidos en cuenta. La consecuencia de este confinamiento no lo podemos saber ahora, lo sabremos dentro de 8 o 10 años porque el 92% de los abusos sexuales no se hablan hasta la edad adulta. 

¿Cuál fue tu chip, que fue lo que cambió en ti que hizo que denunciaras y que explicitaras los abusos que tú padeciste? 

En el caso de cualquier persona, llega un detonante que puede ser origen de diversas cosas, pero ese detonante hace que tú hagas unos pasos. Incluso puedes tener detonantes durante mucho tiempo, pero si no estás preparado, no vas a hacer caso. Uno no habla únicamente cuando quiere, sino cuando puede. Esto también tiene mucho que ver con el cerebro, que intenta esconder pensamientos y emociones si cree que va a ser un terremoto para él. Entonces, para poder contar lo que te ha pasado, se deben unir la creencia de que tú puedes hacerlo con este detonante. Así, entonces das ese paso.

En mi caso, no fue hasta los 34 años. Una sobrina mía descubrió unos poemas, que yo había escrito cuando me estaban sucediendo los abusos, en los que hablaba de cómo me sentía. Ella los leyó y se dio cuenta de que había algo allí. Es una persona muy intuitiva. Me lo preguntó y lo estuve negando durante mucho tiempo, pero al final se lo expliqué. En ese momento, le dije que no quería que eso saliera de nuestra conversación, pero su ayuda me animó a dar pasos que resultaron un cambio de mi vida. Tal y como estaba a los 34, no sé dónde estaría ahora.

Otra cosa que se desconoce bastante es que los estudios de polivictimización que se han hecho hasta ahora demuestran que los niños que han sufrido violencia, sexual o física y que han tenido que crecer con ese silencio, sufren diversos episodios acomodativos de violencia hasta la edad adulta. Esto se explica por la necesidad que tienes de ser aceptado, de tener cariño y apoyo. Esto hace que todos estos depredadores, que tienen este radar para buscar esa vulnerabilidad, se te acerquen. Y tú vas cayendo en esas trampas hasta que lo hablas, y rompes esta cadena. Yo sufrí abusos a los 5 años y luego de los 9 a los 17, también padecí una agresión sexual, y malos tratos durante 14 años. Al hablarlo a los 34 años, pude romper esta cadena. La gente que no puede abrirse o que no ha tenido la oportunidad, pues tienen este curriculum detrás que, además, te avergüenza mucho, porque cuando tú cuentas a alguien todo lo que te ha pasado, ya deja de ser creíble para la otra persona y la atención se vuelve contra ti. Te suelen decir “¿Es que te pasa todo a ti o qué?” y eso lo vivimos como un cuestionamiento.  

Como si lo fueras buscando casi ¿no? 

O buscando o que ya exageras, o que te lo inventas. Esto pasa muchísimo. Por ejemplo, yo he tenido la oportunidad de visitar mujeres en centros de acogida de urgencia para intentar saber si tienen otras historias y no las cuentan. Cuentan solo su violencia de género, pero no cuentan nada más. Una vez, en uno de estos talleres, una mujer me dijo: “me limito a hablar de lo que sé que me van a creer y me van a ayudar porque si cuento mi vida, tengo miedo de que no haya credibilidad con lo que me está sucediendo ahora y yo necesito con urgencia que me ayuden ahora”. Es esa sensación de que no puedes decir todo lo que te ha pasado porque parece irreal por esa acumulación de episodios que nos están sucediendo, ya que caímos en todas las trampas. 

Mi experiencia, cuando trabajé desde el ámbito educativo con el tema de los abusos, fue que personas que ya eran adultas sintieron que podían explicar lo que les había pasado cuando se les ofrecieron canales para que lo hicieran. Personas con las que hablé después de hacer una formación con vuestra fundación, habían compartido experiencias de las que incluso sus padres no sabían nada, porque no se atrevían a decírselo, o porque el abusador era un educador de mucha confianza para la familia. Entonces, si lo pensamos fríamente, es llamativo que en una sociedad que es consciente de que el 20% de las personas padecen abusos, reine un gran silencio respecto de estas situaciones, especialmente en los casos de abuso intrafamiliar. A menudo, hay más escándalo con los abusos escolares, pero cuantitativamente son menos. Esto siempre lo he interpretado como una resistencia cultural a aceptar la existencia del abuso. 

Yo intento transmitir esto cuando hago estos talleres para padres y madres. Primero les pregunto si piensan que alguien de su familia o de su entorno sería capaz de abusar sexualmente de un hijo suyo. El 100% de las respuestas es un rotundo “no”. Entonces les digo que eso es una falsa seguridad que desprotege a sus niños y niñas, porque nunca se va a detectar algo que no se considere como posibilidad, que no se piense que se puede tener delante. Si uno se fija en que 1 de cada 5 niños/as sufre abusos sexuales y el 85% de estas situaciones se producen en el entorno familiar y de confianza, esta afirmación tan rotunda de los padres no es cierta.

Por mucho que niegues el abuso, no vas a evitar que pase. En cambio, si lo reconoces, te preparas y te formas, quizás sí que lo podrás evitar, pero no desde la negación. Te vas a encontrar con el abuso cuando tu hijo o hija de 30 años te diga “¿Por qué no lo viste?” o te diga “Te lo dije y no me hiciste caso”. No empezar a trabajar estos aspectos desde la educación, hace que te lo encuentres más tarde. Recuerdo una frase de Gabriela Mistral, pedagoga y maestra chilena, que ya en los años 40’ decía “el futuro de los niños y niñas es siempre hoy”. Mañana será tarde. 

Parece como si tuviéramos un marco mental que nos dijera que la infancia y la juventud son procesos en transición para llegar a un sitio. Por eso negamos la importancia del presente, cuando, en realidad, no se acaba hasta la muerte. Siempre estamos en proceso.

Exacto, y además sabemos que el proceso de socialización en el que realmente te formas es en la etapa infantil, y que ahí se construyen tus cimientos. Aunque luego vas a evolucionar, la morfología del cerebro se forma especialmente durante este tiempo. A partir de ahí tú le das las herramientas para esta evolución. Pero si no se las das de entrada, es muy difícil buscar caminos que no te han ayudado a ver desde pequeño. 

¿Los abusadores son personas enfermas?

No, no tienen ninguna enfermedad mental. Tienen un problema psicológico grave y necesitan ayuda, pero no es una enfermedad mental. Esa falsa creencia hace que muchas familias se sientan libres de pensar en que pueden tener un agresor porque dentro de ellas no imaginan ningún psicópata, y descartan la posibilidad de que pudiera haber un agresor en la familia. Un abusador puede ser una persona que puede tener una vida “normal”, que a lo mejor es un catedrático de una universidad, un juez, un albañil o un electricista. Sería estupendo que los agresores lo llevaran escrito porque reconoceríamos fácilmente con quien no dejar a nuestros hijos. Pero ¿Con quién dejamos a nuestros hijos? Con personas que confiamos, y que creemos que los van a cuidar. De ahí vienen las grandes sorpresas de los padres y madres. No se trata de criminalizar a la familia. Los niños necesitan entender que ésta es un espacio seguro, que es de amor y confianza. El foco hay que ponerlo en formarnos y saber qué podemos hacer para poder dar herramientas a los niños para educar la confianza. Ese es el título del TED Talk que hice; “La confianza educada”.

A ti te propusieron ser emprendedora Ashoka, que es una institución que promueve la difusión de tu trabajo a través de la Fundación Vicki Bernadet, en el tema de la prevención de abusos ¿Qué ha supuesto ser emprendedora Ashoka?

En 2016 aterrizó Ashoka en España y la dirección general pidió verme y me comentó que quería nominarme para entrar en el proceso de selección para ser emprendedora social de España. Le dije que sí y entré en un proceso de selección muy duro. Y lo que supuso para mí en aquel momento fue una inyección de seguridad en mí misma, que yo no tenía. Soy una persona con estudios básicos. No tengo ni el bachillerato. Tengo 68 años y me enseñaron a ser buena esposa, y buena cosedora y cocinera. Por eso, pensé que no iba a poder pasar el proceso de selección. Éramos 5 emprendedores sociales nominados. Al final me aceptaron y el hecho de haberlo conseguido después de haber pasado por todo lo que pasé, me hizo dar cuenta de que estaba pecando de no valorar esa parte de emprendedora que tengo. Eso me animó a dar pasos que quizás no hubiera hecho de entrada. Significó para mí tener esa sensación de pertenecer a un grupo de personas que tiene inquietudes, preocupaciones e inseguridades similares, y que no estás sola. Realmente, me sirvió para poder tener una visión más amplia de las posibilidades como Fundación y como Vicki también. Creo que lo intenté y lo he conseguido aprovechar.

Me gustaría acabar enfatizando dos ideas. La primera es que algo tenemos que cambiar respecto al tema de los abusos. Muchas veces, la frase que dicen los niños y niñas y también los adultos que han sufrido abusos sexuales es: “me he callado porque me sentía más seguro si callaba que si hablaba”. Con esto todos deberíamos hacer una reflexión porque se supone que, como adultos, somos los referentes de estos niños y niñas, para que si tienen un problema, nos lo pueden explicar. Por lo tanto, tenemos que cambiar lo que transmitimos a estos niños y niñas respecto de la seguridad, reflejo de nuestros prejuicios y tabúes.

Y el segundo tema que quiero dejar planteado es que nos cuesta mucho escuchar y preguntar cómo nos sentimos. Es importante preguntarle al niño o niña cómo se ha sentido, qué quiere hacer, si se siente cómodo. Y hacerles caso. Nos cuesta acompañar escuchando. Cuando alguien nos cuenta una cosa, intervenimos desde la perspectiva nuestra. De esta manera, interrumpimos y nos cuesta mucho acompañar. Por lo tanto, tenemos que aprender a escuchar y apoyar, aunque no entendamos la situación. Las personas necesitan el acompañamiento y la escucha. Necesitan ayuda. Si queremos y decidimos dársela, debemos hacerlo sin condiciones respecto a cómo lo vemos nosotros. Esto es lo que yo creo que está costando muchísimo.

Todo esto, lo resumo en una frase que dice Maya Angelou, que es una activista de los derechos civiles afroamericanos que sufrió muchísima violencia cuando era pequeña: “la escucha es la cura más importante que existe porque olvidarán lo que le dijiste, lo que hiciste, pero nunca, nunca, olvidarán cómo les hiciste sentir”.

Publicado por Pepe Menéndez

Soy Pepe Menéndez. Comunicador y consultor en procesos de transformación profunda de la educación. He formado parte del equipo directivo de Jesuïtes Educació, que imaginó, diseñó y desarrolló el proyecto de transformación educativa "Horitzó 2020". Nací en Barcelona el 21 de agosto de 1956. Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona (1982). Trabajo en educación desde 1981. He enseñado en todas las etapas educativas de la Secundaria y de la Formación Profesional. Convencido que el liderazgo para el aprendizaje y la transformación social puede dar mejores oportunidades a alumn@s y profesor@s.

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