¿EL CAMBIO HA LLEGADO SIN PREGUNTAR?

Visual thinking de @anasalamanca99

CRISTÓBAL COBO

Doctor “cum laudem” en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Especialista Senior en Políticas de Educación y Tecnología, investigador y autor. Fundó y dirigió el Centro de Estudios – Fundación Ceibal. Ha sido profesor invitado en más de 20 universidades. Por 10 año fue investigador asociado del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford. Conferencista invitado en más de 30 países. Autor de diversos libros y publicaciones sobre tecnología y aprendizaje.

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(Los parráfos en negrita corresponden a Pepe Menéndez y los parráfos sin destacar, a Cristóbal Cobo)

Yo antes pensaba que el cambio era solamente para los afortunados, para aquellos que contaban con un montón de condiciones. Ahora tengo la sospecha de que el cambio llegó sin preguntar, entró por la ventana y, en alguna medida, abrió posibilidades a distintas comunidades. Por un lado, para los que estaban predispuestos, pero también ha llegado para aquellos que no tenían previsto cambiar ni en sus planes más remotos, y se han visto forzados a hacerlo. Ha sido como si nos hubiera caído una avalancha de agua y nos hubiera dejado completamente empapados. Así que ahora estamos tratando de entender lo que ha pasado.

¿Cómo entiendes este cambio del que hablas?

La palabra cambio es uno de los términos más jugosos cuando pensamos, por ejemplo, en las campañas electorales. Todas las fuerzas políticas siempre ofrecen el cambio, porque es una palabra que sugiere esperanza, o sea, un estado de diferente al actual. El cambio es más un tránsito que un lugar. Yo lo veo como una oportunidad de hacerse preguntas distintas, de darse permiso para equivocarse, y de escuchar a personas a las que regularmente no atendemos. Cuando estamos en estado de “no cambio” nos encontramos en una actitud más hermética, no tenemos muchas ganas de escuchar y creemos que somos los más inteligentes de la habitación, hasta encontrarnos en lo que llaman “cámaras de eco”.

¿Y cómo entiendes el cambio en la educación? ¿Qué es lo que nos ha llegado sin buscarlo?

El cambio es consustancial a los seres humanos para poder sobrevivir. Es fácil decir que los sistemas educativos nunca cambian. Creo que sí que lo hacen de manera permanente, pero no en la intensidad que quisiéramos y, sobre todo, no con la equidad que quisiéramos. Sí que hay subpartes del sistema que han dado posibilidades reales de cambio, y tú has estado en el liderazgo de una de ellas. Pero, al mismo tiempo, tenemos otras subpartes que son tremendamente resistentes. En general, en las escuelas, tenemos actores que son incansables propulsores del cambio, y otros que se muestran tremendamente reacios. Esta tensión es la que provoca que estemos en permanente debate sobre reformas educativas.

Siempre has sido una persona conocida por tus investigaciones sobre tecnología, también la educativa. Tecnología y educación siempre han sido un matrimonio mal avenido. En el prologo de tu ensayo “Acepto las condiciones”, te defines como un entusiasta crítico, y afirmas que sigues leyendo en papel, que escribes en el móvil con una sola mano como los de la Generación X. Y hablas del “final de la luna de miel digital”. ¿Cómo has vivido este proceso?

No hay nada más seductor que ver a un niño pequeño con un dispositivo digital en la mano para hablar del futuro. Se trata de un truco que la publicidad ha utilizado por décadas. Y también, a menudo, los actores de las políticas públicas en educación lo suelen poner en la agenda. Ha habido un encantamiento de las empresas que producen tecnología, conectando sus máquinas con los niños pequeños para prometernos un futuro mejor. Lo digo en el sentido de la promesa del cambio que hablábamos al principio de la conversación. Y la verdad es que es tremendamente seductor, porque si miramos otros sectores como salud, turismo o banca nos preguntamos por qué no es posible que esos cambios también lleguen con la misma contundencia a la educación. Ha habido una expectativa gigantesca, que viene incluso de los años cincuenta con Skinner, y sus ideas sobre las posibilidades de aprendizaje autónomo de los niños. Pero, a la hora de incorporar estos cambios a los sistemas educativos, no han sido posibles, al menos con la intensidad prometida. Han sido marginales y las evidencias nos lo muestran. No digo que no haya cambios, pero la brecha entre las expectativas y la realidad es abismal. La mejor muestra de lo que digo es que antes del periodo de pandemia, numerosos países estaban debatiendo la decisión de prohibir los teléfonos móviles en las aulas. Francia es el caso más conocido, pero había otros muchos. Estábamos en el proceso de pensar que los móviles nos iban a abrir un mundo nuevo y pasamos a prohibirlo, no solo a desaconsejarlo. En alguna medida ese debate pre-pandémico tenía que ver con las expectativas no cumplidas. Y, de repente, comenzaron a pasar cosas que nunca hubiéramos imaginado. 

Pero también ha ocurrido otro cambio interesante, las personas teníamos, en general, una actitud muy pasiva ante la tecnología, y entregábamos nuestros datos, intereses u opiniones, poniéndonos a merced de distintos proveedores de tecnología, y muy lejos de la promesa del “empoderamiento”, que regularmente escuchamos. La verdad es que, si no hay una buena formación digital, nos podemos convertir en unos “tontos digitales”.

Creo que para una buena parte de la comunidad académica ha habido una suerte de desencanto o de distanciamiento frente al paradigma tecnológico. En todo caso, está habiendo una mayor reflexión sobre “el otro lado de la moneda”. Las tecnologías pueden representar muchas oportunidades, pero a los sistemas educativos no les resulta trivial generar esas condiciones. Creo que muchos de los efectos más interesantes los estamos viendo fuera del aula.

En su último libro, “¿Quién gobernará el futuro de la educación?”, Axel Rivas hace una llamada crítica para que la comunidad educativa profundice en la potencialidad de la tecnología para tomar su gobierno, y no dejarlo en manos de las grandes empresas de telecomunicaciones. Y plantea “la caída de la frontera escolar” como un acicate para crear una tercera vía en los sistemas educativos. Tengo la sensación de que, en educación, siempre llegamos tarde. Y caemos en el extremismo de apología o de fatales detractores. Y, al final, quienes quedan perjudicados son los estudiantes. Tú lo has expresado en la frase “quienes utilizan la tecnología y quienes son utilizados por ella”.

Tú antes hablabas de un matrimonio mal avenido. Desde mi punto de vista, la promesa de incorporar la tecnología como innovación en la educación no se da de manera natural, se parece a las que nos hacemos cada principio de año cuando nos proponemos perder peso y hacer ejercicio. Pero, luego nos atrapa la rutina y el esperado cambio de hábito nunca llega. Lo que ha pasado esta vez, con la pandemia, es que todos hemos tenido que ir al gimnasio por obligación. Y han pasado cosas interesantes.

Una evidencia recogida en muchos países ha sido la enorme dificultad de los sistemas para utilizar los circuitos digitales para la enseñanza formal. Esto ocurre porque las clases en muchas circunstancias terminan siendo aburridísimas para los estudiantes, porque es complicadísimo tener a treinta estudiantes  durante cuarenta y cinco minutos mirando una pantalla, porque resulta ser muy monótono el monólogo de uno habla mientras los demás escuchan, mientras hay miles de cosas más divertidas ocurriendo en nuestro teléfono móvil… y por un montón de cosas más que podríamos analizar.

Pero mientras este debate se eterniza sin solución, hay un “caballo corriendo a toda velocidad”, que representan los binomios tecnología y aprendizaje por cuenta propia, tecnología y motivación para resolver un problema específico, tecnología y amplificación al servicio de tus propias motivaciones. Ese es el “volcán” de posibilidades que experimentamos todos los días cuando tomamos micro decisiones o adquirimos micro aprendizajes usando tecnología al servicio de explorar nuestros intereses. Lo que ocurre al mismo tiempo es que nos asombramos cuando vemos a niños que descubren su pasión a través de estas posibilidades. En este sentido, creo que la educación formal debe aprender mucho de la educación no formal, donde este tipo de asombros sucede con mayor frecuencia e intensidad, y donde es más habitual aprender de lo que te gusta y no de lo que te imponen.

A menudo hablas de la “sobrecarga cognitiva” en la escuela de hoy, que ha venido a suceder a la información muy dirigida de épocas anteriores. Esto acentúa la necesidad de educar en el pensamiento crítico, pero a la escuela, en general, le cuesta mucho encontrar caminos para desarrollarlo. ¿Cómo podemos avanzar hacia sistemas educativos que, desde planteamientos de equidad, alcance mayor éxito en logros relacionados con la creatividad, el pensamiento crítico o la curiosidad?

Es una pregunta que tiene dos dimensiones. Empecemos por la cuestión de la equidad. Venimos de una moda tecno-educativa, que tiene su referencia simbólica en la cultura de Silicon Valley, que propugna “hackear” la educación. Es la cultura del “aula volteada”, de robots profesores, o del anhelo de crear “hackathones” para hacerle un “bypass” (evitar) a la educación formal. Es casi la música de un cliché que escuchamos de manera permanente y constante. Yo creo que la pandemia nos ha demostrado que los profesores están en primera línea y las familias han tomado mayor conciencia de la importancia de ser docente y de su valor vocacional. El gran riesgo de estas posturas que promueven “hackear” la educación e, incluso, abandonar la escuela, es que pueden desembocar en situaciones tremendamente inequitativas. Donde los más postergados no pueden jugar a hackear la educación. La única manera de lograr impactos profundos en grandes segmentos de la población es a través de los mecanismos de la educación pública donde podemos llegar a un gran segmento de la población. En educación los cambios de fondo toman tiempo. A veces eso implica comprender que hay que llevarlos a cabo a “fuego lento” y que no van a ocurrir de la noche a la mañana. Aquí lo más substantivo no va a ser tecnológico, creo que tenemos que apostar porque se impulsen cambios de fondo (y no de forma) en los sistemas educativos, y no solamente en esta cultura de la “startup” de pequeñas innovaciones, que no están mal, pero se sitúan siempre en los bordes del sistema.

Ahora bien, frente a la cultura enciclopédica, que ve el cerebro de un alumno como un contenedor vacío que hay que llenar de conocimientos, que tú también has descrito en tus charlas, la oportunidad que ofrece el cambio tecnológico no es la pantalla, sino la posibilidad de pensar de manera hipertextual, de pensar de manera entrecruzada, entremezclando las disciplinas, rompiendo la distinción entre el aprendizaje formal e informal. Posibilitando espacios donde pueden estudiar personas de distintas edades. Es lo contrario de la idea de una escuela y una universidad, que se parecen a hoteles donde te alojas un periodo de tiempo y luego te marchas para no volver. Esa es una idea obsoleta. Me imagino, en cambio, estados de aprendizaje permanente, con personas que se relacionan y, tal y como estamos ahora mismo tú y yo, conversan, se escuchan y aprenden unos de otros. Este cambio es muy difícil de incorporar con el corsé de un plan curricular y un horario cerrado (ni qué decir de las pruebas estandarizadas). Pero, a pesar de todo, creo que hoy están pasando cosas interesantes.

Algunos estudios relacionan la capacidad de innovación de los docentes con el hábito de relacionarse o trabajar en redes diversas.

George Siemens tiene una frase que me gusta mucho que dice “the network is the learning” (la red es el aprendizaje). No se refiere a la red de los cables, sino a la red de aprender a pensar, y aprender a mezclar. En la educación superior, el mejor camino es el impulso de centros de investigación multidisciplinares donde se aproximan a problemáticas desde los distintos lenguajes de las disciplinas. En la escuela primaria y secundaria, pueden serlo las comunidades de aprendizaje, donde podamos trabajar en torno a cuestiones que están en la agenda de la comunidad. Y en el aula, disponer de más de un docente de diferentes disciplinas.

Siempre se ha valorado más el aprendizaje vinculado a la capacidad de retención de saberes, pero hay otros aprendizajes como la capacidad de transferir un conocimiento de un contexto a otro. Se trata de un conocimiento profundamente rico pero también más sofisticado. Generar condiciones para que esto ocurra en plena época de pandemia, en una situación en que las cocinas de las casas se pueden transformar en los laboratorios de experimentación y aprendizaje. Es una gran oportunidad que hay que aprender a aprovechar.

Hay una opinión extendida que cree que trabajar interdisciplinariamente supone una rebaja del nivel de los contenidos, pero tú has insistido en varias ocasiones que solo el trabajo en equipos multidisciplinarios es el que puede dar mayor profundidad.

La vida es inevitablemente multidisciplinaria. La única manera que tenemos de abordar esta pandemia es posibilitar que los médicos hablen con los ingenieros, con los educadores, y con otros profesionales de diferentes perspectivas porque los problemas hay que analizarlos desde esa lógica. El problema actual es que la manera en que hemos optimizado y profesionalizado los mecanismos de distribución de los saberes ha sido encerrarnos en nuestras cápsulas. No es casualidad que denominemos “claustro” a la reunión de académicos. Eso lo dice todo: enclaustramos nuestro saber, cuando lo que deberíamos hacer es mezclarnos lo máximo posible, porque esa es la manera que te ayuda a pensar más allá de las restricciones (o miopías) de una disciplina. La dificultad reside en el miedo del docente a perder el liderazgo en el saber propio.

La complejidad está en poder calibrar las dosis de intensidad entre los saberes que transferimos y la capacidad de aprender a aprender, que aporte capacidad de cuestionar. Yo lo denomino escepticismo inteligente, que es lo que más nos hace falta hoy en día frente a la borrachera de datos, de información, de mensajes, de “tuits” o de “likes”. Si lo piensas estamos todo el tiempo discriminando información. Los sistemas se han vuelto muy sofisticados para difundir informaciones falsas que parecen confiables. Nos hemos quedado atrás en cuanto a desarrollar este escepticismo crítico inteligente. Y vivimos el desconcierto de, por ejemplo, ver en un video a Obama con su propia cara y su voz diciendo algo que jamás nos dijo (a eso se le conoce como “Deepfake”). Estas nuevas tecnologías, que en muchos casos tergiversan profundamente la realidad, nos obligan a formar un nuevo alfabetismo, a desarrollar una manera diferente de aprender a leer y a desarrollar este escepticismo inteligente.

Alguna vez has escrito que te sentías un “agente doble” y te has preguntado hasta qué punto al formar parte de una generación que quiso tener alguna contribución en la reducción de las brechas digitales, no terminamos abonando para favorecer la consolidación de nuevas asimetrías. ¿Cómo vamos a conseguir distinguir nosotros mismos las “fake news” y enseñar a hacerlo a nuestros estudiantes?

Creo que cuando la gente veía la propaganda nazi o la estalinista se hacía preguntas parecidas. Lo interesante es que no hay nadie que lo tenga resuelto. Y como ha sucedido con la gran mayoría de las problemáticas de la humanidad, la única manera de avanzar es construyendo conocimiento nuevo entre todos. Lo que ha quedado claro en la educación formal, en estos últimos cinco años de un cierto “despertar”, es que ha habido una suerte de descubrir el lado menos optimista de Internet. Lo que se ha evidenciado, al conocer las prácticas de mal uso de los datos y los abusos en la privacidad, es que las estrategias de desarrollo de las competencias digitales que se han promovido en la educación formal hasta ahora resultan profundamente insuficientes para el contexto actual. Y quedamos sobrepasados por el paradigma digital actual, con algoritmos que sustituyen nuestros propios pensamientos y deseos. No queremos personas desconectadas, pero sí que utilicen los algoritmos de manera crítica e inteligente. Y esto requiere una formación que está ausente normalmente en la escuela.

El desafío es que los que no saben deshacer el nudo gordiano son los encargados de enseñar a otros a hacerlo. El problema es que lo simple y lo reduccionista da seguridad a muchas personas para encontrar respuestas. Es algo que caracteriza muchos períodos de la historia. Pero ahora tenemos otros instrumentos para afrontar el reto. Una escuela que le de la vuelta a la manera de acceder al conocimiento será capaz de hacerlo.

Piensa en un día estándar y la cantidad de acciones que hacemos de manera automática, como lavarnos los dientes, saludar al vecino, parar ante la luz roja del semáforo… Todo esto es parte de nuestra naturaleza, que nos lleva al ahorro de energía cognitiva, reservándola para las decisiones críticas, que pueden llegar a causa de un accidente, de recibir una mala noticia o de tener que resolver algún tema profesional complejo. 

Nuestra relación con lo digital es muy parecida. Estamos muchas horas al día en línea en actitud automática, siguiendo decisiones que alguien tomó por nosotros a través de las primeras opciones de los buscadores como Google, YouTube o Amazon. Vamos a trasladarnos a la escuela y preguntemos quién fue tu profesor favorito, aquel que influyó más en tu manera de pensar, que te descubrió atributos que otros no vieron, y te ayudó a pensar sobre el propio pensamiento. Las respuestas no suelen referirse a quién te transfirió más datos, sino en quién te enseñó a pensar (o sentir). El problema de la escuela durante la pandemia (especialmente en los centros urbanos) no ha sido que los profesores no encuentran los canales para transferir información, sino en lograr que los alumnos aprendan a aprender, y a que sepan utilizar sus propios hábitos de aprendizaje de manera autodirigida. Esta pandemia me parece que nos debería ayudar a pensar más en cómo lograr este tipo de capacidades meta-cognitivas más profundas adquieran mayor protagonismo.

¿Cómo te parece que los equipos directivos podrían afrontar este desafío en esta época de pandemia?

Bueno, en general no hago recomendaciones porque las experiencias que sirven para un contexto, a menudo no funcionan para otro. Lo que sí pienso es que una buena manera de empezar es abrir espacios de reflexión más allá de los contenidos curriculares. En Corea del Sur, por ejemplo, la educación formal que es muy conocida por su intensidad en la exigencia y dedicación horaria al estudio, ahí han decidido dar espacio para actividades que no estén vinculadas al aprendizaje formal. En Singapur, el ministro de educación declaró que se habían dado cuenta de que los estudiantes mientras estudiaban de manera remota habían aprendido cosas durante la pandemia que no habían adquirido en la escuela, básicamente por el aprendizaje autodirigido. Esto los ha llevado a tomar la decisión de que, cuando acabe la pandemia, van a mantener algunos días de aprendizaje en la casa como un buen complemento del aprendizaje formal en la escuela. En Uruguay he visto cómo están construyendo laboratorios de experimentación vinculados al aprendizaje. Como te decía antes, la cocina del hogar es una plataforma pedagógica extraordinaria para traer una patata, hablar de su historia, del impacto medioambiental, o de sus componentes nutritivos. 

La idea es que este tipo de ejercicios nos van a llevar a pensar de una manera diferente, y para eso hay que liberar tiempo, que es lo contrario de lo que han hecho en las últimas reformas educativas, que se han enfocado en añadir más y más asignaturas y contenidos, sin sacar otras. Me gusta esa frase de Chomsky que dice que no son los contenidos que cubres, sino los contenidos que descubres.

Esta idea de liberar tiempo para compartir reflexiones y aprendizajes es algo que estoy repitiendo a todas las instituciones educativas que me piden asesoramiento en este tiempo.

Cuando viví en México, me llamó la atención la costumbre del director de un centro que invitaba a un cóctel sin alcohol a los docentes todos los lunes por la mañana. La idea es que estuvieran de pie y se vieran incitados a dialogar y relacionarse entre ellos y con personas que normalmente no lo hacen. Es, en estos contextos, que aparecen cosas divertidas y se intercambian ideas. También, he conocido la conclusión a la que llegaron empresas grandes, que observaron que los espacios inmediatos a los baños son donde coinciden las personas de diferentes divisiones y donde se hacen micro coordinaciones y emergen algunas innovaciones. Por esto, los arquitectos están cuidando la confortabilidad de las zonas exteriores inmediatas a los baños. En las escuelas, sin necesidad de construirlas de nuevo, podríamos pensar en cómo crear este tipo de espacios. Lo que me preocupa es cuáles son estos espacios informales durante la pandemia. Soy partidario de crear espacios virtuales de “happy hour” para hablar de temas informales, cumpliendo la función que tienen los pasillos en las escuelas.

Los países, las direcciones de las escuelas y quienes trabajamos en educación estamos viviendo una etapa de mucha desorientación. Estamos aturdidos y no acabamos de entender bien qué nos va a llevar a conseguir una buena educación. Es una época de mucha incertidumbre y preocupación, pero también es una oportunidad para experimentar y (re)aprender. Yo invito a la gente a que huya de las personas que nos ofrecen fórmulas mágicas y recetas. Es momento de darnos permiso para equivocarnos con inteligencia, de documentar lo que funciona y lo que no, de compartirlo con nuestros pares, con la convicción de que lo vamos a hacer mejor que en marzo pasado, y probablemente peor que en el próximo marzo. Creo que va a ser un proceso de cambio que a la larga va a ser muy positivo.

Publicado por Pepe Menéndez

Soy Pepe Menéndez. Comunicador y consultor en procesos de transformación profunda de la educación. He formado parte del equipo directivo de Jesuïtes Educació, que imaginó, diseñó y desarrolló el proyecto de transformación educativa "Horitzó 2020". Nací en Barcelona el 21 de agosto de 1956. Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona (1982). Trabajo en educación desde 1981. He enseñado en todas las etapas educativas de la Secundaria y de la Formación Profesional. Convencido que el liderazgo para el aprendizaje y la transformación social puede dar mejores oportunidades a alumn@s y profesor@s.

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