El proyecto vital en el centro del propósito de la educación

2018-02-13 11.09.05Un gran deseo de cambio atraviesa la educación en muchos lugares del mundo, y se hace especialmente visible en nuestro país. Los cambios tecnológicos, especialmente en ámbitos del acceso a la información y de la biotecnología y la medicina regenerativa, así como la globalización de los marcos mentales y de los comportamientos sociales están impulsando muchas de les reflexiones del propósito de la escuela del siglo XXI.

Estados, naciones e instituciones educativas de todo el mundo intentan dar respuesta al sentido de una educación, que se ha extendido de manera universal y que está asumiendo el reto de la inclusión, como expresión más profunda de la concepción de que la escuela debe garantizar el aprendizaje de todos los alumnos.

En medio de debates sobre cuáles y cuántos conocimientos suponen una educación de calidad, cuál debe ser el rol del esfuerzo, la memoria, o la proactividad de los alumnos en el cómo aprender, emerge una necesidad transversal de carácter fundamental, como es la necesidad de poner el proyecto vital del alumno en el centro del propósito de la escuela.

El gran reto del ser humano, en medio de tanto vértigo es saber cómo conducir su propia vida. No es un reto nuevo, porque así lo ha sido desde el origen de la propia condición humana. La diferencia que vivimos ahora es la velocidad y la cantidad de veces que tendremos que tomar decisiones a lo largo de nuestra vida, a menudo sin disponer de toda la información y la perspectiva, que dan los cambios cuando se producen en un tiempo más dilatado.

La velocidad de los cambios es el gran reto de nuestra época. Cuando aun no hemos asumido los anteriores, ya tenemos encima de la mesa otros nuevos.

Per esto mismo, es tan relevante decidir qué sentido queremos dar a la etapa escolar obligatoria, que se extiende durante unos 16 años de la existencia inicial de todos nuestros niños y jóvenes. ¿Qué deseamos que vivan? ¿Qué experiencias queremos que tengan? ¿Qué aprendizajes y qué valores han de envolver la formación integral en una etapa tan decisiva de su vida?

El P. Horacio Arango, jesuita colombiano que dirigió colegios y que promovió una fundación en su país para integrar fe y cultura, pedía que los estudiantes fueran “graduados en sabiduría”, que es mucho más que saber muchas cosas. Se trata de sumergirse en aquello que es más profundo y fundamental, y, añadía, que sirviera a los jóvenes para adquirir la conciencia ética de transformar aquello con lo que nos vinculamos.

Se trata de un proceso de aprendizaje orientado a saber qué tenemos que hacer con lo que sabemos. En un contexto de cambios tan vertiginosos, no podemos aplazar la práctica de adquirir la conciencia de uno mismo, la capacidad de convivir y aprender a tomar decisiones continuamente al momento de finalizar la etapa educativa obligatoria.

Precisamente, este es el tesoro de la educación universal. Que disponemos de tantos años decisivos en la vida de las personas donde podemos practicar el pensamiento crítico con argumentos que exploremos, y que a menudo pueden comenzar con presupuestos equivocados, pero que han de poder conectar los intereses de los niños i adolescentes con los grandes retos de la humanidad.

Para lograr este tipo de formación integral, necesitamos una educación fundamentada en el acompañamiento personal. Maestros que guíen el proceso educativo de unos niños que pueden vivir hasta los 120 años con un cuerpo que habrá sido regenerado varias veces. Necesitamos que toda la experiencia profesional y humana de los maestros de un giro de 180º. Nadie transmite lo que no ha vivido.

Por ello, uno de los ejes de la transformación de la educación es la propia llamada a la transformación personal de los profesores, y la invitación a que su mirada se eleve sobre los muros de la escuela y contemple su entorno como un marco de posibilidades de aprendizaje basado en la vivencia de experiencias significativas para su proyecto de vida, que es mucho más que acumular información.
(traducción al castellano de mi artículo en la revista Foc Nou nº 483)

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